¿Tiene complejo el feminismo andaluz?

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Funciona en Benalup-Casas Viejas, donde resido, una asamblea feminista que se denomina Amor y armonía. El nombre se toma  en memoria del grupo creado a finales de noviembre de 1932 por unas jóvenes anarquistas. María Lago, Ana Cabeza, Francisca Ortega, las dos  primas Marías y las dos Catalinas Silva Cruz… se reunían para leer y cambiar el mundo. El grupo duró apenas dos meses por el escarmiento dado en enero del 33 en los conocidos sucesos, pero su testimonio nos sirve para certificar la militancia de estas jóvenes anarquistas y desenterrar el tópico falso del analfabetismo entre las anarquistas. Como su rescoldó no se apagó del todo, hace unos años un grupo de mujeres casaviejeñas recuperaron ese nombre. Desde entonces hacen múltiples actividades y han vigorizado el feminismo en la localidad. Una de estas tuvo lugar en fechas recientes  con motivo de la presentación del monográfico “Feminismo andaluz y la mujer y la sociedad, de Labio Asesino Femzine” por parte de Araceli Pulpillo y Virginia Piña. Posteriormente tuvo lugar un homenaje a María Silva Cruz, la Libertaria, al cumplirse en fechas cercanas  el 83 aniversario de su asesinato.

Para el que esto suscribe lo más interesante fue el debate posterior que generó el acto (en el que participaron hombres y mujeres en parecida proporción). Uno de los asistentes sostuvo que el hecho planteado de que muchos andaluces/as cambian su acento cuando salen fueran y mantienen esa modificación en su regreso respondía a un complejo de inferioridad o falta de personalidad. La pregunta que él formulaba era que si el feminismo andaluz también tenía ese mismo complejo. De una forma ordenada, pero intensa se debatieron las dos cuestiones. En primer lugar, se estableció que estamos ante una cuestión compleja, diversa, enrevesada, enmarañada… es obvio que hay ejemplos claros de lo cierto y lo contrario, de la tesis y de la antítesis. En segundo lugar, un joven que cursa estudios fuera planteó que él había cambiado su acento por asuntos de supervivencia. El andaluz es un dialecto sometido a la sorna, al cachondeo, al tópico típico… en correspondencia a la percepción que se ha creado en torno a todo lo relativo a esta tierra. La mujer, junto con la infancia, es el grupo que más sufre en todas las crisis, si a eso le unimos la condición de izquierdistas y pobres nos da sufrimientos tan paradigmáticos como las cigarreras gaditanas o las anarquistas casaviejeñas. Desde ese punto de vista de la adaptación, de la lucha por la supervivencia podemos comprender, aunque no compartir, el conformismo, el derrotismo, la resignación… tan abundante en el mundo agrario andaluz.

La tercera conclusión la expuso Virginia Piña. La imagen peyorativa tanto de la mujer como el dialecto andaluz es fruto de una estrategia de las clases dominantes que imponen esa ideología, lo que se ha dado en llamar lo políticamente correcto que buscan consolidar su posición privilegiada.

Es impepinable que en el rol de Andalucía y de la mujer hemos avanzado mucho en los últimos años, también es cierto que nos queda mucho todavía. A la mañana siguiente del citado evento leí en el Huffington post la polémica tuitera entre Bertín Osborne y Gabriel Rufián.  El  “prototipo del señorito andaluz” declaraba al País que “el feminismo no tiene sentido en España”. El “charnego e independentista” respondía por Twitter:” 1.015 asesinadas en 10 años/ una brecha salarial del 23%/ Un paro registrado del 17%/ Unas 167.000 denuncias en 2018/ Una brecha en pensiones del 37%/ Un 67% de temporalidad laboral”.

La polémica nos puede reafirmar en que estamos ante cuestiones complejas, de supervivencia y un ejemplo de que cada grupo de poder intenta “arrimar el ascua a su sardina”. Parece claro que en tiempos posmodernos como los que vivimos, donde algunos movimientos tradicionales resultan desfasados, el feminista junto con el memorialista y el de la lucha contra el cambio climático resultan los más atractivos y dinámicos

Tenemos la imperiosa necesidad de saber de dónde venimos y donde estamos para bajar a la arena, mancharnos, y tomar partido. Teniendo muy claro que el fatalismo y el machismo está alentado y fomentado por unos grupos sociales que les interesa que nada cambie para que todo siga igual, es evidente que tenemos la obligación moral de desenmascararlos y luchar contra ellos. Debemos partir de que estamos ante asuntos relativos a la dependencia y a la dominación, por eso nos va en ello no solo la igualdad, sino también la libertad. Y si esa lucha titánica pudiera ser en amor y armonía, mejor.