Respirar aliviados (tras las elecciones francesas)

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Tras la victoria de Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, la destinada (por Pablo Iglesias, los comunicólogos progresistas y el propio Pedro Sánchez) a ser la nueva líder estatal del que llaman espacio electoral a la izquierda del PSOE, Yolanda Díaz, ha declarado que “los demócratas respiramos con alivio por la derrota de la extrema derecha”. Que es algo muy semejante a lo comentado desde las presidencias de la Comisión, el Consejo y el Parlamento europeos y por todos los partidos del stablishment neoliberal del continente (denomínense populares, “socialistas” o con cualquier otro nombre). Por su parte, Sánchez ha destacado que la elección garantiza “una Francia comprometida con una UE fuerte” y el nuevo PP, a través de Núñez Feijóo y Moreno Bonilla, ha subrayado que el resultado electoral refuerza “el camino de la estabilidad, la moderación y el europeísmo”, atributos que ellos se adjudican a sí mismos.

Con práctica unanimidad, todos manifiestan estar aliviados con el resultado electoral. Parecen ignorar que Marine Le Pen ha conseguido un 41,5% de los votos, lo que significa que más de 13 millones de franceses la han apoyado para la presidencia, cinco más que en 2017 con lo que la ventaja sobre ella de Macron se ha reducido a la mitad en solo un lustro. Unos datos que deberían ser suficientes para que la respiración de quienes se consideran demócratas en Europa y el Estado español no fuera precisamente tranquila. Pero la miopía que es consustancial con lo que hemos aceptado que llamen política (reduciendo esta a lo electoral) impide analizar mínimamente los componentes de la realidad y contempla solo los resultados electorales descontextualizados, sin atender al por qué de los comportamientos electorales como tampoco a las tendencias. Como si, en este caso, no supiéramos que buena parte de los votos obtenidos por el ganador procede de quienes detestan su política y su perfil supremacista y altanero (muy propio de quienes se educaron en la elitista Escuela Nacional de Administración y tienen una trayectoria ligada a la gran banca y a las entrañas del estado). Ciertamente, ahora en el país vecino, ha dado resultado el chantaje de “votar el mal menor para impedir que gobierne la ultraderecha”. Pero quizá sea esta la última vez que el argumento funcione, porque se refuerzan, a ojos vista, dos tendencias: la de los airados que se echan en brazos de Le Pen y la de quienes se resisten a comulgar con ruedas de molino por el chantaje de que, si no lo hacen, triunfarán los ultras. Conviene tener claro que ambas tendencias son consecuencia de las políticas neoliberales que no tienen otro objetivo que facilitar la concentración de la riqueza y el poder en corporaciones bancarias y en trasnacionales empresariales acentuando las desigualdades sociales y deteriorando las condiciones de vida de las grandes mayorías de no privilegiados, una parte creciente de esta arrojada a la exclusión social. Unas mayorías sociales a las que se pide el respaldo electoral para quienes administran esos intereses minoritarios mediante relatos falsos o esgrimiendo el fantasma de la posible victoria de la extrema derecha.

Sin duda, viene muy bien en Europa, y aquí en el estado español y en Andalucía, la existencia de una extrema derecha fuerte a quienes, practicando políticas de sumisión a los intereses del sacrosanto “libre mercado” y a las instituciones de este, son directamente responsables del empeoramiento de las condiciones de vida de los más. Porque así pueden presentarse como “moderados”, o incluso como “socialdemócratas” (?). Entre nosotros, el auge de Vox viene muy bien, sobre todo al PSOE, para blanquearse como supuesto defensor de la democracia expandiendo el miedo a la ultraderecha y esgrimiéndolo como motivo suficiente para que lo apoyemos aunque sea como “mal menor”, en un obsceno chantaje a nuestras conciencias.

Así, convocadas ya las elecciones al parlamento autonómico, el secretario del PSOE de Sevilla se ha apresurado a afirmar que “Juan Espadas es la única garantía de que en Andalucía no gobierne la ultraderecha”. Este va a ser el “argumento” central de su campaña. Un argumento que será repetido ad nauseam y que servirá también como excusa a esa amalgama de sucursales de partidos estatales que se autositúan “a la izquierda del PSOE” (aunque en su marca electoral la palabra central sea Andalucía, ¡qué cinismo!) para blanquear al partido de Espadas-Susana Díaz-Griñán y Chaves y aceptar considerarlo como formando parte de la izquierda. Justificando, en base a ello, su aspiración a ser, una vez más, simple muleta para mantener en pie al partido que ha gobernado la Junta durante casi cuatro décadas con los resultados y mediante las mentiras que están a la vista. Algo paralelo, evidentemente, a lo que aspiran, a nivel estatal, sus partidos-matriz con tal de seguir teniendo sillones (o banquillos) en el consejo de ministros a cambio de tragar todo lo tragable en nombre de la estabilidad gubernamental para que no gobierne “la derecha”.

Aquí en Andalucía, el que personas que tienen una trayectoria de izquierda o andalucista asuman este relato descerebrado y pongan sus esfuerzos en conseguir la “unidad” en una papeleta electoral de cuantos partidos, grupos y grupúsculos deambulan en ese espacio “a la izquierda del PSOE”, con el objetivo no declarado de ofrecer, ahora a Espadas, los diputados que puedan conseguir “para que no gobierne la ultraderecha” es incompatible con el intento de construir un verdadero movimiento sociopolítico andaluz, sin dependencias externas, alternativo no solo a la extrema derecha sino al tinglado del régimen político que mantiene a este país nuestro prácticamente en situación colonial. La obsesión por participar en ese régimen, aunque sea en posición claramente subalterna, impide enfrentarse a la tarea que debería ser hoy esencial: responder al malestar creciente en múltiples sectores sociales desde valores alternativos a los del Sistema neoliberal-patriarcal-colonial, con análisis, propuestas y prácticas capaces de conectar con la indignación generalizada y de promover esperanzas de transformaciones estructurales a conseguir por nosotros mismos. Tener como objetivo principal, si no único, que es preciso “cerrar el camino a la ultraderecha” es la fórmula óptima para hacer crecer a esta. Porque supone, de hecho, abandonar a su acción demagógica y reaccionaria a todos los sectores que son hoy perdedores de la globalización capitalista-patriarcal-colonial y a sus respuestas demagógicas la mayoría de los temas que preocupan a la gente. No centrarse en estos, no desvelar los mecanismos que están causando la ruina de tantos y el vivir anestesiado de los más, no atreverse a señalar a los beneficiarios de la dinámica actual y no plantear alternativas realmente transformadoras es dejar a la mayoría de la población, crecientemente indignada, en brazos de la extrema derecha. Y, por otra parte, ¿no está ya pidiendo Moreno Bonilla el voto masivo al PP para conseguir gobernar sin Vox? ¿Es mucha la diferencia con el “argumento” de Espadas, el PSOE y sus aspirantes a satélites? Convendría reflexionar sobre todo esto.