Esto no va a salir bien

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Y ya me gustaría equivocarme, de verdad. Pero no creo que vaya a ser así. El virus ha sido sólo una rueda más en el engranaje de esa gran maquinaria que nos está transformando a todos como sociedad y como personas. El virus pasará, no me cabe duda. Todos los virus pasan con mayor o menor coste en vidas y salud (ojalá sea el menor posible). Pero no volveremos a ser los que fuimos, porque esta crisis, cual juego de la oca, nos va hacer adelantar varias casillas hacia una dirección equivocada en una espiral deshumanizadora, autodestructiva y profundamente individualista. El mundo cambia. Siempre lo hace. Se está gestando una nueva sociedad en la que el virus tiene el papel de partera que acelera el alumbramiento de un nuevo orden.

Se dice que en estos tiempos de confinamiento se está revelando la cara amable y solidaria de nuestros congéneres: aplausos cada noche para agradecer a los «héroes con bata» su titánica labor; donaciones de mascarillas de santos varones; cánticos y carteles en las ventanas para animar a los vecinos, etc. ¿Qué queréis que os diga? A mi todo esto me produce una mezcla de tristeza, indignación y hastío porque me parece todo tan hipócrita en unos casos, tan ingenuo en otros, tan inútil en todos…

Confieso que no veo apenas la televisión, pero uno no puede sustraerse por completo del mundo que le rodea y en estos días he prestado más atención a los medios de comunicación, que en un alarde de morbo, cual carrusel deportivo, nos va informando de cada nueva muerte o contagio. Esto, unido a la mayor observación desde mi ventana, me han llevado a identificar al menos diez claves para el pesimismo o desesperanza en el futuro post-infección. A saber:

  1. Egoísmo: los perros de mi barrio deben estar los pobres con unas agujetas tremendas. Nunca habían salido tanto. Si a esto se le suma que hay personas que visitan varias veces al día el supermercado para realizar pequeñas compras y darse sus paseos; los padres y madres que sacan a sus hijos a la calle o juegan con ellos en las azoteas, garajes o zonas comunes; las numerosas enfermedades, excusas, grupos de riesgo o personas dependientes que están surgiendo en los servicios declarados esenciales para librarse de ir a trabajar y evitar toda posibilidad de contagio, nos queda una sociedad cada vez más ombliguista, en la que el individuo sólo piensa en si mismo y en cómo salvarse a toda costa. No existe una verdadera conciencia del bien común, un espíritu de disciplina ni de sacrificio para lograr el bienestar de la mayoría.
  2. Vacuidad: ahora parece que todos nos damos cuenta de lo importantes que son los profesionales sanitarios, los investigadores y la sanidad. Todos queremos más y mejores. ¿Y qué hacemos para conseguirlo? Aplaudir cada noche desde nuestras ventanas. Nada se dice de lo vital que es tener un buen sistema sanitario público, ni unos profesionales reconocidos. Y menos aún se reflexiona sobre que eso cuesta mucho dinero y que éste hay que sacarlo de algún sitio. En una pirueta digna del Cirque du Soleil, es posible aplaudir a los sanitarios, exigir una sanidad de calidad y pedir que bajen los impuestos. Pocos de los que aplauden piden a quienes donan mascarillas que pague sus impuestos en esa patria que tanto aman, o que, al menos, no despidan a sus trabajadores ni subcontrate a fábricas de países foráneos. Ingenuidad, frivolidad y razonamientos vacíos, nos llevan a políticas de gestos oportunistas y a depender de la generosidad del rico de turno.
  3. Ocio individualista: esta situación de confinamiento va a consolidar los productos televisivos (especialmente las series), las redes sociales y a los teleprescriptores (entrenamiento personal, medicina, idiomas, cocina, idiomas, ludotecas, etc.) como los modelos de ocio del futuro. Son opciones relativamente baratas, que permiten el entretenimiento o el aprendizaje de manera aislada de nuestro entorno y sin contacto con nuestros semejantes. Ideal para el hombre y la mujer productivos que no tienen tiempo de ir al gimnasio, al médico o a la calle tras un día de trabajo agotador. Terrible, ¿verdad?
  4. Teletrabajo: el virus ha supuesto la imposición del teletrabajo para miles de personas. Se alaba una y otra vez sus supuestas bondades, ya que permite desarrollar la misma actividad laboral y conciliarla con la familia y el hogar. Bajo este manto de modernidad y supuesto progresismo, sin embargo se esconde la aviesa intención de separarnos de nuestros compañeros, de no reconocernos pertenecientes a una misma clase, con intereses y reivindicaciones comunes. Se nos aparta de espacios de sociabilización y se confunde un lugar sagrado y privado, como debiera ser el hogar, para hacernos productivos el día completo.
  5. Comercio electrónico: otro de los cambios que nos va a traer el virus será la sustitución a gran escala del comercio físico por el electrónico. Y no sólo en lo que respecta a la adquisición de productos sino a la prestación de servicios, como ya se ha apuntado antes. Estamos siendo obligados a hacer la compra por internet o a operar con nuestro banco sin acudir a la oficina. Y esto va a tener sus consecuencias. Sin duda supondrá una mayor precarización del empleo así como una disminución del mismo, un desarraigo de los comerciantes con su barrio y una concentración del negocio en grandes empresas transnacionales en detrimento del comercio tradicional y de proximidad.
  6. Control social: el Estado de Alarma supone un enorme experimento de control social a gran escala. Y su análisis no va a ser desaprovechado por quienes gobiernan. Se va a estudiar cómo reaccionan las poblaciones a las restricciones de movimientos, identificaciones, despliegue de tropas en las calles, etc. Al mismo tiempo, se está generando un clima de desconfianza entre los individuos de manera que ya no nos acercamos para hablarnos, ni nos besamos, ni nos abrazamos. Todos desconfiamos de quien se acerca demasiado no vaya a infectarnos, o nos estamos acostumbrando a denunciar a quien se salta las normas de confinamiento. Será complicado recuperar los afectos tras esta crisis, y ello nos hace un poco menos humanos.
  7. El capital gana, el trabajo pierde: muchas de las circunstancias anteriores van a llevar indefectiblemente a una pérdida del empleo de miles de personas, o a su precarización. Paralelamente, los poderes públicos siguen comportándose como escuderos de las grandes corporaciones, facilitando los despidos masivos o regulaciones de empleo financiados con el presupuesto público; o adoptando decisiones para paliar sus pérdidas de beneficios (retraso en la adopción de medidas de confinamiento o cierre de territorios, arrendamiento en lugar de confiscación de espacios para usos sanitarios, etc.). Por no hablar de la negativa reiterada a bajar impuestos a las clases populares y cuotas a autónomos, y su correlativa subida a grandes empresas y actividades económicas emergentes (financieras, redes sociales, tráfico de datos, falsa economía colaborativa, etc.).
  8. Desprotección social: lo peor del ataque del virus lo sufren siempre los más pobres. Quienes no tienen casa o su vivienda no permite un confinamiento de semanas. Quienes han sido abandonados en una residencia de ancianos. Los presos. Los trabajadores migrantes que malviven entre plásticos cosechando fresas o pepinos. Nada de esto va a cambiar y, desgraciadamente, la situación se va a agudizar. Ya se están recibiendo en los servicios municipales de asistencia social un gran número de demandas de ayuda de quienes han perdido su empleo y no pueden afrontar el alquiler, la hipoteca o la compra de medicinas o alimentos. La tragedia que se avecina es mayúscula y no parece que vayamos a contar con un Estado fuerte que haga frente a estas necesidades.
  9. Ahondamiento en la mercantilización de las fiestas: sin ningún rubor se trasladan ferias y Semana Santa a septiembre como si nada. Lejos de que la experiencia con el virus nos haga reflexionar sobre que el monocultivo del turismo no es una buena idea, se apuesta doblemente por él para cuando pase la infección. Todo vale para que unos pocos llenen su bolsa a costa de desnaturalizar ciudades y convertirnos en forasteros dentro de un decorado que antes eran espacios de vida.
  10. Profundización en la estrategia del miedo: pánico permanente, shock continuo que nos insensibiliza, nos deshumaniza, nos acostumbra al horror y nos impide reflexionar, tomar conciencia del bien común, de la necesidad de los afectos y de colaborar con el prójimo. Hoy es el coronavirus, ayer era el terrorismo islamista, mañana será otra cosa.

El futuro es oscuro. Afortunadamente no está escrito. Desafortunadamente ya lo están escribiendo y no somos nosotros.