Spain is different

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No atacar, tampoco significa defender ni justificar. Afortunadamente en este país hay una mayoría a la que le gusta conjugar el verbo respetar. A pesar de que haga años que el deporte nacional dejase de ser el fútbol, para ceder su plaza a la crítica y el cotilleo. De hecho, fue tal la fuerza con la que irrumpió en los canales privados de televisión que, rápidamente, fue elevada a la categoría de tele-trabajo. Haciendo que las aspiraciones y sueños de los niños de esta España contemporánea mutasen como los virus para que muchos de nuestros jóvenes comenzasen a aspirar a convertirse bien en tertulianos, bien en concursantes de reality show.

Pero ¿qué es un tertuliano hoy? Básicamente se diría que es un señor o señora, al que no se le requiere obligatoriamente poseer un brillante curriculum, trayectoria ni conocimiento especial en ninguna materia. Que suele acudir con asiduidad a programas de formato maratón –esos que duran de dos a tres horas- y en los que además de exigírseles carnet de “maestros liendres” –personajes que de todo saben, pero de nada entienden- es fundamental que tengan muy mala educación y griten muy alto. Pero sobre todo que esos gritos y esas palabras y verbos que junten, en forma de frases vacías de contenido, nunca lo hagan para dar solución alguna a nada. Porque en dichos programas, lo importante es gritar muy alto y criticarlo todo. Y si es posible, elevar a los altares el verbo despellejar.

¿Me siguen? Por desgracia no es difícil identificar ese tipo de espacio televisivo, ni el perfil de los mencionados personajes. El problema viene cuando ese tipo de programa empieza a crear tendencia y a influir en la sociedad. Cuando eso que se supone que solo ocurre durante unas horas en un canal de televisión, se traslada a la propia sociedad y a nuestra vida cotidiana, sin ningún límite horario. Y el ruido, las voces, la falta de respeto y de educación que se escenifican en dichos programas, pasan a  convertirse en comportamientos socialmente admitidos. Y ese runrún empieza a reproducirse en las calles, en las plazas, en los comercios, en los bares, en nuestros parlamentos y como no, en las redes sociales. Y nos damos cuenta de que el incendio avanza y crece, arrasando todo lo que encuentra a su paso.

Quizás por eso la alta temperatura y el nivel de crispación que a día de hoy están alcanzando dichos comportamientos haya empezado a preocupar a un alto porcentaje de la población de este país. Porque este pueblo nuestro y su territorio aún no hace ni un siglo que sufrió una terrible guerra civil. Y muchos tenemos hijos pequeños a los que nos gustaría poder educar y ver crecer sanos y en paz. Pero no solo por eso. También nos preocupa, y con razón, que todo esto pueda ir a peor. Aunque lo que más preocupado nos tenga a la inmensa mayoría, sea ver como nuestros propios hermanos, familiares, vecinos y amigos, pelean, discuten y se enfrentan los unos con los otros, en esas calles, en los parlamentos y sobre todo en unas redes sociales que suman dividendos mientras la mayor parte sufre por tener, familiares, amigos o vecinos que lo están pasando fatal.

Son las consecuencias del trauma colectivo, un efecto psicológico compartido por un grupo determinado de personas que han pasado juntos por una situación adversa. Un fenómeno complejo, no solo por el sufrimiento y los trastornos de estrés postraumático que ocasiona sino porque puede llegar a provocar importantes cambios en nuestra forma de relacionarnos. Cambios políticos, sociales, económicos y un exponencial aumento en el crecimiento de la desconfianza. Haciendo brotar el desánimo, el pesimismo, la indefensión y la desesperanza. Para que en efecto dominó provoquen evidentes cambios de humor a nivel individual y colectivo al sentirnos angustiados y bloqueados por todo lo que está sucediendo.

Obviamente, cada cual tiene sus propias circunstancias particulares y se encuentra liberando su propio duelo. En unos casos por la perdida de un ser querido, en otros por estar separado y no ver a sus hijos desde hace demasiado tiempo y en la mayor parte de ellos por haber perdido el trabajo que era la fuente de ingreso, que le daba estabilidad a su vida. Incluso habrá a quién le haya ocurrido todo junto. Lo que provocará como primera respuesta inmediata, la negación. Con pensamientos del tipo: “esto no me puede estar sucediendo a mí”, “¿Qué voy a hacer yo ahora?”. Y automáticamente, como mecanismo de defensa, necesitaremos buscar un responsable al que cargar la culpa de lo ocurrido. Primero individualmente. Y un poco más tarde, de manera colectiva. A pesar de que en ese transito, la más de las veces seamos incapaces de mantener un mínimo pensamiento crítico, que ejerza de toma de tierra de esa descarga de ira. Para reconducir nuestra frustración y reconocer nuestra parte de responsabilidad en todo lo que nos está sucediendo. Y de este modo llegar a reconocer que  somos un país que no es capaz de gobernarse a sí mismo, ni ante una situación tan grave como la que estamos atravesando.

Y conste que cuando conjugo el verbo gobernar, lo hago pensando en la función que tiene otorgada el gobierno. Pero también en la responsabilidad y la lealtad que le debe a este país, la oposición. Porque superar una crisis sanitaria mundial, como la que nos encontramos atravesando requiere más que nunca de la suma de los esfuerzos y de la mayor de las solidaridades. Y si por las circunstancias personales que cada cual arrastra no somos capaces de poner un mínimo de distancia con la situación para buscar claridad y lucidez. Siempre nos ayudará, apoyarnos en la visión independiente desde la distancia de amigos y familiares  repartidos por toda Europa y el mundo, así como la comparación de nuestras circunstancias con las de los ciudadanos de otros países. Será entonces cuando estemos en disposición de poder buscar una explicación. Reflexionar sobre todo ello para tratar de encontrar alguna solución posible.

Si a todo ello se le añade la gasolina con la que los medios de comunicación, de toda tendencia, avivan el fuego a diario. Dedicándose a cortar y pegar, frases y palabras entresacadas de declaraciones de nuestros políticos, sin pensar en las consecuencias que todo ello tiene en una población, cansada, desquiciada y deshecha, ante la cantidad de contagios, enfermos y muertos de los que han sido testigos. Y por fin reconocer que la realidad que se nos dibuja ante nuestros ojos no difiere mucho de aquellos cuadros pintados por Francisco de Goya en su etapa más oscura.

Esta crisis ha roto y puesto en cuestión muchas evidencias y muchas carencias. Hasta el punto de hacer saltar por los aires cualquier tipo de previsión y de frontera. Por eso es urgente reflexionar, para poder estar en disposición de buscar y encontrar nuevas recetas y soluciones a todas estas nuevas situaciones sociales sobrevenidas como consecuencia de esta pandemia. Dudar sobre la propia duda y ponerlo todo en cuestión, posiblemente, sea el único camino que nos conduzca a poder hallar soluciones y certezas.

Porque en realidad, poco importa el color del gobierno que gestione una crisis sanitaria de la magnitud de la que nos encontramos viviendo. A cualquiera lo hubiese cogido desprevenido. Todos hubiesen tenido que optar por una decisión u otra. Todos hubiesen acertado en unas cosas y se hubiesen equivocado en otras. Y por lo tanto, todos hubiesen sido criticados por quienes en ese momento hubiese ejercido el papel de oposición. Al fin y al cabo todos somos humanos ¿no? Lo verdaderamente preocupante no es eso, lo preocupante es ver a hermanos, familiares y vecinos perdiéndose el respeto, las formas y la razón al manifestar sus divergentes puntos de vista sobre la realidad. ¿Qué ejemplo estamos dando a nuestros hijos? ¿Por qué nos empeñamos en querer cargar esa dichosa culpa judeo-cristiana al gobierno y a la administración? Cuando sabemos perfectamente que la administración no tiene conciencia. Somos las personas quienes únicamente la tenemos y quienes debemos apelar a ella desde nuestro propio ejemplo como ciudadanos. Igual es eso lo que en España está fallando de la A a la Z.

¿Por qué nadie habla de la división social que hoy existe en este país nuestro, como responsable de la inmensa grieta que se está abriendo en nuestra sociedad? El lenguaje nunca fue gratuito y por aquí gustan mucho los eufemismos. Quizás por eso oigamos hablar de “inmunizados” frente a “expuestos”. Y hasta se hagan distinciones entre aquellos que han podido “protegerse” y los que se han “jugado el tipo” por quienes nos recluíamos y protegíamos. Profesionales de la sanidad que en muchos casos han muerto en acto de servicio, por exponerse al virus sin las suficientes medidas de seguridad. No digo que no esté bien aplaudir desde los balcones a quienes se juegan la vida por los enfermos que están en los hospitales. Pero puede que no pasen de ser brindis al sol y actos de cara a la galería, si después nos comportamos irresponsablemente al salir sin mascarillas, al poner en riesgo a nuestros mayores o al precipitarnos al exigir pasar de estado en una provincia en la que aún sigue habiendo un número elevado de casos de contagio.

Mientras todo eso sucede, en este mismo país  políticos y cargos de libre designación de toda tendencia van a salir de la misma crisis que están padeciendo autónomos, trabajadores y empresarios, como si económicamente no la hubiesen pasado. Tampoco he visto poner en cuestión la duplicidad y triplicidad de competencias entre la administración del estado, las autonómicas y las diputaciones provinciales. Cuando resulta que en este país seguimos teniendo muchísimos más cargos públicos que en Alemania o Francia. Igual siendo conscientes de eso, somos capaces de entender cuales son las causas de la tremenda grieta o fractura social que esta crisis nos va a dejar como herencia.

Luego, ¿a qué están jugando nuestros «servidores públicos»? ¿Es ese es el sentido de responsabilidad y de lealtad a este país que tienen nuestros hombre y mujeres de estado? ¿Tan difícil es que todos remen en la misma dirección y velen por el interés general? Quizás sean demasiadas preguntas. Preguntas que todos nos hagamos en mayor o menor medida. De cualquier modo, no traten de  buscar respuestas a esas preguntas, en los medios de comunicación convencionales. Ni mucho menos en nuestros parlamentos. La única conclusión clara que lograrán sacar de todo esto será que,  quién quiera que fuese el que le puso título a aquella campaña publicitaria de reconstrucción postfranquista que vendía este país como un maravilloso destino turístico. Estaba tan cargado de razón entonces, como ahora. Ya que la única forma posible de demostrar que es indudablemente cierto que, “Spain is different” de una manera distinta a como hasta ahora lo hemos estado haciendo, será arrimando el hombro para conformar una gigantesca melé de rugby, capaz de pasar como un rodillo por encima de ese maldito virus y de todas y cada una de las incertidumbres, adversidades y consecuencias que nos está dejando por el camino. Pero sobre todo reflexionemos sobre esa prisa que todos tenemos por volver a la “normalidad”. Igual sería más útil para todos que usásemos este tiempo para considerar a que parte de la “normalidad” vale realmente la pena regresar.

Autoría: Fernando González-Caballos Martínez. Productor artístico, periodista y antropólogo.