El oro blanco de Navarra, que custodian las manos andaluzas

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“Yo tengo clavada en la conciencia desde mi infancia, la visión sombría del jornalero. Yo he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales.” Blas Infante

 

Soy de ese porcentaje de andaluzas que nunca ha pasado fuera de su tierra más de dos semanas contá. Gracias a la suerte, a que soy una privilegiada o una cobarde (según el discurso que me construya), todo lo que he sabido hasta ahora de andaluzofobia ha sido lo que los medios de comunicación me han transmitido, a través de esos programas de televisión donde siempre somos representadas como las chachas, las villanas o delincuentes, las torpes, las sexualizadas, etc.

A mediados de mayo, un grupo de gente del Sindicato Andaluz de Trabajadoras/es de Jaén subimos a Navarra para acompañar y visitar a las compañeras de Jódar que están allí echando la temporada del espárrago. Jódar, pueblo al que mucha gente le sonará, fue famoso por ser de los pocos que se levantó en el Alto Guadalquivir contra las miserias que han sufrido las gentes del campo. A día de hoy, es famoso, además, por ser un pueblo donde se sigue viviendo de la temporalidad del campo. De noviembre a enero, se vive de la aceituna. De marzo a junio, del espárrago de Navarra. En verano, con suerte, descansa un poco quien no tiene que irse al ajo. Y después de su querida feria, a principios de septiembre, se vuelven a hacer las maletas para partir a la Mancha, la Rioja o Francia, dependiendo de dónde paguen mejor la uva.

Y así año tras año, hay gente que ha pasado treinta y cinco años subiendo a Navarra al espárrago. Media vida levantando y bajando plásticos, agachadas frente a la tierra en busca del fruto que emerge de ella, con unas linternas minúsculas que ayudan a encontrarlo. Porque el espárrago se recoge cuando el sueño aprieta y la lechuza canta: de noche.

Y este año, el espárrago no ha sido bueno. Quizá la lluvia ésta que a veces venía y otras veces no, el calor, o el frío. La cosa es que aún no ha terminado mayo, y en Jódar ya está casi todo el mundo. Y mucha gente que se sube gracias al dinero que consigue con la aceituna, ha vuelto al pueblo sin el dinero de la aceituna ni tampoco el del espárrago. Incluso hay quien ha tenido que pedir prestado para poder subsistir un poco más.

La estampa que nos hemos encontrado ha sido triste. Gente recogiendo el espárrago por la noche y, sin haber dormido y aún con el barro entre las uñas, vendiéndolo desde primera hora en la plaza del pueblo. O en la puerta de la casa que le cede el empresario (sin ningún lujo, eso sí, no se vayan a acostumbrar estos andaluces a la buena vida). Porque solo así puede sacarse un jornal que les permita bajar a su pueblo con algo de dinero para echar este verano. Porque si no vende el espárrago, solo ganarán 10, 15, 20€ a lo sumo por el jornal.

Pero no todo va a ser culpa del tiempo. Algo de culpa también tienen las ansias de beneficios de algunos. Como que sean las y los jornaleros quienes peguen el último camión que el empresario se ha comprado: un camioncito, último modelo, para transportar el espárrago. Un camión muy bonico que luego se queda en Navarra. Que a pesar de haber sido pagado con el sudor de los jodeños y las jodeñas, nunca pisará Jódar. O los plásticos, un material de trabajo imprescindible para que el espárrago no salga malo, y que también pagan los y las trabajadoras a 150€ el rollo.

Como decía al empezar, nunca he sufrido la andaluzofobia en carne propia. Hasta que subí a Navarra, y fuimos a unas fiestas donde los empresarios del espárrago recibían premios y honores y medallas. Y un empresario se nos acercó a quienes protestábamos y, con las manos muy limpias, nos mandó para Andalucía, a plantar espárragos. Y otra empresaria nos increpó, asegurando que los y las jornaleras en ese pueblo (Mendavia) estaban muy bien integrados. Y otra nos aseguró que ella siempre les decía a sus trabajadoras que terminaran los estudios, que lo de comer no era tan importante. Y mientras ellos y ellas se molestaban porque unas diez personas exigiéramos mejores condiciones para las temporeras, mientras otros daban discursos y aplausos, y otros se regocijaban y recibían alabanzas por los buenos, bonitos y baratos que tenían los espárragos, bajo el escenario, a la izquierda, en una mesa formada por un tablón y cuatro borriquetas, dos familias de andaluces y andaluzas vendían los espárragos que habían recogido esa noche, sin que nadie les aplaudiera ni les diera la enhorabuena por su trabajo imprescindible para el espárrago, aún sin dormir y con las uñas llenicas de barro.

Yo no sé la experiencia de andaluzofobia que habrá sentido el resto, o si esto lo es, pero nada me dolió más, como andaluza, que ver la triste estampa, en vivo y en directo, a la que tienen sometido a mi pueblo, que siendo tan rico en tierra, tenga que trabajar la de otros sin reconocimiento ninguno.