Morir en primavera

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Aquí estás, sentada, mirando sin ver, con los ojos clavados en el mar, tratando de hacer frente a tu desolación. Buscas inútilmente, ojeas, escudriñas, sin esperanza ya, por costumbre. Todas las tardes vienes y te sientas en la playa hasta que el sol se pone; no eliges el lugar, solo buscas que no haya nadie; ni pájaros. Todo te estorba, todo te perturba. Excepto tu desolación. Te sitúas como una roca frente al océano, aunque bien sabes tú que no tienes ni su firmeza ni su impasibilidad. Como las rocas se dejan socavar por el agua, así tu llanto sin término ha socavado las cuencas de tus ojos, ha erosionado tus párpados, ha lijado tus mejillas. Un llanto sin cuento, como tu dolor renacido cada tarde, como tu desolación persistente, como el vaivén del mar. Como el trasiego incansable de las olas.

Sabes. Intuyes quizás que todo esto se acabaría si tuvieras su cuerpo, si pudieras cerrarle los ojos, si atesoraras el cómo y el cuándo cierto y concreto de su muerte. Lo sabes porque has presenciado el ritual muchas veces. Tu madre te ha contado, a lo largo de tu juventud, cómo a la suya le sobrevino una muerte dulce y se quedó con los ojos cerrados; cómo una hermana joven, muerta en la flor de la vida, recuerdas que decía ella , se rindió después de una lucha larga y despiadada. En la flor de la vida, te repites. Todos los muertos lo son en la flor de la vida. Porque la vida es como una flor. Ahora sabes que tu madre dejó de hablar de ellos cuando dejó de dolerle. Cuando les hizo un sitio en vuestras conversaciones y en vuestra nueva vida sin ellos. Una nueva vida en la que seguían estando como seres incorpóreos. Ese era el nombre de una iglesia que conociste en un viaje. Bizantina, recuerdas. La iglesia de los Seres Incorpóreos. Un estado que les permitía entrar y salir de los sueños y las conversaciones de los seres corpóreos, sin sobresaltarlos. Porque, a lo mejor, solo en eso nos diferenciamos. En el cuerpo. Y tú quieres el suyo para referirte a él como algo más que una ausencia, no como un hueco inexplicable en medio de una vida que, inexplicablemente, sigue latiendo. La muerte en primavera, la ausencia, el hueco, el mar que se lo llevó. Quizás.

Tantos años estudiando las formas de morir de otros, la manera de perpetuar el recuerdo de los que ya no están, a través de complicados rituales, de elaborados trabajos de conservación. Tanto como has pensado en la delicadeza de las manos que momificaban cuerpos brutalmente asesinados, muertos desconocidos, muertos jóvenes, a lo mejor también muertos en primavera. Cuántas veces has descubierto, debajo de unas vendas cuidadosamente ceñidas, amorosamente ceñidas a un cuerpo, un esqueleto joven de un muerto lejano al que honraron padre y madre, preservándolo de la corrupción para preservar su memoria. Cuerpos enterrados con ajuares suntuosos, con juguetes, inútiles ya, cuya visión se te clavaba en las pupilas y sus cristales en el corazón. Cuánto debieron de querer a esa muchacha, cómo debieron de notar su ausencia cuando desaparecieran ella y sus cosas, sus frascos de perfumes y sus juguetes de niña grande. Qué sola se debió de quedar la casa con la doble ausencia. Qué sola se queda de todas formas. Porque sus ropas no te salvan de la pena, sus libros no te acompañan, no te atreves siquiera a abrirlos; todo lo más, los acaricias con la pretensión inútil de sorprender un tacto lejano.

Muerte anónima, muerte sola, nada te salva, nada te justifica. Nada consuela. Ni siquiera la idea de un sacrificio para aplacar iras de dioses crueles y caprichosos. Tampoco eso consolaría a la madre de la muchacha sacrificada, de un tajo en la garganta, en lo alto de la montaña a la que fue llevada, en una primavera de cenizas y fuego, vestida como una diosa, pero arrancada de unos brazos amantes en la edad en que las muchachas se preparaban para un matrimonio de princesas. Muerte útil, pensaste cuando hiciste tu trabajo de investigación, muerte inútil siempre, piensas ahora que estas en el lugar de los brazos amantes, a los que se les ha resbalado el amor de sus vidas. Muerte en primavera. Debió de ser en primavera. La muerte del cazador que atravesó los Alpes en busca de un destino incierto, que pisó campos de flores, que olvidó el frío de las cumbres y su olvido le costó la vida. Muerte útil, pensaste. Hombre que se arriesga por su comunidad, o tal vez un proscrito, por qué no, que huye para salvar la vida, que elige un camino difícil, una probable muerte en soledad, a una muerte ignominiosa en compañía. Muerte inútil, piensas ahora.

Todas lo son. Lo tuviste claro el día en que, con un temblor, alcanzaste a destapar la tumba de barro cocido, remembranza de la casa familiar, en la que yacía el cadáver adolescente de un hijo de dieciséis años, al que sus amantísimos padres deseaban que la tierra le fuera leve. Se te llenaron los ojos de lágrimas, porque aquel muerto tenía la edad de tu hijo y la tierra te había parecido siempre una forma opresiva y poco cuidadosa de tratar a un muerto, como si lo escondieran para favorecer el olvido. Sin embargo, ahora te parece una forma amorosa de recordar, ahora te parece una crueldad no poder darle tu hijo a la tierra, no tener un lugar donde volver los ojos del recuerdo. Te miras las manos y las encuentras vacías, como tu vida, perdido su sentido de golpe y quisieras levantarte y caminar y adentrarte en el mar, por sentir lo que él debió de sentir, entregado al abrazo húmedo de las aguas verdiazules, que es el color del mar en primavera.

Te dijeron que ya no lo seguirían buscando, que el golpe de mar se lo llevó y que no había esperanza. Tú sabías, sabes, que fue mar adentro, muy adentro, que las olas avariciosas no lo traerían, no lo traerán. Pero vienes, pero vuelves todas las tardes, con la misma obstinación desesperada, que es lo único que te queda. Y vienes a esperar porque estás decidida; quieres su cuerpo, un cuerpo. Para limpiarlo cuidadosamente de las rémoras oceánicas, para vestirlo con sus mejores ropas, para encerrarlo en un ataúd cálido, con sus libros, con el amuleto que le trajiste de América, con la correa de La China, con las flores secas de la cajita de nácar, que para eso murió en primavera. Y te ríes, pensando que si por fin lo haces, pasados los años tal vez esos objetos dispares volverán locos a futuros arqueólogos, que no sabrán interpretar qué hace “La Divina Comedia” al lado de un amuleto azteca y de una medalla china con el yin y el yan y una extraña joya, de material grosero, que tal vez perteneció a un animal… y quizás alguno de ellos se emocione, como tú lo hiciste, adivinando cuánto dolor y cuánto amor se esconde en esos escasos metros de una tumba soleada, al abrigo del viento invernal.

Todavía no has olvidado el primer cementerio que viste de niña. Te gustaron más las tumbas de fuera, las de los suicidas, decía tu madre, porque estaban al sol en el invierno y esos muertos, pensaste entonces, no se quedan encerrados en el cementerio, como los otros, obligados a permanecer allí, cuando se echa la llave de la verja. Eran muertos libres, que habían elegido el momento y quizás también el lugar. Muertos en alguna de cuyas tumbas aparecía, a veces, una solitaria y bellísima flor, dejada por alguien que los había querido. Por alguien a quien le seguía doliendo su muerte. Pero tenían ese lugar, para ir allí a curarse lentamente de olvido. Por eso quieres un cuerpo, por eso tu insistencia.

El mar siempre devuelve cuerpos, aunque piensas confusamente que quizás no sea el que tú esperas, o quizás sí, que te da igual. Que necesitas hacerle tú sola el duelo y pensar que lo tienes allí para cuando quiera él, ya ser incorpóreo, ir y venir por tus pensamientos. O para cuando quieras tú curarte de olvido. Por eso estás aquí, plantada como una roca, inmóvil, pero socavada por el llanto, diluyéndote lentamente en la lejanía de la ausencia.

Y mientras esperas, te pierdes por los vericuetos de tu propia vida, tratando de imaginar lo que fue y lo que no fue, de recuperar los gestos que se te borraron, de traer a tu memoria el tiempo compartido. Momentos que te parecen, todos y cada uno de ellos, tan extraordinarios, tan únicos. Miguel dando sus primeros pasos, Miguel volviendo de su primera excursión, Miguel que ganó su primera copa, Miguel… en la flor de la vida. Pero sin mirar fotos, porque los muertos siempre tienen en las fotos las caras tristes, como si un velo de nostalgia retrospectiva se hubiera desplegado sobre su rostro y los colores han perdido su brillantez y todo adquiere un aire de fingido que te asusta, porque no comprendes cómo no te habías dado cuenta antes o, quizás, no lo habías hecho porque antes las fotos no tenían ese aire de olvido que han adquirido después. Prefieres la memoria y los recuerdos, que son más fiables.

No crees que importe mucho cerrar los ojos un momento y dejar de mirar el mar. Así puedes apreciar mejor la cualidad de tus recuerdos, la nitidez de las imágenes, la frescura de las caricias…, pero no, tienes algo que te distrae todavía, que te anula todavía, debes seguir mirando, necesitas un cuerpo al que acariciar por última vez.

Abres de nuevo los ojos y la playa, la arena, la tristeza, todo está en su lugar, Ha anochecido y una brisa suave juega a desordenarte y adormecerte, aunque no te dejas… Miras sin parpadear, miras con fijeza desencajada de loca, miras y crees ver visiones, aunque tal vez no, tal vez no sea una imagen falsa y ese bulto oscuro que se acerca sea, por fin, un cuerpo. Lo ves subir y bajar, aparecer y desaparecer, mecerse suavemente, incluso te parece que mueve un brazo. Te has levantado con el corazón en la boca, te has acercado al agua, te has asegurado… al fin lo alcanzas, lo sujetas con desesperación, por más que sabes que ya no se irá, lo arrastras hacia la orilla, miras su cara comida por los peces, repasas sus brazos rígidos, sus manos, te cercioras de que no es él, pero no obstante, ya lo has decidido; … es él. Será él.

Cuando lo reconoce la policía, tú te mantienes firme, ignoras sus medias sonrisas y sus miradas de compasión cómplice, te encastillas en tu dolor. Lloras de nuevo con lágrimas antiguas y no se atreven a seguir porfiando sobre si estás segura, si no es demasiado oscuro para ser tu hijo, que parece más bien negro, aunque por la edad tal vez pudiera ser… Y tú resistes y te deshaces en llanto silencioso, pensando en la madre que esperará, como tú hasta hace poco, un regreso imposible, y te duele su dolor y lloras con sus lágrimas, y te juras y le juras que vuestro hijo tendrá el calor de unos brazos amorosos que lo acunarán por última vez.

Y te preparas y ejecutas con precisión las acciones, tantas veces imaginadas que ahora te parecen recordadas, de puro repetidas. Y eliges los libros y le quitas el collar a La China y coges el amuleto azteca y la medalla del yin y el yan y la camiseta de “Héroes…” y todo eso se va con él al lugar de los seres incorpóreos.

Cuando llegue de nuevo la primavera, sabes que volverás a la orilla del mar, aunque ya no llorarás y no te importará que te llamen la loca de la playa, ni que hablen de que enterraste a un negro anónimo en el lugar de tu hijo, porque, a fin de cuentas, era un muerto al que nadie quería allí. Salvo tú. Para llevarlo al rincón soleado y escribir sobre su tumba, con las letras indelebles del dolor compartido, ya que nadie se mostró piadoso, ya que lejos quedaron cuantos te amaron, ya que tu muerte no fue útil ni suave ni compasiva, que al menos ella sí, que te acoja, que te abrace, que te envuelva, que la tierra te sea leve.