Una economía transformadora: de la acumulación de capital al cuidado de la vida

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Cuando José Saramago recogió el Premio Nóbel de Literatura, en 1998, empezó su discurso diciendo: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”. Se refería a su abuelo, un pequeño campesino que vivía en la aldea de Azinhaga, en el Ribatejo portugués.  Evidentemente Saramago no quería decir que para ser sabio es necesario no saber leer ni escribir. Pero sí reivindicaba una sabiduría que no tiene nada que ver ni con la enseñanza reglada recibida ni con la cantidad de información que se tiene o se recibe.

Se puede decir que el escritor asociaba la sabiduría a una determinada manera de entender la vida. Una forma de mirar propia de muchas comunidades campesinas en cuyas culturas es central la importancia de los vínculos; la conexión de cada miembro consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. Conexiones y vínculos desde los que el campesinado atendía su propósito: para vivir, había que mantener la vida, la suya y la del entorno del que se dependía.

Desde esa necesidad de cuidar la vida, integrada no sólo en el pensar sino también en el sentir, se vive la trascendencia de los vínculos con los demás; perderlos sería como perder el conocimiento, perder el norte. Y también se vive y se siente así la importancia de pertenecer a la naturaleza, de la que se forma parte en una trama en la que todo está relacionado con todo. Una naturaleza profundamente respetada, identificada en gran medida con la vida misma, incontrolable, más grande y por encima de lo humano.

Por eso se puede decir que en estas culturas hay una importante dimensión espiritual, entendiendo la espiritualidad no como algo vinculado a la religión ni a la creencia en Dios, sino como el reconocimiento de una estancia por encima de nosotros; en este caso, la trama de la vida, que unifica todo lo existente. Ante esta trama de la vida en estas culturas hay una actitud de humildad, de respeto, y de reconocimiento y aceptación de los límites.

La llamada civilización industrial ha avanzado en dirección contraria a estas sabidurías, tratando de huir de la condición humana.

En lo social, esta huida tiene su máximo exponente en lo que Almudena Hernando ha llamado “la fantasía de la individualidad”. Una individualidad que se construye negando la importancia de lo relacional, de las relaciones afectivas, desde la exaltación de la razón y la mente e invisibilizando las emociones, sobre todo las relacionadas con los afectos y los cuidados, que se suponen propias de las mujeres y de los pueblos sometidos del Sur, ambos inferiorizados y negados como sujetos completos.

Por eso, el discurso que sostiene este “orden” en el que vivimos es un delirio que supone no sólo negar algo tan evidente como que somos vulnerables y que somos interdependientes; también implica la subordinación de la mitad de la población humana (las mujeres) que sostienen los vínculos afectivos y de cuidados que los hombres niegan a la vez que los necesitan de manera perentoria.

Una fantasía que en lo económico se encarna en el Homo Economicus, modelo de referencia del comportamiento en el ámbito de la economía. Este modelo es un individuo que usa solo su racionalidad utilitaria, en el que están ausentes las emociones, sin restricciones morales ni éticas, que persigue su propio interés, maximizar sus beneficios, utilizando a los demás y a la naturaleza para satisfacer su ambición sin límites de riqueza y de poder. Un ser egoísta y depredador al que desde la psiquiatría o la psicología o la criminología no se dudaría en calificar de psicópata.

La otra vertiente de esta huida de la condición humana se hace sobre todo desde la economía, que es desde donde se gobierna todo lo demás. Es la huida a partir de la negación de los límites que la realidad social y ecológica imponen al crecimiento y la acumulación de capital. Para “desprenderse” de estos límites la economía se aísla, se encierra en el universo de los valores monetarios, desconectándose así de lo social y de los ingredientes físicos, -materiales y energía-, que requieren los procesos económicos. Tratando de presentarse así una economía que no está anclada a la tierra, flotando separada de todo lo real. De modo que a la fantasía de la individualidad se le une otra enajenación a la que podríamos llamar la fantasía de la ingravidez, como nos sugiere Yayo Herrero[i] señalando que “el capitalismo tiene una lógica extraterrestre”. Con dos implicaciones no menores: por una parte, “sin gravedad, se pierde el sentido de la orientación”, se entra en el extravío propio de la modernidad y el capitalismo tan bien reflejado en la viñeta del Roto incluida más abajo. Por otra, “ellas se quedan atendiendo la vida que pesa”, porque “para que unos pocos seres floten tiene que haber muchos que mantengan la toma de tierra”.

En esta huida de la condición humana negando los límites, para encubrir la apropiación de riqueza desde lo económico asociada a la explotación de la naturaleza o a la de los trabajos de cuidados, desempeñados mayoritariamente por las mujeres, el sistema se vale de lo que José Manuel Naredo viene llamando la metáfora de la producción. En el caso de la naturaleza llamando producción a lo que es mera extracción y deterioro de los bienes fondo preexistentes; así se evita la idea de pérdida que tiene lugar cuando extraemos -sustraemos- algo que ya existía y se sustituye por la ilusión siempre positiva de producción, que al expresarse en términos monetarios nos aleja de los límites. En el caso de la explotación de género el encubrimiento se procura colocando este dominio de los cuidados fuera de la esfera “productiva”, monetaria, invisibilizando un trabajo esencial para el funcionamiento de lo económico pero que, como en el caso de la naturaleza, se desprecia tomándolo como “recurso” gratuito y supuestamente inagotable. Para este enfoque, ni la naturaleza ni el trabajo de cuidados “producen” riqueza. En una economía que confunde la creación de riqueza con la aparición de valores monetarios, no es posible la apropiación de algo que previamente no existe.

Por esta vía se oculta también la explotación de los pueblos que se dedican a exportar naturaleza, como es el caso de Andalucía. Porque la degradación y la depredación que sufre su patrimonio natural no se contabiliza; son costes que permanecen fuera de lo monetario, fuera de lo económico. Pero además, la apropiación desde fuera de la riqueza generada en Andalucía se encubre presentando el intercambio desigual que tiene lugar aquí como resultado del “libre” mercado, cuando es el poder de las grandes corporaciones multinacionales que gobiernan las cadenas de valor en la agricultura, el turismo o la minería las que consiguen imponer las condiciones que convierten a estas tareas extractivas en las peor remuneradas dentro del sistema.

A todos estos modos de prestidigitación hay que añadir la última fórmula que en el sistema se ha encontrado para alejar los límites que imponen la realidad social y la naturaleza a la acumulación de capital. Para evitar los inconvenientes que la reproducción de capital encuentra en la esfera “productiva” se ha emprendido una huida “hacia arriba”, hacia la órbita financiera, convirtiéndose la especulación en la forma predominante de hacer dinero. Ahora el enriquecimiento de los ricos no tiene como fuente “lo productivo”; es consecuencia de una revalorización de activos financieros, inmobiliarios y otros; del aumento del precio de las acciones, títulos, inmuebles, y otros bienes, adquiridos muchos de ellos con lo que se ha obtenido en revalorizaciones anteriores. Así, como resultado del predominio de estos modos de enriquecimiento a partir de procesos puramente especulativos, desde 2008 y mientras se recorta casi todo lo social y empeoran las condiciones de vida de la gran mayoría de la población en el Estado español, el valor del patrimonio de las 200 grandes fortunas se ha multiplicado casi por tres.

Esta forma predominante de enriquecimiento está provocando una fuerte concentración de la propiedad, una aceleración de la polarización social  y un aumento progresivo en las cuatro fuentes de tensión en el conflicto entre el capital y la vida:  el trabajo asalariado, la esfera de los cuidados, la explotación de la naturaleza y la de los pueblos sometidos del Sur que se dedican a exportarla a cambio de una muy baja remuneración.

Quizás después de todas estas consideraciones podamos entender mejor que Joan Robinson, una reconocida economista inglesa heterodoxa, (1903-1983), escribiera que “la economía es una rama de la teología. Los estudiantes en las Facultades de Económicas desperdician unos años preciosos aprendiendo a recitar conjuros”, idea que muchos años después recogió El Roto: “la economía es una rama del ilusionismo”.

Esta mirada predominante desde la que se ve el mundo es en gran medida una creación, una invención del sujeto privilegiado de la modernidad: el hombre blanco perteneciente a una élite económica del Norte. Un hombre que nos ha construido unas gafas con las que vemos la realidad según conviene a sus intereses. Por eso, si queremos comprender lo que está pasando hoy en el mundo o en alguna parte de él tenemos que desprendernos de esas gafas, o, lo que es lo mismo, tenemos que situarnos fuera de la casa del amo; porque dentro los relatos se construyen para engordar la riqueza y el poder del amo.

Llegados a este punto, podemos preguntarnos qué necesitamos en Andalucía para, en sintonía con lo que el mundo necesita, revertir la situación que padecemos o al menos, evitar la barbarie a la que, de continuar así las cosas, todo parece indicar que nos dirigimos.

Estábamos en la ingravidez, necesitamos aterrizar. Urge un anclaje, o, como dice Jorge Riechmann[ii] “una toma de tierra que nos permita replantar o reactivar nuestras raíces y restablecer las conexiones perdidas”. Recobrar el sentido de los límites y de los vínculos.

En relación con estos últimos, recuperando y revalorizando los vínculos afectivos y emocionales, muy relacionados con el cuidado de la vida y cuya movilización será fundamental en cualquier proceso emancipatorio. Es imprescindible reconocernos vulnerables y dependientes de los demás, desde una cosmovisión que reconozca la pertenencia a algo que está por encima de nosotros: la trama de la vida, base de la unidad de todo lo existente y en la que todo está conectado con todo.

En esta visión, los seres humanos no están separados ni de la naturaleza ni de su cultura y su valor no depende de la dominación o el poder sobre otros seres (humanos o no humanos) sino de lo que compartimos con ellos, de lo que tenemos en común con los demás seres (humanos o no), que en lo profundo es formar parte de esa trama de la vida a la que nos venimos refiriendo. De modo que el valor de cada persona no nos lo da el tener sino el ser. Este es un rasgo de la cultura popular andaluza del que ya nos hablaba Isidoro Moreno en los años 80. El valor máximo lo tenemos por el mero hecho de ser, de existir.

Esta mirada va en la misma dirección hacia la que apuntan corrientes científicas como la Física cuántica, la Termodinámica, la Teoría de Gaia, la Ecología, la Simbiogénesis o la Economía Ecológica que nos propuso Georgescu Roeguen, -más cerca de nosotros, José Manuel Naredo-. Es también una cosmovisión próxima a algunas tradiciones sapienciales o espirituales -en el sentido señalado antes- antiguas, sobre todo orientales y muy cercana también a la del campesino al que nos referíamos al principio. Una manera de ver el mundo que coincide también en gran medida con la de los pueblos sometidos del Sur, como es el caso de Andalucía. Nuestra cultura comparte muchos de estos rasgos.

Tal vez en parte por eso, por resonancias de su propia cultura, en el pensamiento de Blas Infante podemos encontrar una mirada que contiene un altísimo grado de coincidencia con esta forma de entender el mundo que hoy necesitamos. Es sobre todo en Cuentos de Animales y en una obra que se publicará en breve incluyendo un excelente estudio introductorio de Manuel Ruiz y Norberto Ruiz que aparecerá con el título Naturaleza y vida en Blas Infante. Dimas, un cuento sobre animales, humanos y pueblos, donde en mayor medida se explicita una visión del orden universal en la que prevalece un profundo sentido de igualdad y de unidad entre todos los seres (humanos y no humanos), que forman parte de un sistema mayor. Desde un respeto y un culto a la vida que ya aparecía en pasajes de otras de sus obras, como Ideal Andaluz, donde hay una exaltación de lo que llama “el dogma insuperable de la vida”.

En estas obras citadas sobre todo, pero en el pensamiento de Blas Infante en general, lo emocional ocupa un lugar fundamental para comprender el sentido más profundo de lo real. Como señalan Manuel y Norberto Ruiz, con el amor como fundamento de toda la existencia. Hay que recordar que la espiritualidad -tal como aquí la hemos entendido-, fue uno de los cinco ejes -junto con Cultura, Economía, Política y Pedagogía, del proyecto de Blas Infante para Andalucía. Una espiritualidad que está relacionada con el empeño de no ser para sí, que la liberación del pueblo andaluz fuera liberación en beneficio de todos los pueblos e incluso, a la luz de estos textos mencionados, de todos los seres. Es lo más lejano a un proyecto excluyente y lo más cercano a lo que hoy necesitamos.

Necesitamos también abandonar la economía que nos ha traído hasta aquí. Esa economía construida en el camino de la huida de la condición humana, producto de la fantasía de la individualidad, de la negación de los límites y del impulso por dominar a los demás y a la naturaleza. Una economía en la que Andalucía es una “zona de sacrificio”, un área de apropiación de riqueza para alimentar procesos de acumulación de capital en las economías del Norte.

Es urgente transitar desde esa economía para sostener el lucro y la acumulación hacia una economía para sostener la vida. Desde una economía social y ecológicamente depredadora hacia una economía para el cuidado de la vida; una economía en la que estarían incluidos, como un eje central de lo económico, no sólo los cuidados físicos y afectivos-emocionales, que están en la base de las necesidades humanas, sino el cuidado en un sentido amplio en sus dimensiones social, natural y cultural, tal como viene reclamando el ecofeminismo. Con la elaboración de objetos subordinada a las necesidades sociales definidas colectivamente y la consiguiente reelaboración del concepto de trabajo como quehacer relacionado con el mantenimiento y el enriquecimiento de la existencia social y natural.

Una economía que se construye fuera de los circuitos que sostienen la acumulación de capital. Porque dentro de esos circuitos de acumulación la vida se degrada, se ve permanente y crecientemente amenazada. Lo podemos observar en el caso de la articulación de Andalucía como plataforma agroexportadora de frutas y hortalizas al sistema agroalimentario globalizado, gobernado por los grandes imperios del agronegocio. Esta es una articulación que nos instala en la ruina para los agricultores, obligados a intensificar cada vez más la producción para obtener los mismos ingresos, nos trae nuevas formas de esclavitud para quienes trabajan en el campo, lleva a la ruina de nuestro patrimonio natural y perjudica a los bolsillos y a la salud de los consumidores. Esta es una economía que nos empobrece y que nos sitúa en las antípodas de una economía de los cuidados.

Con el agravante de que estos daños no son evitables dentro de estos circuitos de acumulación porque quienes los gobiernan necesitan apropiarse de la máxima cantidad de riqueza de la que se genera en esas plataformas agroexportadoras para poder garantizarse la llegada de los fondos de inversión que alimenten una expansión imprescindible para asegurar la revalorización de sus cotizaciones bursátiles, principal aliciente para los inversores.

Es fuera de la lógica del lucro y la acumulación, fuera de estos circuitos donde la vida puede prosperar; fuera de ellos es donde podemos construir sistemas agroalimentarios alternativos que lleven a una reconversión del modelo desde una agricultura para la exportación a la soberanía alimentaria, recomponiéndose conexiones esenciales para la vida social y ecológica en el medio rural. Un camino a recorrer de la mano de la agroecología, con muchas experiencias ya en marcha; un buen ejemplo del tránsito de una economía para la acumulación a una economía de los cuidados para con la naturaleza y en las relaciones sociales.

En sintonía con esta economía que necesitamos el andalucismo de Blas Infante centró sus reivindicaciones económicas en una profunda transformación de la realidad andaluza que hiciera posible el acceso a la tierra, considerada como un bien común. “El único sistema adecuado será el que ponga la tierra andaluza a disposición del pueblo”. Acceso al principal bien común y medio de vida de entonces. Acceso a la posesión y no a la propiedad, que sería comunitaria. Acceso para hacer posible una vida digna para las personas que habitaban Andalucía.

Una economía para sostener la vida de la gente, no para alimentar una acumulación de capital que hundía en la miseria a la gran mayoría de la población andaluza. Porque “la miseria -decía Blas Infante-, es hija legítima del acaparamiento de tierras”, que es, dicho de otra manera, una afirmación que hoy tiene la máxima vigencia: la pobreza de muchos está provocada por el enriquecimiento de unos pocos. A la vez que señalaba el camino para acabar con la pobreza: construir una economía lejos de las formas de acumulación que la están provocando. Blas Infante transgredía así uno de los dogmas principales de la ideología económica dominante; el dogma de que el aumento de la riqueza es siempre un criterio de determinación del bien común.

En una Andalucía en la que, como también sucede en la actualidad, la polarización social y el empobrecimiento de la mayoría son consecuencia  de una concentración de una propiedad que se reproduce y se amplía no como resultado del trabajo, que era para la ideología dominante lo que la justificaba, sino a través de la revalorización y el intercambio de los bienes patrimoniales que la integran. “La propiedad de la tierra -escribió Blas Infante en 1915- que hace depender de los propietarios la propiedad, el trabajo y la vida de los trabajadores es tiránica e injusta”. Queda hoy pendiente un debate sobre la naturaleza y los límites de la propiedad privada como el que se propició por el andalucismo hace ya más de un siglo.

Hay que señalar aquí también que la lejanía de Blas Infante de la ideología económica dominante lo llevó a rechazar para Andalucía como modelo de referencia el modelo europeo; que su proyecto no fue nunca un proyecto “modernizador” desde el que se asumiera una idea de “atraso” que llevara a tratar de ser a imagen y semejanza de los países “más avanzados”. Blas Infante se situó en las antípodas de esa posición que hoy podríamos llamar “desarrollista”; entendió que ese no era el camino para Andalucía. “Nosotros no podemos, no queremos, no llegaremos jamás a ser europeos”. Para él, como ha señalado Salvador Cruz Artacho “Europa venía a representar la encarnación del espíritu guerrero, del imperialismo, de la industrialización, del maquinismo y la deshumanización, esto es, la antítesis de lo que él entendía y defendía como Andalucía”.

Es evidente que esta profunda transformación de la realidad andaluza, en consonancia con lo que el mundo necesita, sólo puede llegar desde abajo, a partir de una toma de conciencia y desde el protagonismo y la implicación de andaluces y andaluzas; desde un nosotras y un nosotros inclusivo que haga posible la ocupación de espacios de autonomía, de autogestión, desmercantilizados, despatriarcalizados y descolonizados. Ocupación acompañada de una capacidad de decisión en todos los ámbitos, soberanía, como también reclamó siempre Blas Infante, que permita en Andalucía poner la vida en el centro no sólo en beneficio de sus habitantes sino  como forma de contribuir a que se pueda situar en el centro la vida de todos los pueblos en un período de crisis existencial como la que la humanidad atraviesa.

 

La base de este texto es la intervención del autor en el XVII Congreso organizado por la Fundación Blas Infante con el título El Andalucismo, Hoy, presentada dentro del Área de Economía, en la que intervinieron también Oscar García Jurado, Mamen Cuéllar y José Manuel Betanzos.

[i] Herrero, Yayo. (2021) Ausencias y Extravíos. Ed. Escritos Contextatarios

[ii] Riechmann, J. (2022) Simbioética. Ed. Plaza y Valdés