Cuatro años después de actuar como padrino en el grotesco bautismo pseudoandalucista de Moreno Bonilla, Rojas Marcos continúa legitimando a este y ambos siguen a partir un piñón. Ahora, se ha escenificado en la entrega del premio «Por un poder andaluz» ¡a la UGT!, cuya trayectoria andalucista es todo un descubrimiento. Lo ha concedido la Fundación Alejandro Rojas Marcos, fundada por Alejandro Rojas Marcos y que preside -¡oh, sorpresa!- Alejandro Rojas Marcos. ¿Hacen falta comentarios?
Pero, si he calificado de grotesco el verdiblanqueamiento de Moreno Bonilla por parte de Alejandro Rojas Marcos, no menos grotescos, e incluso patéticos, me parecen los intentos de algunos de quienes siguen anclados en la izquierda «tradicional» (quiero ser piadoso en el adjetivo) para descalificar globalmente al andalucismo porque exista un Rojas Marcos.
Sin la irrupción del andalucismo político (y también cultural) en los últimos años del franquismo y durante la transición política no se hubieran dado ni el 4D ni el 28F, ni tendríamos hoy Autonomía (aunque esta sea limitada e insuficiente). En aquella etapa del andalucismo no solo hubo ególatras oportunistas sino también luchadores por la democracia y los derechos de Andalucía como pueblo. Otra cosa es la trayectoria desnortada del PA (luego de eliminar la S) convertido en un partido bisagra que lo mismo apoyaba a UCD, y luego al PP, que al PSOE por intereses partidistas, lo que le llevó a la irrelevancia y desaparición.
Esa izquierda «tradicional», a la que molesta el andalucismo, ha tenido, desde Carrillo a Maíllo, con la sola excepción de la primera etapa de Anguita, el triste papel de aspirar a ser la «marca blanca» del PSOE: de legitimar a este como supuesto partido de izquierda (que no lo es desde su refundación en Suresnes) a cambio de algunos sillones (o sillines) en las instituciones y consiguiendo solo muy pocas y limitadas mejoras para las mayorías sociales de las que tanto hablan. Siempre pegados al PSOE con la misma justificación de «cerrarle el paso a la derecha». A la vista están los resultados. Esa política suicida ha dejado un enorme vacío en la izquierda y dado la oportunidad a la extrema derecha de presentarse como la única impugnadora (falsamente impugnadora, desde luego) de un Sistema que es tremendamente injusto y desigualitario, sobre todo para los jóvenes.
Esa izquierda «tradicional» sigue considerando a Andalucía como un feudo electoral de su propiedad y por eso le molesta sobremanera que surjan aquí opciones político-electorales soberanistas: que fusionen la conciencia de Pueblo, con derecho a decidir «por sí», con la conciencia de clase y de género, que practiquen la solidaridad con todos los pueblos del Estado y del mundo y que asuman el humanismo universalista (mejor pluriversalista) de Blas Infante.
Esa «izquierda» ha llevado siempre diputados andaluces a Madrid, pero estos nunca han ejercido de tales: ni han tenido grupo, y ni siquiera subgrupo, parlamentario en el Congreso, ni los problemas y derechos de Andalucía se han hecho allí presentes. Una sola voz andalucista (es decir, soberanista de izquierda) -y yo creo que, después de las próximas elecciones van a ser varias- será más útil para los intereses de Andalucía (de sus clases populares) que los 61 diputados que ha habido (ahora serán 60) procedentes de nuestras ocho provincias en la legislatura que ahora acaba y en las anteriores
Habría que exigir más respeto al pueblo andaluz por parte de esa «izquierda» que intenta descalificar, antes y ahora, el andalucismo. Lo hace, principalmente, porque rechaza que Andalucía sea el sujeto político central. Lo que no le impide utilizar de forma oportunista sus símbolos cuando cree que ello le conviene. Igual que hizo el PSOE «de Andalucía» (?) durante sus 37 años de gobierno en la Junta y hace ahora, de forma aún más impostada, el PP. Respeto, porque, significativamente, esa «izquierda» no cuestiona -quizá porque no puede- que haya partidos soberanistas de izquierda en Cataluña, el País Vasco, Galicia o incluso Valencia, pero trata de dificultar por todos los medios que esto se dé también en Andalucía. Pienso que el próximo 29 de noviembre tendrán una respuesta contundente en las urnas (como ya la tuvieron en las recientes elecciones autonómicas). Pero dudo que aprendan la lección. De su anunciado fracaso culparán, como siempre, a otros, porque la autocrítica es ajena a su ADN.
