Fealdad y estetización

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El capitalismo siempre se ha asociado a la fealdad. Las grises factorías ubicadas en inhóspitos polígonos industriales, las desoladas periferias de las ciudades con sus incontrolados vertidos o los inhabitables barrios de los hinterland urbanos construidos con materiales de baja calidad son buenos ejemplos de la monstruosa huella del capitalismo. En todos estos escenarios la atroz fealdad muestra, sin velos, las profundas desigualdades y la degradación ambiental que genera este modelo de sociedad. Sin embargo, el capitalismo está cambiando su rostro. Aun cuando en nuestra geografía persisten estos paisajes descarnados, deshumanizados y sin alma, el capitalismo presenta hoy una imagen más amable, incluso seductora y atractiva.[1]

Esta mutación se produce en la actual sociedad del híper-consumo en la que una atmósfera estetizada invade tanto los entornos sociales como las prácticas cotidianas. La estetización desborda las llamadas industrias culturales (arte, cine, teatro, mundo del espectáculo…) para expandirse a nuevos territorios que abarcan desde el diseño de los productos de consumo (incluso los más banales) hasta el cuidado de los cuerpos que son modelados de acuerdo con patrones de belleza más o menos determinados. Asimismo impregna multiplicidad de espacios tanto urbanos como rurales, generando entornos amables y confortables que adquieren una nueva imagen historicista, cool o naturalizada muy del gusto de los consumidores. Así los bares se transforman en colmados retros, las tiendas adoptan un estilo vintage o hipster, las ciudades son museificadas o maquilladas con nuevos centros de consumo global de arquitectura audaz y el campo es purificado como espacio incontaminado que se presenta como natural. De esta manera, la estética lo inunda casi todo convirtiéndose de este modo en una de las señas de la época actual.

Esta dependencia de la estética con respecto al consumo ya ha sido advertida por numerosos autores (Featherstone, 1990; Lash y Urry, 1998; Lipovetsky y Serroy, 2016; Han, 2018). Sin embargo, lo que me interesa resaltar en estas líneas es la sutileza del capitalismo actual y su carácter paradójico, porque tras el velo de una estetización aparentemente inocua se ocultan procesos no precisamente bellos. Pondré tan solo dos ejemplos cercanos de una lista que podría ser muy larga.

Como es bien sabido, los cascos históricos de ciudades como Sevilla que atesoran un rico patrimonio cultural son acicalados, restaurados y mantenidos con el objetivo de recrear escenarios atractivos que permitan garantizar un consumo turístico estetizado. Andar por las calles peatonalizadas y remodeladas genera en el viandante la sensación de que la política pública llevada a cabo es la adecuada tras décadas de desidia con el patrimonio cultural. Pero lo que no es tan evidente es que tras estas operaciones de estetización se vive un proceso de exclusión social que llamamos de gentrificación turística, el cual supone el cese o la adaptación de estilos de vida tradicionales (residenciales, de sociabilidad, comerciales, rituales, simbólicos…) que desaparecen o, en el mejor de los casos, se subordinan estratégicamente al servicio de las nuevas actividades de consumo turístico global.

Otro ejemplo que ilustra a las claras lo que subyace a las operaciones de estetización, lo podemos observar en la restauración ambiental realizada en el río Guadiamar tras el desastre ecológico que supuso la rotura de la balsa y el posterior vertido de lodos tóxicos procedentes de la explotación minera de Aznalcóllar. La retirada de los fangos contaminados y la repoblación realizada con fondos públicos ha supuesto la transformación de una ribera de anterior uso agropecuario en un Paisaje Protegido, denominado Corredor Verde del Guadiamar, que es presentado como “una fuente rebosante de vida” y destinado (¡cómo no!) a espacio para el consumo turístico y recreativo de naturaleza[2]. Sin embargo, bajo el manto verde, esta estetización vela el dramatismo de lo acontecido en un triple sentido. Por un lado, mitiga la magnitud de una catástrofe ecológica muy superior a casos sonados como el del Prestige; por otro, sirve para legitimar a la Administración como institución con capacidad para asegurar la restitución y la conservación ambiental incluso en los escenarios más críticos; y, por último, y quizás lo más importante, no cuestiona la próxima reapertura de la misma mina, relativizando la contaminación y los riesgos de posibles desastres ambientales en una apuesta clara por el extractivismo.

Con estos dos casos de estetización he querido mostrar que la fealdad del capitalismo sigue ahí, aunque oculta bajo una perversa capa de barniz que tapa sus grietas; una cosmética engañosa que se superpone para disimular sus arrugas.

 

[1] Soy consciente de que la fealdad es una categoría de pensamiento relativa que puede variar según las culturas y los momentos históricos. Pero aquí –con el permiso de Umberto Eco (2007)- hago un uso absoluto de este término para subrayar que la estetización es una de las señas de identidad de la modernidad tardía.

[2]http://www.juntadeandalucia.es/medioambiente/servtc5/ventana/mostrarFicha.do?idEspacio=14077&lr=lang_es