Menores y exclusión (I)

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Entre los pocos proyectos de futuro que me he planteado en la vida  hubo dos que desde el principio siempre tuve claros: dedicarme a la investigación histórica y a la acción social en el ámbito de los menores más necesitados. Respecto al primero, hice lo que pude; respecto al segundo, hice lo que pude hasta que no pude hacer otra cosa. Lo explicaré un poco más adelante.

Mis primeros contactos con la infancia empobrecida  tuvieron como telón de fondo las prácticas de más de un mes que estábamos obligados a realizar los alumnos de magisterio. En aquellos años yo cursaba el bachillerato y en verano me examinaba de diferentes materias en la Escuela Normal de Ceuta. Me enviaron a hacer las prácticas a la Escuela Rural y, por tanto, unitaria de la Polvorilla: una especie de núcleo formado por ventas situadas a ambos lados de la carretera nacional, que actualmente ha quedado engullido por la autovía de la Ruta del Toro.

A la escuela, situada junto a una de las mencionadas ventas, acudían niños y niñas de los diferentes cortijos de los alrededores. Dar clases allí era una tarea difícil – tan difícil que el titular se marchaba en cuanto yo aparecía- por las diferentes edades, por las situaciones académicas y también por las familiares. En ocasiones, los alumnos no venían porque debían ayudar a sus padres en el campo. Los niños trabajaban como adultos; las niñas, o bien se quedaban en casa cuidando de los hermanos más pequeños, o bien ayudaban a los demás en las diferentes tareas: limpieza de parcelas, cosechas, etc.

La experiencia fue más importante en lo personal que en lo académico. Hablábamos más que estudiábamos. Los chicos y chicas me contaban su  vida diaria, sus sueños, sus ilusiones, las historias de los abuelos, de sus animales –casi todos tenían un burro o un mulo propio, regalo de la familia- … Me contaban de todo. Leíamos las historias que más les gustaban y poco más podíamos hacer. Eran menores necesitados de muchas cosas, pero muy felices. “Pequeñas cosas parecen nada, pero dan la paz” (G. Bernanos, Diario de un cura rural).

Durante mi etapa de estudiante en Cádiz y Sevilla, continué teniendo contacto con menores en los centros de protección. Era difícil acceder a ellos; estaban revestidos de un oscurantismo que nunca encontré justificado. En Sevilla, por fin, pude trabajar dos veces por semana como voluntario en un centro de menores situado en lo que hoy es el complejo social Virgen de los Reyes. Allí descubrí que mi decisión era firme.

En Roma conocí algunas experiencias muy avanzadas en temas de la infancia, desde nuevas corrientes pedagógicas hasta intervenciones con familias de riesgo en el terreno preventivo. Aquellos años fueron como un entrenamiento. Hasta que conocí a Santi y su pandilla.

Se llamaba Santi y era como Oliver Twist o esos otros niños que aparecen en las novelas de Charles Dickens, o como los irregulares de Baker Street en los relatos de Arthur Conan Doyle, pero un siglo y pico más tarde. Nos cruzábamos en la Plaza Alta de Algeciras. Aunque yo no llegaba a los treinta, nos separaban casi veinte años. Santi era un niño de la calle. Como los que esnifaban  pegamento en la escollera de Ceuta o en los suburbios de Bogotá. Como los que merodeaban el paso de un camión por el puerto de Tánger para reguindarse de sus bajos y cruzar así el Estrecho.  Como los que Pedro Guerra contemplaba desde su hotel en Copacabana, recién bajados de La Rosiña y de otras favelas de Rio de Janeiro, o como los que intentamos atender con un programa de la fundación Márgenes y Vínculos.

Santi era como José Mari, aunque este fuese un poco mayor y lograra enderezar su vida muchos años más tarde al encontrar un trabajo en el mercado de abastos, desde donde me sigue mandando recuerdos y fotos de viejos conocidos. Ellos dos, y otros cinco o seis más, pedían limosnas por las democráticas calles algecireñas de 1980, mientras aún se oía el ruido de sables en los cuarteles y un enloquecido facha local le sacaba una pistola a uno de mis monaguillos en la sacristía de la Palma. Mientras, la inflación era galopante, pero no nos preocupaba, porque todos éramos mucho más pobres que ahora y no nos inquietaba la prima de riesgo. Mientras Andalucía reclamaba autonomía plena… Mientras todo eso pasaba –uno de los momentos más apasionantes de la historia de España- ellos pedían unas cuantas pesetas en las calles para que sus padres no les inflaran a hostias. Así de simple. Si no llevaban dineros les golpeaban.

Santi apenas levantaba un metro del suelo, tenia ojos panorámicos y hablaba con zetas pronunciadas. Su rostro era el del dolor, pero también el de la esperanza. De aquel tiempo terrible, en el que se me acumulaban los amigos muertos bajo el pico de la heroína, una navaja tripera o bajo el estrepito de los accidentes de tráfico, sigo recordando su cara como si la hubiera visto ayer camino del pequeño estudio donde  yo trabajaba y dormía, en la parroquia. A él y a los otros les daba a veces un  bocadillo y, casi siempre, un puñado de céntimos. Pero, sobre todo, les daba conversación. O ellos me la daban a mí. Y si mi infancia no fue precisamente una balsa de aceite, la suya contenía un infierno. No es que me contaran detalles pavorosos de sus familias, casi siempre numerosas y pobres, bajo techos de uralita o paredes de mampostería sin enlucir. Sencillamente, se les escapaban palabras que reflejaban mejor que cualquier melodrama televisivo las circunstancias de su vida: “borracho”,  “guantazo”, “correa”, “dinero”, “llanto”, “herida”. No hablaban de la escuela porque, si alguna vez la pisaron, no volvieron a hacerlo. Y todo esto –insisto- no ocurría en la turbia posguerra española, sino en los días en que, por ejemplo se fraguaba la movida madrileña.

Después de recorrer las calles, de mendigar en portales, de vivaquear en la plaza o, quizá, mangarle el monedero a algún preboste acomodado, solían reunirse en la plaza, donde coincidían con los yonquis,  con los “progres”, que todavía no habían descartado la revolución, con mis amigos medio artistas con los que habíamos creado la revista Cucarrete y el Colectivo del Sur, con las parejas que soñaban finales felices, con madres que criaban a sus hijos en un tiempo en el que las políticas de conciliación familiar quedaban muy, muy lejos. Jugaban al futbol con una lata o una pelota pinchada. Sudorosos, silbaban a las niñas o se burlaban de los chicos pulcros con pintas de acudir a colegios de pago. Fumaban sus primeros cigarrillos y, quizá escuchaban, también por primera vez, como alguno de ellos aseguraba a los demás que su padrastro se metía subrepticiamente en su cama por las noches.

Su hogar era aquella plaza con ranas de porcelana y mosaicos con escenas del Quijote. Pero en realidad, sus casas estaban donde la ciudad había perdido ya hacía mucho su honesto nombre. Hasta allí les lleve en mi primer coche en un par de ocasiones. A Santi y a algunos de los demás. La Juliana, se llamaba su barrio. Aunque fuera miserable, parecía estar siempre alegre, quizá por algo más que sus calles con nombres de artistas de copla y flamenco: Juanito Valderrama, Lola Flores… Allí, las diferencias sociales daban el cante más que en cualquier otro lugar.

De repente, deje de verles. A José Mari, a Santi y al resto. Pregunté por ellos, pero nadie me pudo decir nada. Fue poco antes de que me trasladaran a la parroquia de la Estación de San Roque. Quise creer que habían sido llevados a algún centro de protección de menores. Seguí viendo sus ojos panorámicos en los de otros niños perdidos, sin isla propia ni Peter Pan. Nunca volví a leer Oliver Twist. Quizá porque había conocido en persona a su protagonista.