Los Borbones nos borbonean una vez más… ¿hasta cuándo?

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No estaría de más que nos pusiéramos a repasar un poco de nuestra historia reciente en este agosto canicular de coronavirus, jornaleros asesinados por los golpes de calor del capitalismo esclavista, gobierno, dicen que de izquierdas, que derrapa a la derecha y culebrones monárquicos.

Hemos consentido, una vez más, que los Borbones nos borboneen, verbo inexistente en el diccionario de la RAE, pero que podría ser la palabra del año. Venimos poniendo a los Borbones en la frontera prácticamente desde Carlos IV para, a continuación, ofrecerles la posibilidad de que regresen y vuelvan a hacer lo mismo por lo que los expulsamos: conspirar, mentir, robar, vender eso tan grandilocuente que llamamos patria al mejor postor, aprovecharse del erario público para amasar fortunas personales, mantener queridas e hijos bastardos, además de a los legítimos, entregar el poder o recibirlo de manos de un dictador, jurar constituciones para pasárselas a continuación y sin pudor por el arco del triunfo, meternos en guerras generosamente regadas con la sangre de las hijas y los hijos del pueblo, … En fin, una larga tradición de borboneo.

En el caso del todavía rey emérito – recuerdo que no ha renunciado al título y su hijo no ha querido imponerle la renuncia al pobrecillo- , la ilusión ha durado casi cuarenta años. Para que ello fuera posible, se ha necesitado la cooperación entusiasta del poder financiero, claro, pero también del poder político y de los medios de des-información: partidos que se decían – in illo tempore, que dirían los romanos- republicanos, pero que, tan pronto como se convirtieron en usufructuarios del Régimen del 78,corrieron un tupido velo sobre su republicanismo; destacados politólogos e intelectuales que evitaron declararse monárquicos, pero se apresuraron a proclamarse “juancarlistas”, y que ahora deberían andar, si les quedara algo de vergüenza, escondidos debajo de las piedras y rogando al dios de Google que sus palabras se las haya tragado la tierra internética; periodistas – por llamarlos de alguna manera- abierta o disimuladamente al servicio de Palacio, aplicados sin descanso a la tarea hagiográfica sobre la figura de Juan Carlos Primero, proclamándolo Único.

En fin, que durante décadas se empeñaron en hacernos creer, y a ratos lo consiguieron, que Bribón era solo el nombre del barco del rey. Y a quienes osaban cuestionar la figura real, declarada constitucionalmente inviolable, se les enviaba al ostracismo o se les encarcelaba por un delito de injurias a la Corona. Pero que la inmundicia salga a flote depende de la cantidad y es solo cuestión de tiempo.

Ahora, cuando la situación se ha revelado insostenible, llega la carta del rey emérito – se entenderá que lo escriba con minúscula- y… nos vuelve a borbonear.

Son interesantes las coincidencias con la carta de su abuelo, Alfonso XIII, cuando salía de España en las horas previas a la proclamación de la II República; ambos declaran que sus acciones han tenido como guía -menos mal- el interés de España; ambos dicen haber cometido errores, en un intento vano de buscar la comprensión de sus súbditos. Ambos también mantienen altaneros que tanto la renuncia como el abandono del país son voluntarios, proclamando su lealtad a la institución y, en un alarde poco creíble de victimismo, presentándose dispuestos a sacrificarse por el bien de la institución o de sus descendientes.

Eso sí, el rey emérito ha elevado el borboneo a otro nivel: ni siquiera se ha dirigido “Al País”, como hizo su abuelo, sino que lo hace a su hijo, puesto que, al parecer, se tratara de un asunto de famiglia. Con desfachatez, sitúa lo ocurrido en el pasado y en su “vida privada”, dos afirmaciones falsas: ni son pasados los hechos que, en un país democrático, deberían imputársele y, aunque hayan acontecido en el ámbito privado, los recursos manejados son públicos y las repercusiones, también. No han aprendido, porque no les cabe en sus reales cabezas, que no se pueden usar dos barajas, para jugar, según convenga, la baza de los privilegios o la del ciudadano de a pie.

Felipe VI, por su parte, ya ha dado claros indicios de borboneo: el discurso del 3 de octubre de 2017 sobre Cataluña fue, sin duda, una muestra clara. No retirar el título de rey emérito a un personaje corrompido y recordar a los españoles, pueblo ingrato, por si se nos olvida el relato hagiográfico, el “legado y obra política e institucional de servicio a España y a la democracia” de su padre, es otra muestra de que el Borbón actual promete.

En los próximos días y semanas tendremos que armarnos de paciencia para aguantar la verborrea insustancial de quienes tratarán de justificar lo injustificable; habrá quienes traten de convencernos, una vez más, incluso desde el gobierno, ya verán, de que lo ocurrido era lo único y lo mejor que podía ocurrir, lo cual es, por cierto, una falacia histórica de grandes dimensiones. Aunque no pienso aguantar que a la fuga real se le llame exilio. Hay mucho desarraigo, mucho sufrimiento y mucha dignidad detrás de esa palabra y de quienes lo padecieron para permitirlo. Entre tanto, convendría empezar a reflexionar juntos y en serio sobre la república futura, vaya a ser que los acontecimientos se precipiten y solo hayamos sido capaces de parir unos cuantos memes ingeniosos.

Hace algo más de un mes, tuve ocasión de participar en un acto organizado por el Ateneo Republicano de Andalucía. Estas fueron mis propuestas para un proceso constituyente, que lanzo a la ciudadanía de una república futura. Para iniciar el debate, se antoja urgente cuestionar el sistema actual, más allá de la dicotomía simplista monarquía/república. Es necesario hacerlo si queremos articular lógicas transformadoras, superadoras de las lógicas del Progreso y la Modernidad ilustrados. En ese contexto, debemos poner en cuestión incluso el concepto mismo de ciudadanía, todavía hoy demasiado apegado al concepto ilustrado excluyente, configurado como un ámbito en el que no caben el extranjero, el pobre, el niño, la mujer, el salvaje y cualquier otredad que no sea la del varón occidental ilustrado.

En esta dinámica, es necesario también redefinir los conceptos de república y democracia, así como repensar el modelo de constitución y el modo de configurarla. Pienso en una república entendida como una confluencia de poderes soberanos, en la que no se conformen estados de excepción. Esta reorganización de la res pública requiere la articulación de un sujeto político soberano, que ejerza el derecho a decidir en lo individual y lo colectivo. Una república en la que se cuestionen los binarismos, todos los binarismos y, en especial, la dicotomía público/privado, para eliminar esa concepción de lo privado como el ámbito privativo de las mujeres, un ámbito devaluado, feminizado y en permanente estado de excepción, donde todo derecho queda en suspenso. Una república, en fin, que lleve a cabo una clara impugnación del patriarcado.

En cuanto a la democracia, debemos pensar que no la habrá mientras no seamos capaces de articular una sociedad igual e inclusiva, en la que hayamos erradicado la discriminación, se integre la diversidad y se elimine la jerarquía. Una sociedad conforme al principio de la justicia social, la redistribución de la riqueza y el abandono de la lógica actual de los modelos de desarrollo.

En cuanto al modelo de constitución y al modo de conformarla, en el proceso constituyente se antoja ineludible la participación directa, que posibilite la expresión de la voz de los pueblos y las individualidades. Una constitución nacida de un consenso entre iguales, el único consenso posible, ajena al mercadeo de quienes detentan los poderes fácticos, expertos en imponer trágalas a los pueblos. Una constitución laica, pero también desacralizada, sin altares ni sacerdotes de cualquier religión, sea al servicio de los dioses patriarcales o del dios mercado. Una constitución que contemple la solidaridad entre los pueblos. Una constitución radicalmente democrática, basada en la igualdad y la justicia, en la que se respeten los derechos humanos y el derecho a decidir, como garantía de soberanía individual y colectiva.

La nueva ciudadanía de una república futura deberemos conformar una sociedad civil fibrosa, combativa, atenta y organizada, que tenga voz y la ejercite. La tarea es mucha, pero no es imposible. Y elementos en los que inspirarnos, hay. En Andalucía. En nuestra Andalucía. Es cuestión de leer con atención nuestra historia pasada y decidir si queremos escribir la futura y cómo hacerlo.