Víctimas del terror de primera y segunda

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En las últimas semanas la Memoria Histórica ha vuelto ocupar espacios en la atención pública. Unas relacionadas con el mundo del espectáculo, como la promoción del último trabajo cinematográfico de Pedro Almodóvar, otras desde el mundo legislativo, con las discusiones parlamentarias sobre la nueva ley que presenta el actual gobierno PSOE-Podemos y otras por las, no por habituales, siempre deleznables proclamas derechistas, desde la cobarde a la abiertamente fascista.

Sin embargo el hecho que me lleva a escribir estas líneas es la visión de la película de Iciar Bollaín, Maixebel. Seguramente pasará más desapercibida que la del director manchego y no tiene a la Memoria Histórica como elemento principal. Su calidad cinematográfica y profundidad social lo demuestra que las críticas, que sepa, que ha levantado están lejos del tono habitualmente atribalario de la vida pública hispana. Claro que no habrá gustado a muchos pero está tan cercana al drama humano que no puede hacer sino pensar. Por lo menos a mí me lo hizo.

Durante toda la proyección no pude quitar de la cabeza si el camino que recorre Maixebel pudieron realizarlo los familiares de las víctimas del franquismo. Como históricamente ha ocurrido el ejercicio del terror ha sido uno de los pilares para el nacimiento de estados que después han sufrido sus embates. La diferencia radica en que si triunfan los terroristas se convierten en padres de la patria. No ha sido el caso de ETA pero sí el de los golpistas españoles de julio de 1936 que, al vencer, levantaron un Nuevo Estado algunos de cuyos principales dirigentes, como es el caso de Luis Carrero Blanco, no dudaron en proclamar abiertamente que habían utilizado el terror como arma política.

¿En algún momento los protagonistas del terror franquista no ya han pedido perdón por el daño causado sino siquiera les han concedido a las víctimas y a sus familiares la posibilidad de recibir justicia, reparación y conocer la verdad de sus sufrimientos? Seguro que hay algún caso pero que son meros granos de arena en la sangrienta playa de la represión, del terror, golpista y franquista. No de otra forma se puede entender que en la España actual haya víctimas del terrorismo de primera y segunda categoría. No de otra forma se puede entender la catarata de desprecios, ninguneos e insultos que llevan recibiendo las víctimas del franquismo. No quiero ni imaginar qué pasaría si alguno de esos epítetos les fueran aplicados a las víctimas de ETA. ¿Se acuerdan cuando el hoy senador del PP Rafael Hernando Fraile dijo, allá por 2013 que los familiares que buscaban a sus familiares sólo lo hacían cuando había dinero de por medio? O, hace pocos días, en el cierre de la convención de ese mismo partido cuando su jefe nacional Pablo Casado se refería, una vez más, al mantra del rencor que posee a quienes buscan a sus desaparecidos. ¿Se imaginan algo parecido sobre los familiares y víctimas de ETA?

Minuto tras minuto no dejaban de pasar por mi mente las imágenes que tuvieron que soportar durante años, décadas, los familiares, las propias víctimas supervivientes cuando se cruzaban con sus verdugos, cuando pasaban por las casas que les habían sido robadas, cuando sintiendo el odio y el rencor tuvieron que emprender el camino del exilio o la emigración para sobrevivir. Lo padecieron durante la propia victoria golpista que mantuvo hasta el final de su existencia formal la dictadura y, mucho más doloroso, cuando, por no se sabe bien qué intereses superiores, tuvieron que seguir tragando el sapo a lo largo de estas décadas de democracia. Ni siquiera han alcanzado en muchos casos la tan socorrida reparación moral. Ni hay arrepentimiento o comprensión siquiera por parte de los herederos del golpismo ni nunca han dejado de considerar que su victoria les da derecho para mantener el derecho a insultar, denostar y seguir considerando delincuentes a los vencidos. Además de mantenerla y no enmendalla en lo que respecta al golpe de Estado. Hasta el punto de que cuando desde ciertos sectores políticos y sociales se habla de la necesidad de no repetir el pasado parece más bien una amenaza que un deseo benéfico.

Pocas autoridades estatales han recibido de forma abierta y oficial a las víctimas y a sus familiares. Ni los dos jefes del Estado que se han sucedido ni ninguno de los presidentes de gobierno que han dirigido los gobiernos de este país. Como tampoco alguna de las dos cámaras legislativas o, menos todavía, el poder judicial. Ante este último incluso han tenido que comparecer, como reos, familiares o historiadores que se han atrevido a denunciar públicamente algunas de las barbaridades cometidas y todavía impunes. Y es que la piel de los triunfadores suele ser muy fina y su soberbia y odio muy grandes.

¿Hasta cuándo?