Periodismo, ética y política

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Democracia: Sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho de este a elegir y controlar a sus gobernantes. ¿Está en peligro nuestra democracia, a tenor de los movimientos neopopulistas e involucionistas que vemos en algunos países europeos y en el nuestro?

La información, el periodismo, la libertad de prensa, son esenciales para mantener la salud y el vigor de la democracia. Pero vemos con tristeza que algunos lideres políticos, sociales y mediáticos, utilizan sus opiniones insuflándolas con discursos de odio, manipulación de los hechos, y de postverdad, tratando de destruir la convivencia, en vez de buscar la verdad y ofrecer al ciudadano informaciones y hechos contrastados y verídicos. En la profesión periodística, como en otras, no es oro todo lo que reluce, y hay mucho intrusismo, y no todo aquel o aquella que opina en un plató o ante unos micrófonos de radio, o que escribe en periódicos es periodista. El periodismo es fundamental para cimentar la democracia. El libre ejercicio de los medos de comunicación en un Estado de Derecho como el español que ampara y protege la libertad de expresión, es uno de los pilares de la sociedad y la garantía para el fortalecimiento de la democracia y la Constitución en la que se fundamenta y que debe ser aceptada por la inmensa mayoría, hasta que se considere oportuno reformarla. La Constitución Española de 1978, en su artículo 20, reconoce las libertades de prensa y de expresión como parte de los derechos fundamentales para garantizar las libertades públicas. Desde hace años, desde la crisis del papel impreso, debido al empuje de la digitalización y las nuevas tecnologías, nos enfrentamos a la reconversión del sector debido a la transformación digital, y a la incursión en el sector de empresas con otros intereses más mercantilistas y económicos que periodísticos, que desprestigian el noble oficio del periodismo al servicio de la verdad, y que están fomentando lo contrario, el auge de las falsas noticias «fake news», asociadas a la «posverdad», que proliferan en las redes sociales, pero que han ido contaminando a los medios tradicionales, prensa, agencias, radio y TV, de forma que resulta difícil distinguir quien informa con honestidad aplicando la ética de la profesión y contrastando las noticias y las fuentes, y quien miente, tergiversa o manipula la información, con intereses partidistas. Ya conocéis el dicho: Una mentira repetida diez veces acaba convirtiéndose en verdad para mucha gente, no porque lo sea, sino porque el receptor de la información acaba convenciéndose de ello, siendo engañado vilmente.

Hace días, iniciada la campaña del 23-J, asistí a un debate nocturno de fin de semana, con seis periodistas-tertulianos, opinadores, y una de las intervinientes, política muy experimentada, alargaba sus intervenciones e interrumpía para evitar que los demás contertulios, cinco, pudieran emitir su opinión, ante la inacción del supuesto moderador, que no supo o no quiso, como era su obligación, frenar a quien quería monopolizar el protagonismo del debate, y dar a cada cual su sitio. Esto está pasando por falta de profesionalidad y quien pierde es el público, que no recibe la información y la opinión de los demás participantes que por educación, y respeto a los demás, aguardan a que el moderador les de la palabra. Hay «periodistas», opinadores, tertulianos, analistas, que lejos de ejercer el buen periodismo, manipulan a la audiencia, mienten a sabiendas, y enfangan la vida pública, política e institucional, que viene precedida por las declaraciones políticas de algunos dirigentes que se encargan de calentar el ambiente con sus, a veces, delirantes, inflamatorios e irresponsables mensajes de crispación, odio y repudio hacia el adversario político, al que consideran enemigo, y no rival. Si los periodistas no defendemos la libertad de expresión y el derecho de los ciudadanos a estar bien informados para que puedan opinar con criterio y raciocinio, estaremos convirtiendo esta noble y bendita profesión del periodismo en un burdel en el que quien más grita, miente o tergiversa quiere tener razón, y donde la información se confunde con las opiniones personales e incluso con la propaganda.

Los profesionales de la comunicación deben sr garantes del derecho que tienen los ciudadanos a poder acceder a una información libre y veraz. El periodista italiano Eugenio Scalfari, definió muy bien nuestra labor: «Periodista es gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente».

Rescato frases de buenos escritores y periodistas que vienen al pelo del asunto.

“Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos hombres, buenas mujeres, buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”. (Ryszard Kapuscinski).

Gabriel García Márquez, maestro de periodistas y uno de os mejores escritores del sigo XX, decía:

«La ética debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón»

«El periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad». Gabriel García Márquez

“El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer” (Mariano José de Larra).

Cada palabra tiene consecuencias, cada silencio también. Asistimos a un tiempo de nuestra historia en el que el ruido se ha impuesto a la escucha atenta, en el que se impone el espectáculo mediático, el circo en los platós, con contertulios enfrentados, que utilizan la mentira, el insulto, la descalificación, la no escucha, y tratan de imponer la sinrazón de sus argumentos, para defender sus posiciones dogmáticas e inamovibles. Abomino de ese tipo de periodismo destructivo, frente a lo que deberían ser periodistas reflexivos, pensadores y analistas que busquen con sus argumentos la verdad o al menos la luz en la oscuridad en la que los poderes económicos, sociales, políticos y mediáticos tratan de sumirnos. Y admiro y defiendo a la mayoría de colegas que sin ruido, sin alharacas se entregan cada día a su profesión con honestidad, aplicando la ética y la deontología profesionales. Son esa legión de periodistas anónimos, no famosos, que ponen su oficio al servicio de la verdad y de la información de calidad, en los platós, en las ondas y en los periódicos con sus piezas bien elaboradas, y con sus artículos reflexivos y opiniones medidas y razonadas. Y pienso además que esos buenos periodistas son mayoría frente a esa minoría indocumentada que no tiene rubor en opinar sobre lo que sea, aunque no sean expertos ni tengan idea de lo que hablan. ¡Como echamos en falta espacios como “La Clave” de TVE!

Los que amamos esta profesión del periodismo, vemos con tristeza y dolor como hay compañeros y compañeras, sálvese quien pueda, que mojan la pluma y el verbo en la hiel, y en el veneno, para amargarnos el día, desde algunos micrófonos o en algunos periódicos y televisiones. Son tóxicos. No construyen, su objetivo es destruir y azuzar el ensañamiento contra quienes no piensan como ellos. Ya lo dijo Antonio Machado por boca de Juan de Mairena: “Tu verdad no, la Verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. Y ocurre, en radios, televisiones, periódicos, donde algunos de esos supuestos periodistas tergiversan la realidad con sus opiniones ideológicas, más que profesionales. ¡Qué ejemplos de mesura, de rigor, de búsqueda de la verdad en colegas prestigiosos como Iñaki Gabilondo o Luis del Olmo, que nos deleitaban con sus excelentes programas radiofónicos, o los cientos de magníficos profesionales periodistas que en silencio, con reflexión serena, informan y opinan con honestidad a diario, en los periódicos, o en espacios radiofónicos o televisivos, siempre al servicio de la verdad y con el anhelo de mejorar la sociedad y el tiempo que nos ha tocado vivir, en el siglo XXI.

Como decía más arriba: ¡Cada palabra tiene consecuencias, cada silencio también! Y el pensamiento español constructivo se haya en silencio, salvo muy honrosas excepciones, las de quienes hacen buen periodismo porque son buenas personas, o viceversa. Todo esto viene a cuento de los intentos de censura y contra la libertad de expresión que tratan de imponernos, los enemigos de la libertad. Como decía el pensador francés Edgar Morin: ¡Comprender no impide juzgar, juzgar no impide comprender!