Mistificaciones del municipalismo

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Las últimas elecciones han sido un duro varapalo (también) para la corriente municipalista iniciada con los gobiernos del cambio de 2015. Los resultados no han acompañado allí donde se presentó una candidatura alternativa a la coalición de izquierdas. En Málaga o en El Puerto de Santa María se ha perdido toda representación institucional. Allá donde las candidaturas parecían más fuertes, como Jerez, se han perdido la mayoría de los concejales y han quedado reducidas a una situación marginal. Iniciativas de nuevo cuño para estas elecciones, como la de Alcalá de Guadaira, han obtenido un respaldo mínimo. En Córdoba la candidatura no pudo presentarse, aunque nada parece indicar que los resultados hubieran sido mejores. En Sevilla se optó por la confluencia ante la propia debilidad de la iniciativa, lo cual ha conducido a la fagocitación por parte de Adelante Andalucía.

Algunas de las explicaciones que se dan habitualmente a los malos resultados de la izquierda quedan impugnados aquí. Se habla mucho de las cosas que se han hecho mal para explicar los malos resultados, pero quizás deberíamos plantearnos lo contrario ¿hasta qué punto las iniciativas municipalistas han fracasado por hacer las cosas bien? En ciertos ámbitos son habituales las denuncias respecto de la falta de ética, horizontalidad y conexión con los movimientos de los partidos viejos y nuevos de izquierda. Lo cierto es que las iniciativas municipalistas que he mencionado, y muchos de sus militantes, son los mejores ejemplos de ética, horizontalidad e interpelación a los movimientos que conozco, pero paradójicamente el único ayuntamiento del cambio que se ha salvado del batacazo es el de Cádiz, que desde su inicio partió de un planteamiento distinto, ligado a la estructura del partido.

Creo que el municipalismo ha sufrido el coste de cargar con algunos misticismos que son consustanciales a este tipo de discurso. En primer lugar, pareciera que se ha querido ver a los ayuntamientos como algo independiente del conjunto del estado y de la política convencional. El municipalismo fue una fórmula con la que una parte del radicalismo de izquierdas, en parte identificado con el autonomismo y a menudo con una impronta anti-estatista fuerte, se enganchó en el cambio de ciclo político que se orientaba a la participación en las instituciones, manteniéndose al margen del maquiavelismo que marcó a Podemos desde sus comienzos. Participar de las instituciones del estado y de la política convencional al mismo tiempo que se descreía profundamente de las instituciones del estado y de la política convencional, condujo a contradicciones fuertes en los militantes. Probablemente las mismas personas no pueden estar en la calle y en las instituciones al mismo tiempo. Ciertos grados de delegación y profesionalización de la política no son solo un vicio estalinista, también pueden ser un peaje necesario cuando se entra en ciertos tipos de institución.

En segundo lugar, está la idea de que, desde los ayuntamientos, por su mayor cercanía, se puede intervenir más efectivamente sobre la vida de las personas. Sin embargo, puede ocurrir más bien lo contrario. Cuanto más profundos son los cambios que se quieren hacer, las competencias se encuentran más lejos de los municipios y más centralizadas. De esta forma, cuando se juegan cuestiones importantes a nivel político en otras escalas, lo lógico es que las iniciativas que se desarrollan exclusivamente en un nivel local salgan perdiendo. Esto tiene mucho que ver con lo que ha pasado en Cataluña, donde hay claramente un proyecto político a una escala supralocal. Pero también en Andalucía, donde los resultados electorales han tenido que ver con un voto útil al PSOE frente a la radicalización de la derecha, mientras que en varios municipios el voto a Adelante probablemente se ha comido el de las iniciativas municipalistas.

Finalmente, está la idea de que desde el ayuntamiento se podía estar más cerca de la calle y los movimientos. El problema es ¿hasta qué punto la gente está en los movimientos y en la calle? Lo cierto es que lo que suele denominarse como movimientos sociales es un ámbito famélico de la sociedad andaluza cuya representatividad es escasa. A día de hoy, ni en la Andalucía rural ni en la urbana hay movimientos sociales con un mínimo de influencia social, quizás con la excepción del feminismo, y ahí también el PSOE parece tener ventaja a la hora de capitalizar la protesta en forma de voto.

La invocación a unos movimientos sociales, que se dan muy rápido por supuestos, puede ser una forma de externalizar las responsabilidades políticas de la militancia de izquierdas realmente existente. La realidad es que no hay nada más que lo que construyamos nosotros ahora. Igualmente, pensar que hay una masa de votantes honestos, de clase trabajadora, profundamente de izquierdas, que no votan porque las iniciativas no son lo suficientemente éticas y horizontales, suficientemente pegadas a los movimientos sociales, etcétera, es una fantasía perniciosa.

El auge y caída de cierto municipalismo alternativo, ha venido marcado quizás en exceso por los contextos de las dos elecciones entre las que se ha producido este ciclo. En cualquier caso, este tipo de iniciativas siguen siendo un campo de experimentación política válida e interesante. Los proyectos que se mantengan después de las últimas municipales tendrán que plantearse estrategias a más largo plazo y con mayor independencia de la coyuntura política. La izquierda no tiene que ganar simplemente porque tenga razón y porque haga las cosas de una manera “correcta”. Esto es sustituir la estrategia política por una doctrina moral. En este sentido, un poco más de maquiavelismo no vendría mal.