Poderío: mucho lirili y poco lerele…

1633

Quería compartir desde hace tiempo estas reflexiones; ahora, el revuelo mediático ocasionado por el famoso anuncio de la cerveza de marras me ha proporcionado la coyuntura para hacerlo. Aclaro desde el principio que no me interesa tanto el anuncio cuanto el concepto de poderío y que voy a abordarlo desde el disenso.  Esto no significa  gana de llevar la contraria, ansia de originalidad o afán pedagógico. Lo hago porque, como explica el filósofo de origen andaluz Javier Muguerza, disentir representa la posibilidad de decir no a situaciones en las que prevalecen la indignidad, la falta de libertad o la desigualdad. Porque disentir ha permitido avanzar y crecer en conocimiento, mucho más que los consensos, sobre todo cuando se presentan como racionales, justos y hasta verdaderos, sea cual sea el camino recorrido para alcanzarlos.

A esta distancia de la tormenta sobre el acento, más bien borrasquilla mediática, se observa cómo opinadoras y opinadores profesionales o aficionados, a sueldo o sin él, se han mostrado la mayoría, encantados con el anuncio, sin alcanzar a sugerir siquiera que quienes nos atribuyen el acento lo hacen adjudicándose la ortodoxia lingüística y de pensamiento, mientras nos sitúan no ya en la heterodoxia, que no sería preocupante, sino en la marginalidad, algo que por cierto viene de lejos.

En el virtuosismo del anuncio no entro, como no entraría una esclava a admirar la filigrana de sus cadenas. En este sentido, me parece más relevante señalar que la publicidad, en la medida en que es un instrumento al servicio del mercado, fagocita aquello que es más susceptible de ser fagocitado. Por si esto no resultara  evidente, propongo dar a estos publicistas tan guays la figura de, por ejemplo, la Tía Anica la Piriñaca, con su culo rotundo, su rostro marcado por las arrugas de la vida y la frase con la que describía la hondura de su cante: “Cuando canto a gusto, la boca me sabe a sangre”. Denle este material a los publicistas y que hagan un anuncio viral… si pueden. Pues esta es la cuestión. Y viene de lejos, porque el mecanismo es el mismo por el que en el franquismo, el lorquiano Antoñito el Camborio se convirtió en Antonio Vargas Heredia, flor de la raza calé; el mismo por el que se ocultó el auténtico objeto de deseo de los versos de Cernuda o Lorca; el mismo que convirtió la copla andaluza en canción española: ocultación, manipulación, desactivación.

Y quienes proclamaban, con un optimismo político tan sorprendente como inmotivado, que esta coyuntura iba a incentivar el debate sobre nuestra identidad y no se qué más, ya se habrán convencido de que el debate ha sido tan breve y reducido que no se advierte cambio alguno, por leve que sea, en nuestra conciencia o en nuestra situación de pueblo, más allá de unas ligeras ondas en la superficie del estanque. Se me dirá que se trata, en el fondo y en la forma, de un anuncio, pero el nivel de expectativas no lo he establecido yo. Si acaso, para quienes nos atrevemos a disentir, este planteamiento ejemplifica cómo se puede emprender el camino de la irrelevancia política, o seguir instalado en él.

Y vamos, por fin, con el empowement, el poderío, dicen que en andaluz.

El término es rico en significados que van desde fuerza, vigor, facultad de hacer algo o impedirlo…, hasta dominio, imperio o capacidad económica. En mi acervo lingüístico de andaluza oriental, conocía el término aplicado a alguien que utilizaba su poder de manera abusiva, ocasionando humillación en los demás. Con las connotaciones positivas de fuerza o vigor lo he conocido mucho después y ubicado en la Baja Andalucía.

Aplicado a las mujeres artistas del cante o la copla, obviamente el término hace referencia a la fuerza y el vigor de su arte. Pero habría que preguntarse si estas mujeres con tanto poderío eran en verdad mujeres poderosas. Yo diría que casi nunca. Han sido mujeres que han alcanzado visibilidad, pero esta, a las alturas de los feminismos en que nos encontramos, es una condición necesaria, aunque no suficiente para alcanzar lo verdaderamente importante: el protagonismo.

Considerar equivalentes presencia y protagonismo es una acción interesada, que pretende confundir a quienes reciben el mensaje, claro, no a quienes lo emiten; la misma, por cierto, que contiene el término inglés empowerment, así como su horrible traducción al castellano: empoderamiento. (Por cierto: el diccionario de la RAE no contempla el uso reflexivo del verbo – empoderarse-, y sí el transitivo: hacer poderoso o fuerte a alguien desfavorecido. Interesante.) A reclamar el empoderamiento es lo más lejos que puede llegar, en su escasa capacidad de transformación, el feminismo institucionalizado, ese que piensa que el actual sistema sociopolítico es perfectible y a ello se dedican, a intentar perfeccionarlo, no a cuestionarlo ni mucho menos a impugnarlo.

A fin de situar en sus justos términos el concepto de poderío, creo necesario reflexionar sobre la construcción del feminismo andaluz, incorporando las preguntas que nos hacemos muchas mujeres andaluzas, aventurando algunas respuestas y también descartando algunos atajos.

Para empezar por algún sitio, necesitamos referentes desde luego, pero no iconos y mucho menos si son mediáticos y no los hemos parido nosotras. Necesitamos traer al presente, y ya se están dando pasos en ese sentido, la historia y la memoria de mujeres andaluzas que hablaban de feminismo hace cien años, que se han venido organizando para alcanzar sus objetivos emancipatorios, que creían firmemente en la educación por su potencial transformador para la vida de sus congéneres. Necesitamos no tanto buscar ese camino que señalaron, cuanto seguir buscando lo que ellas buscaban.

Necesitamos, por seguir por algún sitio, preguntarnos a qué queremos llamar poderío y si nos puede servir como instrumento transformador y de construcción del feminismo andaluz. Para intentar aclararme, en este y otros asuntos vitales, últimamente pienso en la rotunda afirmación del activista Raúl Zibechi: “El campo de concentración no es reformable”. Si estamos de acuerdo en este principio tan radical, se aclara un tanto la tarea que tenemos por delante: configurar el feminismo andaluz como ámbito de impugnación y como camino, como lugar donde pensarnos y como metodología para construirnos como sujetas políticas. Y esa tarea empieza por reapropiarnos de algunos conceptos, tras el proceso de apropiación y desactivación que han sufrido tanto en manos de las ideología reaccionarias como del mercado y de las izquierdas clásicas.

Y aquí es donde el concepto de poderío se vuelve pertinente, siempre que nos lo reapropiemos y lo resignifiquemos. Definamos el poderío como la fuerza de las sujetas soberanas, como el fermento que acabe por construirnos como pueblo soberano. Para tener de verdad poderío necesitamos capacidad para decidir sobre nuestra vida y nuestra muerte, sobre nuestro tiempo y nuestros deseos, sobre cuanto nos atañe de manera individual y colectiva.

Necesitamos, en el feminismo andaluz, dejar de estar pendientes de quienes nos miran y cómo nos miran para configurar nuestra mirada; necesitamos no conformarnos con crear redes de supervivencia y espacios a resguardo de las inclemencias del patriarcado y el capitalismo, porque eso nos sirve para resistir pero no para transformar. Las mujeres feministas andaluzas debemos ser conscientes de que ya no es suficiente con volver a tejer, en nuestra tierra, en nuestras vidas, cuanto el capitalismo ha destruido, sino que hay que hacerlo sobre otros principios, teniendo en cuenta, como dice Carolina Márquez, que “el desarraigo, la desestructuración y la pérdida de vida” no son sino manifestaciones del gran problema principal, que es el sistema capitalista. Actuemos como sujetas soberanas, ejerzamos el poderío de poner la vida en el centro, lo que significa abandonar el principio de maximizar el beneficio sustituyéndolo por otros valores; para ello necesitamos recuperar el control y el derecho a decidir sobre los asuntos individuales y colectivos, “necesitamos reclamar soberanía alimentaria, energética, residencial, tecnológica, cultural…Soberanías, en plural”[1]. Este es el camino por el que se puede llegar a poner la vida en el centro, otro término del que hay que reapropiarse, para indicar que queremos las mujeres andaluzas caminar hacia una alternativa real al actual sistema capitalista y patriarcal, que enferma por igual nuestros cuerpos y nuestra tierra. Un sistema alternativo que impugne las categorías y valores del actual sistema patriarcal y capitalista, que impugne desde el trabajo asalariado y el concepto de riqueza y producción hasta la organización jerárquica de la sociedad, el autoritarismo y la explotación. Poner la vida y su preservación en el centro significa básicamente producir para vivir y no lo contrario. Y quienes predican poner la vida en el centro y no actúan sabiendo que el campo de concentración no es reformable, sencillamente están apropiándose de nuestras necesidades y frustrando nuestras esperanzas.

Por este camino de la impugnación y la reapropiación tal vez seamos capaces de configurar un feminismo andaluz con tanto poderío y tan entreverao en los partidos políticos, en las organizaciones sindicales, en las asociaciones y movimientos sociales que sea imposible considerarlo un condimento, que sea imposible extirparlo, como no se puede separar el tocino del buen jamón. Un feminismo con tanto poderío que no pueda compararse a unas gafas de quita y pon, por muy moradas que sean; que no pueda traducirse en términos de paridad, esa coartada de los partidos políticos para colonizarnos a las mujeres, jugando a incluirnos en espacios excluyentes y subalternizados. Un feminismo que reclame y exija voz, no acento, el rasgo distintivo de las sujetas soberanas.

Si el feminismo andaluz fuera capaz, si somos capaces, de armar el poderío como contrapoder, difícilmente sería fagocitable por ningún anuncio que interese a una multinacional.   Si no lo hacemos, si no hablamos de soberanía, de derecho y capacidad de decidir, si no parimos nuestras propias referencias, el poderío será un concepto vacío y susceptible de folklorizarse e instrumentalizarse. Mucho ruido y pocas nueces. O, por decirlo en andaluz, mucho lirili y poco lerele.

[1] Carolina Márquez Guerrero. “Economía y territorio. Hoja de ruta para construir soberanías desde la base”. En “Con Andalucía y el sur en el corazón. Homenaje a Manuel Delgado Cabeza”. Málaga, Ediciones del Genal, 2019.