Sevilla con la Renta Básica (II)

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Como decía ayer, el próximo mes de Octubre nos veremos en el Simposio anual sobre Renta Básica Universal, que por primera vez en sus 20 años de existencia, se celebra en Andalucía, más concretamente en Sevilla.

En esta entrega, completaré la exposición de los aspectos políticos que, para mí y las compañeras y compañeros de la Asociación “Andalucía por la Renta Básica Universal” (ARBU) explican la necesidad de la Renta Básica Universal.

Ya nos interrogamos ayer: ¿Hay que cambiar el paradigma económico que nos gobierna? ¿Qué es más humano el crecimiento o la distribución?

En la realdad actual los comportamientos solidarios, éticos o cooperativos se destierran porque no son útiles para lograr el crecimiento económico. Al resultar esto último de la suma de lo que aporta cada uno, da igual que algunos bajen, siempre que los que suban lo hagan en una cuantía superior. Lo importante para tener más entre todos no es cómo se distribuye, sino que la suma sea superior. Por ello, las personas y las organizaciones importantes en una sociedad como ésta, son aquellos que suman más al total de lo que tenemos. Quienes no agregan o quienes tienen poco son “descartados”, no tienen ninguna importancia. Solo interesan aquellos que suman.

Parece evidente que en un entorno de esta clase, los incrementos de productividad, las nuevas maneras de organizar las empresas, la no remuneración de los trabajos reproductivos o voluntarios (que se realizan fuera del mercado), son consecuencias ineludibles de esa necesidad de crecer y de esa legitimación del egoísmo. En la medida que todas ellas nos permiten tener más entre todos, son bienvenidas y logran su pretensión, que la renta per cápita se incremente sin parar.

Tener más entre todos no garantiza que todos logren tener lo suficiente para lograr su realización plena. Se precisa un cambio de objetivo económico que nos lleve en otra dirección. Esto es, una economía que logre que todos tengamos al menos lo suficiente para vivir; una economía que se centre no tanto en lo superfluo como en las necesidades, no tanto en la cantidad producida sino en cómo ésta se distribuye. Es una economía en la que prioridad deje de ser quien más aporta, para pasar a ser quien más necesita. Una economía en la que el progreso económico no se mide por el incremento de la renta per cápita media, sino por el incremento de la renta per cápita de los más necesitados.

Modificar el objetivo final de la economía es un cambio cultural importante. En la actualidad todo gira alrededor del crecimiento económico (el bien agregado). Las declaraciones de los políticos, economistas, sindicalistas, etc., defensores del sistema, están siempre dando por sentado que el objetivo es crecer y que no se puede mejorar el empleo, los salarios o la sociedad si no es a través de “tener más entre todos”. Por ello, todas las políticas giran alrededor de esta meta y la manera en la que tenemos que describir la bondad o ineficacia de las medidas económicas tomadas por los poderes públicos son medidas por este crecimiento económico. Cambiar hacia una economía en la que la crisis no sea el descenso del crecimiento sino el empeoramiento de quienes peor están, o que su salida se base en que los más desfavorecidos mejoren sus condiciones, supone cambiar el horizonte actual de la economía y, por tanto, modificar los instrumentos económicos al uso y la manera que tenemos de plantearlos.

Este planteamiento hace que gran parte del análisis económico que realizamos en la actualidad quede obsoleto, ya que está al servicio de conocer los efectos de las acciones económicas sobre el crecimiento y no sobre la distribución. Precisamos de instrumentos que nos ayuden a comprender las políticas que hagan que todos tengamos al menos lo suficiente, no para tener más entre todos. Esto precisa de dos movimientos que no pueden darse en el corto plazo sino en el medio y largo plazo.

El primero es un cambio de mentalidad que nos aleje de un economicismo que, en lugar de llevarnos a una satisfacción creciente, nos convierte en personas permanentemente insatisfechas y tremendamente egoístas en lo económico, personas que identificamos de una manera acrítica el tener más con el estar mejor y llevamos esto a sus últimas consecuencias tanto en lo personal como en lo social, sin darnos cuenta de que esto no tiene unas consecuencias positivas ni sobre nosotros, ni sobre la sociedad, ni sobre los más desfavorecidos.

En segundo lugar debemos cambiar las estructuras, porque las actuales potencian esa mentalidad economicista en la que tanto tienes, tanto vales. La competencia, el mérito, el individualismo, el tener más, son las cuestiones que más potencian nuestra manera de organizar la economía, de modo que aquellos que menos tienen quedan excluidos del pastel y descartados por una sociedad que no quiere ni tener que ocuparse de ellos. Por ello es preciso organizar la sociedad de modo que éstos sean la prioridad, que la mayoría social sea quien tenga el protagonismo en una economía que esté orientada en otra dirección.

Si bien este proceso puede lograr mejoras en lo relativo a la consecución de un empleo digno, no soluciona nada en cuanto al reconocimiento de los trabajos reproductivo y voluntario. Por ello, sí se quiere articular un sistema en el que “todos tengan al menos lo suficiente para vivir”, estos planteamientos son insuficientes. La creación empleos dignos no nos lleva a esa sociedad que priorice a los que menos tienen.

Aquí es donde se sitúa la necesidad de reflexionar sobre la pertinencia de sistemas de rentas ofrecidas por la sociedad en su conjunto y que no vayan ligadas a tener un empleo remunerado. Es decir, la posibilidad de que la sociedad ofrezca un dinero a las personas sin que éstas estén realizando nada a cambio. El debate estaría en saber: ¿qué medidas pueden ser efectivas para que la economía esté realmente al servicio de las personas, para que nadie se quede sin la parte que le corresponde para tener una vida digna? Situando aquí el debate y no en si podemos lograr más menos crecimiento, es como logramos reflexionar si, además de un cambio de cultura y mentalidad económica generalizada, no necesitamos también estructuras que distribuyan unas rentas a una mayoría social que sin ellas, no logra unos mínimos vitales.

En la próxima entrega, daremos ese paso adelante exponiendo los fundamentos de la Renta Básica Universal y nuestra defensa de la posibilidad cierta su puesta en marcha en Andalucía.