No es la esclavitud que vuelve. Es que no se ha ido nunca y va en aumento

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Según la «Organización Internacional de la Migraciones (OIM)», una agencia de la ONU, la frontera del sur del Mediterráneo es, con gran diferencia, «la más mortífera del mundo»,   Quinientas ocho personas han fallecido en lo que va del 2019, según esta agencia.
A estas muertes habría que añadir las producidas por accidentes, hipotermia, y sed en la travesía del desierto del Sáhara y las producidas por el secuestro de inmigrantes y su abandono en medio del desierto practicado por las autoridades marroquíes.
De la magnitud del desastre da una idea el número de ahogados en las costas andaluzas: una de cada cuarenta y seis personas mueren intentando entrar en nuestro país.
Sin embargo nadie parece darse por enterado de la responsabilidad de las políticas de extranjería en estas muertes recurrentes. La política gubernamental según la fundación «Andalucía Acoge», se basa en tres premisas: que no salgan, si salen que no lleguen, y si llegan que no se queden.

¿Y los que logran establecerse en Andalucía?

Hace unos años discutían nuestros gobernantes sobre cupos de acogiada y afirmaban hipócritamente que los refugiados podían ser «una nueva oportunidad de desarrollo» (es decir, de tener trabajadores a muy bajo coste salarial).

Hace apenas unos días (el 23 de mayo de 2019) un nuevo incendio intencionado arrasaba las tiendas de plástico y cartones en las que  malviven los temporeros de la recogida de la fresa de Huelva en Lepe. Es el quinto incendio en cuatro meses, fortuitos todos ellos, si debiéramos creer a los medios de comunicación. Las llamas han terminado no sólo con los enseres y pertenencias personales de los afectados sino también con la documentación, permisos de trabajo y de residencia y el dinero ahorrado para enviar a sus familias.
No será el último. A pesar de estar previsto el desmantelamiento de este y otros asentamientos este verano cuando casi se quedan vacíos, los incendios son recurrentes desde hace ya muchos años.

Para comprender los hechos hacen falta algunos datos. Estos campamentos improvisados de infraviviendas proliferan desde hace 20 años en los municipios onubenses con una mayor producción de fresa y otros frutos rojos, como Palos de la Frontera, Moguer, Lucena del Puerto y Lepe. Se calcula que en los asentamientos desperdigados por estos pueblos malviven unas mil quinientos personas, migrantes que acuden a trabajar en las campañas agrícolas. Casi todos varones jóvenes y algunos, muy pocos, menores y mujeres. La mitad de ellos con un nivel educativo elemental y superior la otra mitad, con su situación administrativa regularizada la mayoría y en espera de regularización el resto, una quinta parte. Proceden de Marruecos, del África subsahariana, es decir, de las antiguas colonias europeas, y del este de Europa. Ninguno de ellos ha podido alquilar un piso, ni siquiera una habitación en las localidades de alrededor, ya sea por precios abusivos o porque, sencillamente, los propietarios no quieren tenerlos de inquilinos.

La Junta de Andalucía, a través de su área de Migraciones, ha destinado en los dos últimos años, entre 2017 y 2018, algo más de medio millón de euros en subvenciones a ayuntamientos de la provincia de Huelva para la puesta en marcha o mejora de infraestructuras destinadas a la acogida e inserción de las personas de origen inmigrante.
En la provincia de Huelva no se ha abierto sin embargo nunca ni un solo albergue para dar cobijo a los temporeros migrantes durante las campañas agrícolas, algo que sí existe, por ejemplo, para la recogida de la aceituna en Jaén, que dispone de una amplia red de establecimientos de ese tipo en todas las grandes localidades olivareras.
En Huelva se concentra casi la totalidad de la produccion fresera de toda España, un sector cuya pujanza económica llega a generar anualmente una facturación superior a los cuatrocientos millones de euros.

Un poco de historia

A veces se nos olvida, o no queremos saberlo, que la causa de la desaparición de la esclavitud, uno de los grandes logros morales de las sociedades modernas, no fue por motivos filantrópicos sino económicos.

La energía aportada por las máquinas de vapor y la mano de obra femenina e infantil permitieron a Inglaterra prescindir de los esclavos a partir de los años treinta del siglo XIX.  La mano de obra asalariada le resultaba  más barata a los empresarios con la ventaja añadida de no tener que alimentar, ni vestir, ni alojar a los trabajadores. Fue en aquella misma época que los niños eran utilizados en las minas porque podían trabajar en galerías más estrechas cuando los filántropos del capitalismo inglés desencadenaron una cruzada internacional contra la práctica de la esclavitud en otros países.

Además de combatir un sistema infame consiguieron dificultar la competencia de los paises más atrasados industrialmente. Porque la campaña antiesclavista no se limitó a  declaraciones y proclamas morales altisonantes.  Tuvo como consecuencia directa la implantación de la soberanía inglesa en aquellos puertos africanos donde seguía la trata de negros y la pérdida del control colonial de las desembocaduras de los ríos africanos que pasaban a estar controlados por barcos de guerra ingleses.

Allí donde los trabajos forzados no suponían competencia alguna con su comercio ni chocaban con sus intereses coloniales la esclavitud siguió existiendo bajo diferentes formas hasta nuestros días.

Y una de ellas es la que se esconde tras los asentamientos de plástico, palés y cartones de los migrantes en Andalucía.

Esto sucede aquí, en nuestra tierra, en Andalucía

Tendemos a ver estos crímenes e injusticias infamantes como ajenos, como si sucedieran en otro lugar y a gente de fuera. Como si las olas no arrojaran los cadáveres en las playas andaluzas, como si los heridos por las concertinas y las entregas en caliente de los que logran sobrepasarlas fuera lejos de aquí, como si la explotación y las condiciones de vida no se dieran en nuestras ciudades y pueblos, como si las víctimas no fueran temporeros de las campañas agrícolas andaluzas. Es un error de percepción.

Una parte importante y en aumento de la fuerza de trabajo en Andalucía vive en condiciones inhumanas y de sobre explotación y sometida a campañas de odio y de racismo. No es la esclavitud que vuelve. Es que no se ha ido nunca y va en aumento.