Sembrando futuro

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Lo que comemos sigue un camino cada vez más largo y complicado gobernado desde la lógica de los grandes negocios, que hoy viene a ser la lógica del capital financiero. De modo que para las grandes corporaciones que gobiernan la cadena alimentaria la comida es una mercancía que les sirve como excusa para alimentar no a las personas sino a los procesos de “creación de valor” o subida del valor de las acciones en los mercados bursátiles. Esta subida hará posible que el dinero de los inversores siga alimentando los procesos de expansión y concentración de riqueza y de poder de estos grandes imperios alimentarios. Que es de lo que se trata.

En el puesto de mando de la cadena alimentaria, unas pocas megacorporaciones de la distribución (Mercadona, Carrefour, Eroski, Día), que desde su creciente poder de negociación a partir del acceso a los mercados y el manejo de grandes volúmenes de mercancías, fijan precios y condiciones de compra, consiguen cada vez mayores aplazamientos de pagos y aprovechan la competencia entre espacios y proveedores para obtener “la parte del león” en la apropiación de valor monetario; desde estos imperios de la distribución se decide de manera creciente qué, cómo y dónde se produce y se elabora lo que comemos.

Lo alimentario podría ser un ejemplo claro de cómo desde el sistema económico vigente se secuestra nuestra capacidad de decisión, que se va alejando progresivamente de nuestras manos hasta quedar fuera de nuestro control. Además de que, en la trastienda, en los diferentes lugares implicados en la cadena alimentaria, un amplio espectro de desmanes y abusos laborales y medioambientales construyen la “eficiencia” de las corporaciones que controlan lo que comemos. Como muestra: “entre el 44 y el 57% de todas las emisiones de gases con efecto invernadero provienen del sistema alimentario global” (Organización Internacional Grain). Nada menos que la mitad de la crisis climática está causada por el funcionamiento de este modo de organizar la provisión alimentaria. Sin entrar en el deterioro social que este modelo conlleva, sólo esta importante “contribución” ecológica justificaría ya la necesidad de una urgente transición hacia otras maneras de organizar lo alimentario.

La dedicación económica principal de Andalucía la sitúa como una pieza más al servicio de este puzle agroalimentario corporativo. Una gran plataforma agroexportadora, un “enclave” que lo que compra lo compra fuera y lo que vende lo vende fuera y que crea “valores” que alimentan la expansión de los grandes imperios del negocio alimentario global a costa del desplazamiento de costes crecientes hacia lo local. El resultado es una agricultura que funciona en contra de los agricultores, cada vez más presionados entre los bajos precios percibidos y los altos precios pagados; en contra de los trabajadores del campo, que experimentan condiciones de trabajo cada vez más intolerables; en contra de nuestro patrimonio natural, en el que nuestros bienes comunes merman en cantidad y calidad, y en contra de un medio rural que se ve crecientemente empobrecido e imposibilitado para mantener mínimamente la vida de sus habitantes.

Al mismo tiempo que crece esta dedicación exportadora, en Andalucía se necesita importar crecientemente productos alimentarios. Ya compramos fuera casi la mitad de las frutas y hortalizas que se consumen aquí, pero sobre todo importamos los productos alimentarios más elaborados, asociado a mayores “valores añadidos”. Nuestra dependencia alimentaria es cada vez mayor.

En pleno centro geográfico de Andalucía, en la comarca de La Subbética, ha surgido una experiencia que, como otras que empiezan a extenderse, pretende contribuir a revertir esta desconexión entre dedicación y necesidades; recomponer conexiones que, rotas por la avaricia y el afán de poder, son esenciales para la reproducción de la vida social y ecológica del entorno. En el municipio de Cabra, en el año 2009, nació Subbética Ecológica, una cooperativa agroecológica con 500 socios que articula una red de intercambio directo de alimentos basado en relaciones de confianza y cercanía entre consumidores y productores que se localizan en Cabra, Puente Genil, Rute y Baena.

Una entidad autogestionada centrada en los cuidados (de los agricultores, de los consumidores, de la salud, de la naturaleza), sin ánimo de lucro, que funciona con la implicación y participación directa de todos los actores, donde las cuestiones de interés general son consensuadas en la asamblea general de socios; como los precios, que son fijados así para toda la temporada. Otra pieza del proyecto es la central de pedidos, desde donde se organiza el abastecimiento de lo que desde la cooperativa se llaman “Grandes consumidores”: una red de restaurantes, tiendas, empresas ecológicas, grupos de consumo organizados y comedores escolares de la comarca.

Un proyecto cuyo propósito va mucho más allá de la producción y el consumo ecológico, definiéndose como un proyecto de agroecología. Una denominación que no se limita a determinadas prácticas de agricultura ecológica, sino que pretende abordar el sistema agroalimentario en su conjunto, abarcando, además de la dimensión ecológica y técnico-agronómica, la sociocultural, centrada en las condiciones de reproducción de ambas esferas en las comunidades rurales, y la dimensión sociopolítica, rescatando el espacio de toma de decisiones y estableciendo alianzas con el resto de grupos sociales. En este sentido, plantear lo alimentario como modo de construir sujetos políticos y desde una perspectiva de la reproducción de la vida podría a su vez facilitar romper roles patriarcales y democratizar espacios en los que predomina la desigualdad de género.

En Subbética Ecológica tenemos una experiencia que supone otra manera de entender la economía y también de entender la vida y de vivir que ya está en marcha. La expansión de experiencias como esta podría ser importante como pilar para una transición socioeconómica, política, cultural y ecológica que más que necesaria va siendo cada vez más imprescindible en Andalucía. Transición, en principio hacia la soberanía alimentaria, derecho de los pueblos a decidir sobre su alimentación, como la definió Vía Campesina en 1996, y base a su vez de nuevas relaciones sociales que permitan extender la capacidad de decidir a todos los ámbitos.