Sobre l@s trabajadoras/es, el trabajo, los sindicatos y partidos, con ocasión del reciente 1º de Mayo

Otro 1º de Mayo ha pasado, con muy parecidas características a las de todos los años. No puede extrañarnos, porque así son los rituales, sobre todo si están oficializados. En casi todos los países, desde hace tiempo, el día es festivo aunque para la mayoría de la gente ha perdido casi totalmente su significado. Algo que también ocurre en las fiestas con otros contenidos de base (políticos, religiosos, etc.). Todas están hoy en gran parte vaciadas de significados específicos y convertidas en simples días no laborales, propicias para hacer “puentes” por parte de quienes tienen la suerte de contar con rentas propias o un empleo y reducidas a un día como cualquier otro para quienes se han quedado sin él o nunca han logrado tenerlo. Y es que gobierna el mundo el dios Mercado, que no necesita un Día específico, porque todos los días son suyos.

Pienso que casi nadie ignora que el 1º de Mayo es la fiesta de las trabajadoras/es, pero pocos de quienes tengan menos de cincuenta años sabrán que ese carácter se pretendió enmascarar durante el nacional-catolicismo franquista superponiéndole la celebración de San José Artesano (lo de Obrero podía sonar subversivo) y organizando la tarde antes algún partido importante de fútbol o festivales de Coros y Danzas en el Bernabeu, televisados, para quitar gente de la calle y alejarla de la tentación de participar en manifestaciones, que eran ilegales como correspondía a una dictadura fascista. Y si preguntáramos hoy por qué se celebra en esa fecha y no en otra la Fiesta de los Trabajadores/as, mucho me temo que pocos sabrían contestar: hasta ese punto ha llegado la pérdida de memoria colectiva y el déficit pedagógico de nuestras instituciones escolares. Porque nadie nace sabiendo, y muchos de quienes sí sabían se han introducido en una especie de Macondo, el país dibujado por el realismo mágico de García Márquez en el que regían la pérdida de la memoria y la estupidez del olvido.

Rememorando lo que en realidad rememora y con el sentido que tuvo en otro  tiempo -y que, en honor a la verdad, aún continúa teniendo para una parte, aunque reducida, de la sociedad-, el 1º de Mayo debería ser un día fuertemente reivindicativo y de reconocimiento de cuantos lucharon, hasta perder no pocos su vida, en la lenta marcha por la conquista de Derechos desde no tener ninguno, salvo el de escoger entre morir de inanición -ellos y sus familias- o aceptar ser superexplotados salvajemente por los dueños del capital, de la tierra o de las máquinas. Reconocimiento a quienes se rebelaron y, a costa de represión y sacrificios, fueron consiguiendo mejoras y derechos parciales que, aunque siempre frágiles y en peligro de reversión, seguimos disfrutando, gracias a ellos y ellas, quienes tenemos un empleo o una pensión decente por haber sido asalariados durante muchos años.

Seguro que algunos dirán -sorbido el seso por la veneración casi religiosa de determinadas siglas o por el discurso de líderes burocratizados que dicen hablar en nombre de “la clase”- que, efectivamente, el 1º de Mayo continúa significando todo lo anterior para los sindicatos que se arrogan ser “mayoritarios” y para los partidos que se autodefinen “de izquierda”. Me permito dudar de ello, porque los discursos, lemas y pancartas que se han prodigado este año -como todos los años- son, en casi todos los casos, pura retórica que se disuelve y contrasta con la práctica de todos los demás días. Porque unas y otras organizaciones, y aún más sus cúpulas dirigentes, actúan siempre dentro de los estrechos límites del Sistema económico-social de dominación y de las instituciones políticas que lo traducen y posibilitan. Así, los burócratas sindicales que afirman representar a todos los trabajadores -aunque solo una minoría de estos esté sindicada, habría que preguntarse por qué- actúan ese día a la manera de oficiantes de un ritual que, en realidad, ha sido vaciado de casi todos sus significados salvo el de legitimar a quienes se visibilizan en ellos. Su presencia en lugares donde, como este año en la Bahía de Cádiz, sí existen movilizaciones duras ante la amenaza inminente de nueva pérdida de miles de empleos, más que una muestra de solidaridad y de compromiso con las luchas lo es de oportunismo. La radicalidad de las palabras solo sigue engañando a quienes quieren dejarse confundir por ellas. La sucesión de “Acuerdos de Concertación” en Andalucía entre CCOO y UGT, por una parte, y los gobernantes de la Junta, por otra –durante décadas el PSOE y ahora el PP-Cs— son un buen ejemplo de cómo los «grandes sindicatos», que son los que convocan la mayoría de los cortejos del 1º de Mayo y los únicos a los que prestan atención los más importantes medios “informativos”, son espectadores pasivos, cuando no cómplices activos, de las políticas contrarias a los intereses de las mayorías sociales a las que dicen representar. Y a nivel del Estado esto mismo es cierto desde la Transición política, a partir de los Pactos de la Moncloa.

Quede claro que me parece bien que cada uno/a se manifieste cuando y donde quiera, sea por rabia, por nostalgia, por sentirse parte de un colectivo o por lo que crea conveniente. ¡Faltaría más! Los sentimientos, cuando son nobles, siempre son dignos de ser respetados. Pero me atrevo a dudar de que no pocas manifestaciones, tanto las del 1º de Mayo como otras, sean útiles para avanzar hacia sus objetivos, aunque sí lo sean para las siglas de las organizaciones que más se visibilizan en ellas y las capitalizan, a veces pugnando entre sí, incluso de forma grosera, por colocar sus banderas o pancartas en el lugar más visible. Dada la situación en que nos encontramos, quizá no sea mucho pedir que dediquemos a la reflexión y el análisis un tiempo equivalente al que se dedica a organizar y realizar manifestaciones y protestas. Porque si bien es muy cierto que la teoría sin práctica es un ejercicio de academicismo estéril, no lo es menos que la práctica sin teoría (sin estar orientada por análisis correctos) solo puede producir fracasos y melancolía. Pienso que es urgente plantearnos si los eslóganes de siempre y el ritual de siempre son hoy movilizadores en el marco de un capitalismo globalizado y neoliberal al que sobran miles de millones de seres humanos cuya explotación directa ya no es necesaria como medio de multiplicar los beneficios de las grandes corporaciones empresariales y bancarias. Un capitalismo que está basado hoy no en la economía productiva sino en la especulativa, que está generando desigualdades y fracturas sociales solo comparables a las del siglo XIX y una ruptura de los ecosistemas que conduce a una situación nunca antes vivida por la humanidad: la del riesgo de colapso a nivel mundial si no cambiamos urgentemente el modelo de vida.

¿Actúan hoy los partidos “de izquierda” y los sindicatos -y ahora me refiero no solo a los plenamente integrados en el Sistema sino también a los que afirman voluntad transformadora- de acuerdo con el marco realmente existente y no como si estuviéramos todavía en épocas anteriores? Lo dudo mucho, cuando todavía plantean cosas como la posibilidad de “pleno empleo” o la priorización de la reducción de horas o de días laborales como supuestas soluciones al gravísimo paro actual, sobre todo de los jóvenes, que es estructural y global. ¿Por qué ningún sindicato, ni partido -al menos que yo sepa- defiende la Renta Básica Universal e Incondicional, que es la única medida que garantizaría a corto plazo unas mínimas condiciones decentes a la totalidad de la población sin tener que esperar a que existan condiciones para una transformación económica-social en profundidad? ¿Cuál es la causa de que se empecinen en su política de subsidios, ingresos mínimos y otros sucedáneos demostradamente insuficientes e incapaces de llegar a quienes más los necesitan? ¿Es por torpeza, o porque las “ayudas” quieren administrarlas ellos, con el consiguiente fomento del clientelismo y de los agradecimientos que pueden traducirse en votos?

Una de las claves es, sin duda, la obstinación en seguir haciendo equivaler el concepto de trabajo con la categoría de empleo asalariado, cuando esta no es sino una de las formas de aquel. Ciertamente, es la forma que caracteriza a las sociedades capitalistas, aunque ni siquiera en estas es la única, como lo muestra la pervivencia del campesinado, de los autónomos (cuando lo son de verdad) o de diversas variantes de la economía informal. Siendo esto así, no se comprende bien las razones por las cuales gran parte del pensamiento que se autoconsidera “de izquierda” y movimientos con voluntad emancipatoria han sacralizado la relación salarial, una relación estructuralmente asimétrica y desigualitaria, cuando el objetivo, aunque no sea conseguible a corto plazo, debería ser su desaparición. Lo que en modo alguno es incompatible con la defensa, aquí y ahora, de salarios dignos y unas condiciones laborales que no sean inhumanas o humillantes. Pero sin convertir el empleo (el trabajo asalariado) en un fetiche al que adorar y en nombre del cual ser cómplices, a veces, de verdaderas atrocidades humanitarias, sociales y ecológicas. Luchar por mejorar los salarios y las condiciones laborales no debería desligarse de la denuncia firme, y la acción pedagógica consiguiente, acerca del carácter intrínsecamente perverso de la relación salarial que traduce la desigualdad estructural de clase. Es esta la que obliga a la gran mayoría de los seres humanos, para poder sobrevivir, a tener que arrendar, a cambio de un salario, su capacidad de trabajo para que se beneficien otros que no participan en este.

Si se comparte lo anterior, se hace imprescindible revalorizar y potenciar otras formas de trabajo existentes hoy no sujetas a la explotación -casi esclavitud- salarial: el trabajo cooperativo, el trabajo comunitario, los trabajos de cuidados, el trabajo voluntario… Claro que ello implicaría empeñarse en una fuerte lucha ideológica para mostrar que el trabajo asalariado (el empleo) no es la única forma de trabajo, sino la forma injusta en que se asienta el capitalismo y que hay, por tanto, que superar en lugar de sacralizar. ¿Qué organización sindical o política de cierta influencia tiene este planteamiento entre sus prioridades?

Si hiciéramos una revisión en profundidad del concepto de trabajo, volviendo a la verdadera tradición del pensamiento emancipatorio, que ha sido velado por vulgarizaciones mixtificadoras, veríamos con mayor claridad quiénes formamos parte del conjunto de las trabajadoras y trabajadores. Un conjunto que abarca mucho más que la “clase obrera” tradicional -que solo ha existido como sector demográfica y socialmente significativo en los países industrializados y hoy está casi desaparecida por la deslocalización de la producción y como clase para sí– la cual fue convertida dogmáticamente en vanguardia única de la revolución por el pensamiento hegemónico eurocentrista. Un conjunto, el de los trabajadores/as, que no es homogéneo y sí diverso, y que está segmentado por desigualdades estructurales de género, étnicas y nacionales. Las trabajadoras/es sí representan la mayoría social a nivel mundial y también dentro de cada estado y nación. A este conjunto le podemos perfectamente aplicar la categoría de pueblo, y definirlo como núcleo central de cada nación porque sus intereses y objetivos se asimilan a los de esta, en contraste con la minoría oligárquica, cuyos intereses están globalizados. Es esta minoría la que no tiene patria y descalifica a los soberanismos políticos y económicos porque su única patria es el beneficio monetario y la única soberanía que defienden es la del dios Mercado. Y son los pueblos, los diversos conjuntos de trabajadoras/es nacionales, practicando la solidaridad inter-nacionalista sin renunciar a su soberanía nacional, la única fuerza que puede hoy oponerse a la oligarquía también mundial y de cada país para enfrentar los gravísimos problemas que nos son comunes a nivel planetario y que en cada país y formación social se presentan con características propias que es preciso tener muy en cuenta.

En este marco de análisis, yo me preguntaría si tiene sentido que las principales y más publicitadas manifestaciones del 1º de Mayo de este año en el Reino de España hayan sido protagonizadas -con el consentimiento activo de las organizaciones sindicales convocantes- por ministros y gobernantes que son, o deberían ser, los destinatarios de las protestas al ser ellos quienes tienen en sus manos las herramientas políticas para aprobar leyes más justas  tendentes a la equidad. Esto me parece una contradicción insalvable o, más aún, una burda estrategia oportunista para engañar a incautos y conseguir votos. Porque quienes gobiernan deben dedicarse muy principalmente a ello, actuando hacia la necesaria transformación de la realidad y no pedirse a sí mismos, detrás de pancartas, que hagan lo que deben hacer (y no hacen). Y si hay poderes fácticos que lo impiden, pues que lo denuncien pública y abiertamente een lugar de plegarse a ellos. Alguien debería haberles recordado que el Primero de Mayo, aunque sea una fiesta, no es un carnaval. (A la mañana siguiente, se filtró la noticia de que el “gobierno de progreso” prepara una reforma en la Declaración de la Renta por la cual las familias de estratos económicos bajos y medio-bajos -o sea los trabajadores/as- pagarán, en su conjunto, mil millones de euros más a Haciendo, al ser anulada la desgravación de las Declaraciones conjuntas. Ninguna novedad respecto a las rentas altas. ¿Hacen falta más comentarios?)