De banderas y autonomías

Lo dije en otra ocasión. El referéndum catalán del 1 de octubre marcará un antes y después en el Estado de las Autonomías y, por ende, en la Constitución Española de 1978. Nada volverá a ser como antes.

En el enroque ajedrezístico de Rajoy y Puigdemont subyace el principio físico e histórico de acción- reacción y explicita una absoluta negación al imprescindible diálogo entre las partes. Tal diálogo, sin duda, hubiera conducido a un referéndum legal por la independencia, a un resultado concluyente (probablemente no hubieran prosperado las tesis secesionistas) y a una estabilidad política y emocional de la que hoy carecemos Al tiempo de escribir esta columna aún no ha sido aprobada en el Senado la activación formal del artículo 155 de la Carta Magna; sin embargo, ya está en marcha el otro procès, el procès coercitivo de un Gobierno Central tan conservador como torpe. Observen desde la trinchera catalana el resultado de las plagas extraídas de la Caja de Pandora. El buque Piolín, atestado de policías, anclado durante más de un mes en el puerto de Barcelona, dos grandes líderes de la sociedad civil entre rejas, el mayor de los Moços de Escuadra imputado, fiscalidad autonómica intervenida, cientos de expedientes incoados por la Fiscalía y Judicatura, “fugas” de empresas y de inversiones, desaceleración de la economía, caída del número de turistas, y una conciencia nacionalista o una resistencia popular tan potentes como inéditas en Europa Occidental desde hace décadas.

Lo dije en otra ocasión. Si el conflicto político puede resolverse en un tiempo razonable, el conflicto social, hoy abierto, tardará generaciones en cauterizar las heridas y los odios. Así está ocurriendo para nuestra pena y desgracia no sólo en Cataluña sino también en todo el Estado Español. El antiguo principio físico e histórico de acción- reacción continúa su desarrollo de forma inexorable mientras sufrimos las fatales consecuencias de un Rajoy que tiene de autoritario lo que tiene de necio; o sea, muchísimo. O un Puigdemont, por seguir personalizando, que tiene de visionario lo que tiene de inexperto en el verdadero arte de la política; o sea, muchísimo. Hoy que toca la lección de Max Weber podríamos definirlos como líderes torpes e inadecuados a este tiempo histórico pues anteponen la ética de la convicción a la ética de la responsabilidad al eludir las posibles consecuencias políticas de sus decisiones. En todo caso, Puigdemont redimiría su pecado con un par de padrenuestros pero Rajoy, ¡ay, Rajoy!, necesitaría rezar cientos de miles de rosarios para el perdón divino pues Mariano es a un tiempo la gallina y el huevo en la aporía de qué fue anterior (el huevo o la gallina).

A propósito de Rajoy. Yo conocí personalmente a Mariano Rajoy. Fue en la cafetería Carabela de Pontevedra y allí mismo nos tomamos un par de cubatas mientras charlábamos. La verdad es que casi todo lo hablé yo. Él hablaba poco y cuando lo hacía se dirigía a mí con cara de pez, como si le importara un pimiento mi discurso. Fue en la Nochevieja de 1976 y me lo presentaron unas amigas comunes. Les juro que ni por asomo pensé que Mariano pudiera llegar a ser presidente del gobierno español. Hoy, vistas las circunstancias, pienso que llevaba mucha razón aquel proverbio japonés que leí un buen día, “no hay persona más peligrosa que un necio”.

Desde los conceptos de “desafío soberanista” o “golpe de estado a la democracia”, y a sabiendas que el lenguaje define la realidad social, continuaré con este lenguaje bélico que tanto gusta a los hulligans de la política y a esos analistas de tres al cuarto que copan la inmensa mayoría de los medios de comunicación, públicos y privados . A modo de visceral respuesta a las esteladas , en este lado del Frente del Ebro ondean algunas banderas rojigualdas en los barrios centrales de las ciudades, allí donde habitan todo tipo de fracasados y resentidos de una clase media venida a menos y, cómo no, también se pueden apreciar contadísimas enseñas franquistas en los barrios populares ya que siempre hay un idiota de la clase obrera, o una imbécil del lumpen proletariat , en estas parafernalias fascistoides.

Y me pregunto yo, ¿de dónde han salido tantos estandartes atávicos y tanto discurso españolista, rancio y casposo? Pues miren ustedes, no han salido de ningún cajón polvoriento pues ya estaban entre nosotros. Estaban en las grandes victorias de la selección española, “yo soy español, español, español”, “a por ellos oé, a por ellos, oé”; todo aliñado con la tediosa banda sonora de Manolo Escobar a la par que Manolo el del Bombo interpretaba el papel de general rollizo con mando en plaza. Estaban las imágenes simbólicas y discursivas en la entrada magnificente de misterios y palios en sus respectivos templos bajo las notas de la Marcha Real. Estaban en las procesiones infantiles que reproducen fielmente los rasgos más deplorables del nacionalcatolicismo; niñas de mantilla y niños de guardias civiles o de curas. Estaban en los teatrillos de Navidad de centros escolares que se autoproclaman aconfesionales o, incluso, laicos. Estandartes y discursos estaban, además, en los desfiles de la Legión para las cruces de mayo, en su cabra engalanada, en los bíceps de los legionarios, en sus mentes hueras y y en el canto marcial más patético y estúpido del mundo. “Soy el novio de la muerte…”.

Históricamente las izquierdas, marxistas o socialdemócratas, han argumentado que el nacionalismo no era una cuestión de ellas, sino de de la burguesía periférica, siendo un claro residuo de la decadente filosofía romántica. Ante este concepto situaban dialécticamente a la clase social como parámetro clave de la filosofía ilustrada y progresista. El marcado carácter jacobino de estas izquierdas, paradójicamente, las hacía estar ajenas a otro nacionalismo, centralista y conservador, mucho más peligroso, el nacionalismo español carpetovetónico que pervivía incluso en un contexto “democrático” y constitucional.

Las banderas, los escudos y los himnos de nuestros nacionalismos periféricos así como la simbología del arcaico nacionalismo hispano no son meros significantes vacíos de contenido; muy al contrario, contienen sentimientos y vivencias, que se traducen en conceptualizaciones significativas no sólo para las naciones sino también para la sociedad en su conjunto, imbricando, pues , derechos civiles, políticos y sociales. Quienes desde la izquierda abominan de la simbología soberanista , bien que manejan con interés sus propios iconos para levantar pasiones y asentar en las vísceras conceptos y estructuras harto complejas.

Por su parte las derechas, conservadoras o liberales, tienden a diluir todo nacionalismo emancipador, toda pretensión de autogobierno, en las mansas aguas de la ciudadanía, concepto vago que como se ha visto en el Referéndum catalán oculta un nacionalismo español no tan trasnochado como creíamos. Semejante nacionalismo opresor aspira a recentralizar el Estado , a vaciar de competencias las autonomías y en último instancia facilitar un marco idóneo para la mayor acumulación de capital y más recortes en derechos civiles, políticos y sociales.

Es muy posible que el experimento del artículo 155, reclamado fervientemente por Ciudadanos, el PP y de manera más soterrada por el PSOE, suponga una prueba, un test, de resistencia para exportarlo a toda Europa; la Europa que ellos desean, centralista, silenciosa, obediente, resignada y desmovilizada; la Europa idílica para los flujos de capitales y para los xenófobos cierres de fronteras. En el imaginario de estos partidos Cataluña, Andalucía y otras nacionalidades históricas deben realizan una hobbesiana cesión de soberanía al Estado para que éste vuelva a ceder más soberanía a las instancias internacionales, aquéllas donde se arbitran las grandes decisiones económicas y políticas. Centralismo, acumulación de riqueza e imperialismo versus descentralización, autogestión y soberanía. Ésa es la gran cuestión que nos atañe.

Como habrán comprobado, esos elementos icónicos llamados himnos, banderas, procesiones, pasiones futbolísticas, actos institucionales, desfiles , juras de bandera para ciudadanos y ciudadanas del común, no son tan inocentes, pueriles o neutros como pueden aparentar en un principio. Dependiendo de nuestra definición de tales realidades “nimias” o “insulsas” afrontaremos el juego de la política. Y sepan que aquí no tratamos de un juego cooperativo y amable sino de un juego muy tenso entre los que desean un mundo inclusivo y los que ansían un mundo exclusivo y excluyente. A modo de ejemplo les comento que un importante empresario estadounidense llegó a decir hace unos años: “Claro que existe la lucha de clases pero también es verdad que nosotros (los grandes empresarios) la vamos ganando”.

Por estas razones no debemos mirar desde la condescendencia fenómenos y actividades supuestamente intrascendentes ya que contienen abundante enjundia. Mientras dejamos jugar a los niños y niñas a las procesiones o gritamos “a por ellos, oé” hay muchos “patriotas” españoles y europeos preparados para dar cumplimiento a a la nefasta profecía que George Orwell expuso en su obra “1984”: un mundo totalitario y desigual en el que se nos roba hasta la conciencia más íntima. Si nosotros no miramos atentamente por nuestros intereses de país (de país andaluz, por supuesto) o de clase, será el Gran Hermano quien nos mire con sus mil ojos para socavar nuestro bien más preciado, la dignidad. Entonces, seguro que lamentaremos haber sido tan tontos y tan indolentes.

Diego Martín Díaz. Sociólogo y profesor de Educación Secundaria prejubilado.