«Van a vencer el odio que plantaste»*. Acampadas universitarias por Palestina

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Oh pícaros niños y niñas de Gaza

que constantemente me molestaban

gritando bajo mi ventana,

que llenaban cada mañana con prisas y caos.

Ustedes, que rompieron mi maceta

y se robaron la flor solitaria de mi balcón.

Vuelvan

y griten todo lo que quieran

y rompan todas las macetas

y roben todas las flores

¡Vuelvan…

solo vuelvan!

He copiado este poema del artista palestino Khaled Juma y me ha sacudido el silencio de la hoja en blanco. Lo leo otra vez, desmenuzando cada palabra ¿Qué más se puede escribir después de esto? Intento tragar y no me pasa la saliva, porque las niñas y niños pícaros de Gaza son también las niñas y niños de mi calle que aporrean la puerta pegando balonazos, que molestan a mi gato cuando duerme en la ventana, que inventan bailes y divierten a las señoras cuando a media tarde conversan con sus sillas en la acera. Las niñas y niños de Gaza son el mismo griterío del recreo cuando vuelvo del mercado, un monopatín cruzando al límite por un paso de cebra, la niña con cinturón de kárate que vuelve de extraescolares, la foto que mi amiga me manda de su hijo soplando una tarta de cumpleaños. ¿Qué pasaría si todos esos niños, y otras 14.000 niñas y niños desaparecieran para siempre de la calle? ¿Qué sería de ellas, de todos ellos, si les faltara la manita de su madre, de su padre? Si no estuvieran más los abuelos que te enseñan a montar en bicicleta, ni las abuelas que inventan cuentos y empujan los columpios. No quedan ya palabras, ni análisis capaz de transmitir el espanto, el horror ante la atrocidad que significa el exterminio de un pueblo.

Más de 38000 –treinta y ocho mil- personas han sido asesinadas y otras 7000 se encuentran desaparecidas bajo los escombros de un exterminio masivo, que a pesar de un tímido puñado de declaraciones bienintencionadas, pero nada efectivas, cuenta con grandes apoyos explícitos y peligrosos silencios cómplices. Mientras, la poderosa maquinaria mediática nos inyecta, con narrativa templada sobre imágenes siniestras, un relato que, a pildorazos, termina anestesiando por cotidiano. La investigadora y activista Jasbir K. Puar, siguiendo a la escritora Sara Ahmed, ambas de origen pakistaní, habla de la visibilidad como rúbrica inaceptable si no hay afecto. Para qué sirve contar, qué perdura de toda esa narrativa de imágenes y cifras si continúa percibiéndose como algo ajeno, si es incapaz de irradiar la información vital que transmite el afecto.

En su obra Ensamblajes terroristas, K. Puar analiza cómo occidente construye una percepción homogénea y negativa de las llamadas sociedades árabes. Mediante un ensamblaje de género, sexualidad, clase social, raza (sic.) y nación, éstas son representadas por oposición a los grandes relatos de libertades y derechos (incluidas las políticas liberales occidentales afianzadas a través del pinkwashing feminista y LGTBIQ+). Según este análisis, el juego de contras dificulta la emergencia de afectos, porque estas sociedades aglutinarían los atributos que atentan contra el imaginario occidental de derechos fundamentales, siendo percibidas como “cuerpo terrorista” o al menos, sospechosas de serlo. Sin embargo, la limpieza étnica forma parte del objetivo fundacional de Israel desde la Nakba, amparada por el Plan Dalet del entonces primer ministro Israelí David Ben-Gurión, que promulgaba una estrategia militar para des-arabizar Palestina. Se trata, por tanto, de una operación planificada y sostenida en el tiempo, cuyo discurso es reforzado por un imaginario racista y deshumanizador, necesario para justificar su vulneración sistemática de Derechos Humanos. Este discurso, al tiempo que refuerza positivamente a las potencias invasoras (hace siete meses se hablaba de la “evacuación” de Gaza por parte de Israel, al igual que ocurriera con la “lucha antiterrorista” en Afganistán o la “misión humanitaria” que destruyó Irak), incide en la percepción negativa cuando se trata de los pueblos sometidos: si bien el discurso sionista sobre la población palestina, suscrito en buena parte por el relato mediático occidental, se sustenta en discursos de odio, su planteamiento permite que incluso éstos puedan parecer legítimos: la Ministra israelí May Golan, afirmaba estar “personalmente orgullosa de las ruinas de Gaza” porque “eso pasa por matar y destruir a Hamás, la población de Israel no vivirá al lado de este tipo de terrorismo. Pueden salir y nadar en el mar, quiero ver cadáveres de terroristas alrededor de Gaza”. El deseo explícito de la Ministra Israelí de Igualdad Social y Empoderamiento de la Mujer, por perpetrar una matanza masiva, no movió de su asiento a la entrevistadora de la ILTVNews (cadena israelí financiada con capital estadounidense), debido a la caracterización de la población gazatí como eminentemente terrorista. De manera similar, Daniela Weiss, del movimiento de colonos de Israel, en entrevista para la BBC sentenció que “Gazatíes, árabes, no se quedarán en la franja de Gaza. A los palestinos de Gaza, a los buenos, se les permitirá irse. La gente normal no quiere vivir en el infierno”. Esta última frase la acompañaba con un gesto como de llamado a la reflexión, dando a entender que quienes desean permanecer en Gaza no pueden estar del lado de “los buenos”. Este relato de criminalización de las víctimas y que éste cale en la opinión pública, es el primer escalón que legitima una limpieza étnica. Al interior de los estados occidentales, sirve también para distinguir a los sujetos aceptables, frente a quienes mantienen posicionamientos propalestinos en un contexto de racismo e islamofobia creciente.

Según datos de FAMSI -Asociación Fondo Andaluz de Municipios para la Solidaridad Internacional- y la Plataforma Andalucía Solidaria con Palestina, desde 1948, más de cinco millones de personas han sido expulsadas de Palestina. La comunidad palestina constituye 1/3 de la población refugiada del mundo y solo en Gaza, tras años de bloqueo sobre la Franja, el 80% dependía de la ayuda humanitaria antes de octubre de 2023. En este sentido, K. Puar también habla de las secuelas del trauma como una temporalidad que es anticipatoria y predictiva. Esto es aplicable al caso palestino, más allá de la trágica cifra de los últimos meses como período de crueldad sin límites. El peligro que la población palestina percibe, no es solo la posibilidad de un ataque inminente, sino el hecho mismo de que éste pase de largo: la alarma permanente ante un episodio de violencia desconocido, en términos de cuándo, cómo y dónde ocurrirá. La mera posibilidad, plantea un estado traumático cuya lesión perdura indefinidamente. El profesor y cirujano británico-palestino Ghassan Abu-Sittah, recientemente nombrado rector de la Universidad de Glasgow, desarrolla en idéntico sentido su teoría de la “ecología de guerra”, en tanto los objetivos militares israelíes están diseñados para alterar la biosfera en su conjunto, a través de transformaciones destructivas y degradantes que a menudo son irreversibles. En Gaza, el ejército israelí ya ha destruido más de mil escuelas, universidades, hospitales y mezquitas. Sumado al objetivo de exterminio civil en su conjunto, seis principales universidades Palestinas han sido destruidas en los últimos meses según datos de Euro-Med Human Rights Monitor. Tres rectores y más de cien profesores/as de Universidad han sido asesinados, cifra que engrosa una lista con 132 periodistas y al menos 364 médicos/as muertos a manos del ejército israelí en los últimos meses. Entre estos objetivos, que de manera despreciable hay quien continúa denominando “operaciones militares”, se encuentra la definición precisa de genocidio, que plantea un salto cualitativo en la ya de por sí espeluznante definición de limpieza étnica: además del sometimiento de la población general a condiciones de existencia que acarrean su destrucción física, éste implica el ataque a pilares básicos que perpetúan las sociedades, entre ellos, la privación de la educación, los canales de expresión e información y el acceso al soporte para el propio mantenimiento de la vida.

Es tal la magnitud de esta barbarie que, aunque nunca me he sentido ajena a la causa Palestina, llevaba meses preguntándome cómo trascender a una visibilización que me estaba forzando a normalizar diariamente imágenes y relatos de violencia extrema, como si fuese algo tan cotidiano que una simplemente se lo puede sacudir compartiendo publicaciones en redes sociales. El 9 de mayo, las estudiantes de la Universidad Pablo de Olavide decidimos que se podía y se debía hacer algo más, que podíamos usar nuestro privilegio desde el lugar del mundo que habitamos, romper la norma de silencio, impugnar el relato sionista y establecer una hoja de ruta como puesta en práctica de nuestro compromiso con el pueblo palestino. Aunque el alcance sea mínimo si se analiza en el corto espacio, si se piensa en colectivo, esa trascendencia también puede arrojar un poco de luz frente a tanta movilización pasiva. Compartiendo la causa de las cientos de acampadas universitarias desplegadas a lo largo del mundo en los últimos meses, entendimos que un posicionamiento explícito debía ser responsabilidad de las universidades y compromiso de las estudiantes, porque al igual que el sistema educativo palestino constituye un claro objetivo militar en la masacre, el sistema universitario que sostenemos, también puede ser instrumentalizado para perpetrar violencias, injusticias y desigualdad. Gracias a la movilización estudiantil, la Universidad Pablo de Olavide ha suspendido varios convenios de colaboración académica y de movilidad que mantenía con universidades israelíes, porque nuestra investigación no quiere financiar ni servir a estados genocidas, tampoco a instituciones cómplices. Lejos de conformarnos con una revisión de las relaciones, la plataforma de Estudiantes UPOxPalestina ha exigido transparencia con respecto a las empresas colaboradoras con el Estado de Israel que hacen parte en nuestra Universidad, con el fin de que sus acciones se limiten. En este sentido, se señala al Banco Santander como responsable en la financiación de asentamientos ilegales en territorio ocupado de Palestina. El Banco Santander, principal banca colaboradora con la Universidad Pablo de Olavide y otras universidades públicas, ocupa el séptimo lugar de las 674 entidades que invirtieron en los asentamientos ilegales de Israel. En el contexto andaluz, el movimiento estudiantil ha logrado articular una respuesta unitaria al sionismo, recogido en un comunicado de la AUPA (Asociación de Universidades Públicas de Andalucía) y firmado por los rectorados de las universidades de las ocho provincias y la Universidad Internacional de Andalucía, sobre cooperación académica y científica con Palestina. Aunque pueda parecer una declaración de intenciones similar al comunicado de la CRUE –su homóloga a nivel estatal-, las acampadas universitarias demuestran que cada acto de resistencia cuenta y que mira de frente a poderosas instituciones que, al tiempo que se atribuyen voluntad de diálogo y transformación, actúan como eslabón de una maquinaria sustentada en el dolor. La lucha sirve, porque ya ninguna palabra vacía será capaz de disimular el servicio que nuestras universidades prestan a grandes empresas tecnológicas belicistas, bajo proyectos de I+D y fondos de Defensa de la UE que implican concesiones al Ejército y la OTAN, entre otros.

Es claro que ninguno de estos posicionamientos podrá jamás restituir una tragedia que no comenzó en octubre y que pretende ser la culminación de un plan minuciosamente definido y anunciado a voces. Nadie podrá preguntarse por qué no lo vimos venir y si de verdad nos importa, tampoco servirá lamentarse por lo que pudimos hacer. Las acampadas estudiantiles nos enseñan sobre todo que cualquier actitud de condena siempre es más efectiva cuando las acciones son directas, colectivas y situadas. Y que si honestamente nos hacemos la pregunta, siempre es posible poner el cuerpo un poco más. Lo que yo he visto en estos días, con sus respectivas noches, ha sido un numeroso grupo de mujeres y hombres con prioridades muy claras. Cualquier intento por desacreditar sus demandas habla más de la complicidad de unos –incluido el silencio, que es también una posición-, que de la gran lección de principios y organización, que deberíamos aplicarnos muchas personas y colectivos. Igual es cuestión de prioridades y de poner, como se dice, la vida en el centro, esta vez con toda su crudeza. Que nadie intente desmoralizar a lxs jóvenes porque son la única esperanza de proyectar un futuro con Memoria. Gracias por ser fuente de inspiración, dignidad y certezas, por trascender al lugar cómodo desde el que muchxs limpian sus conciencias, y actuar en consecuencia. Gracias también a profesoras/es y parte de la comunidad universitaria que no miró hacia otro lado y a los pocos departamentos que siempre tuvieron claro dónde debían estar. A las decenas de asociaciones y familias que abrazan esta causa, en especial, a la Plataforma Sevillana en Solidaridad con Palestina y a la Asociación de Amistad con el Pueblo Saharaui de Sevilla, porque su lucha es también la nuestra y la del Pueblo Palestino. La acampada se levanta, pero seguimos, a pesar de todo. Por la libertad de los pueblos dignos, ¡Viva Palestina Libre!

* Frase del poema “El fin del odio que plantaste”, de Yaser Yamil Fayad, médico y poeta palestino.