Cal de Andalucía

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Las personas que contamos ya con una cierta edad llevamos prendida en nuestra memoria individual y colectiva la práctica de encalar y la de los útiles que en toda casa andaluza existían para blanquear, al menos, cada primavera. Aunque, para no faltar a la verdad, hay que aclarar que casi nunca eran guardados ni brochas, ni escobillas, ni escaleras ni cubos, como tampoco los restos de la cal apagada, estando siempre este retén dispuesto y preparado para las numerosas ocasiones en que las mujeres de la familia decidían “dar un repasito”, hecho que ocurría en cualquier momento del año, con el fin de “coger los desconchones” y “repasar” las paredes de las viviendas, así como dinteles de ventanas y puertas, escaleras, patios, fachadas, cercas y lindes, etc., elementos que, formando parte de casas serranas, cuevas del altiplano, ranchos costeros, cortijos o pisos urbanos y demás tipologías de habitación, eran objeto de la frenética actividad femenina de saneamiento.

Cabe afirmar, sin temor a exagerar, que en Andalucía, hasta hace apenas treinta años, nos criábamos entre cales, que no siempre eran de color blanco, ya que, a menudo, se utilizaban para enjalbegar las tratadas con color amarillo u ocre, y una amplia gama de colores, como los usados en las Subbética cordobesa y ciertas comarcas de Jaén, Granada y Almería, además de los azulinos y otras variedades cromáticas que añadían las mujeres a las pinturas para embellecer los plintos, cercas, brocales, arriates, también los árboles, y un largo etc. de elementos de nuestras casas y de sus patios y corrales, además de los edificios de culto, especialmente iglesias y ermitas. Durante muchas generaciones, andaluces y andaluzas, hemos conocido y utilizado este material fundamental para nuestra vida y nuestra estética cotidiana, que servía para embellecer, limpiar e higienizar, pero también para la construcción y aislamiento de los edificios y para la conservación de exteriores e interiores.

La cocción de la cal era realizada en los hornos ubicados en los numerosos calerines existentes en Andalucía, que se aprovisionaban de la necesaria piedra caliza en las canteras próximas a las poblaciones, cubriendo así la demanda vecinal, gracias al imprescindible y fundamental saber del oficio calero, presente en todo el territorio andaluz. No obstante, esta tradicional práctica productiva, desarrollada mayoritariamente por personas de sexo masculino, que se remonta a época romana y que ha tenido continuidad hasta el siglo XX, tan presente en nuestra forma de vida y en la estética de nuestros pueblos y ciudades, aun siendo sostenible para el medio natural y altamente beneficiosa para la conservación arquitectónica y para su aplicación científica, se ha ido paulatinamente perdiendo en nuestra tierra hasta llegar a casi desaparecer en la primera década del presente siglo.

En la actualidad la producción artesanal de cal en Andalucía pasa por una situación crítica debido a la mayoritaria oferta del producto obtenido de forma industrial, que carece de las buenas prácticas y las características del artesanal, la poca rentabilidad del oficio y a la dureza de las condiciones de trabajo características del oficio calero, poniendo en riesgo su trasmisión y continuidad.

Frente a esta tendencia destructiva, en el pueblo tradicionalmente calero de Morón de la Frontera, un grupo de personas, entre las que encontramos a empresarios como Isidoro Gordillo y familia, además de antiguos caleros y miembros de una pequeña asociación cultural, Museo de la Cal de Morón de la Frontera, surge un proyecto de recuperación de la producción artesanal de cal, una iniciativa pionera en Andalucía y en el Estado, que han conseguido poner en marcha con ilusión, esfuerzo, trabajo y, también, dinero privado, sin ayuda pública. La iniciativa, que comienza a principios de este siglo en las Caleras de la Sierra, pasa por constituir una asociación privada formada por un grupo de ocho personas que compra antiguos hornos de cal y sus inmuebles asociados, las casillas, para que puedan ser musealizados y visitados, salvándolos de la ruina y de su destrucción. Paralelamente, la familia calera Gordillo, apuesta por la recuperación de la producción artesanal de cal en los hornos de su propiedad, también situados en la aldea, junto a los terrenos del Museo de la Cal.

La actuación ciudadana ha conseguido en pocos años no solo demostrar que la producción artesanal de cal es posible, rentable y conveniente desde el punto de vista medioambiental, y de la conservación arquitectónica y patrimonial, sino que también ha contribuido a fomentar los necesario debates sobre la utilización de los materiales tradicionales en restauración, los oficios y productos artesanos, la transmisión de saberes, la recuperación por la ciudadanía del patrimonio inmaterial y material, todo ello innovando en los productos que se ofrecen y difundiendo entre el alumnado que los visita o al que imparten cursos en centros especializados, como los institutos de patrimonio histórico de Andalucía o del Ministerio de Cultura, todos los conocimientos de forma altamente pedagógica, sin olvidar las actividades de cooperación que el colectivo ha realizado en Kenia, enseñando a una comunidad de aquel país a cocer piedras de cal para un proyecto de potabilización de agua.

El proyecto de recuperación de la producción artesanal de cal de Morón ha sido reconocido por la Unesco, que lo ha incluido en su Lista de Buenas Prácticas del Patrimonio Cultural Inmaterial en 2011, el conjunto calero está inscrito en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz desde 2009 y forma parte del Registro de Paisajes de Andalucía desde 2016. Las cales artesanales de Morón han sido utilizadas en la restauración de los bienes más relevantes de Andalucía como la Alhambra y la iglesia de Santo Domingo de Granada, el Alcázar de Sevilla o la Cartuja de Jerez, y la empresa Gordillo, a través de su gerente, Isidoro Gordillo, ha recibido en 2019, dentro de los Premios a la Artesanía de Andalucía, otorgados por la Junta de Andalucía, el Premio Andaluz a la Innovación y la Investigación en Artesanía.

No obstante, la cal tradicional de Morón y sus saberes asociados, como tantos otros productos artesanos, sigue amenazada por las grandes empresas; en su misma sierra de Esparteros se ha instalado una gran empresa extractiva que está destruyendo y consumiendo el medio natural, además de contaminar el medio ambiente; el Museo no está reconocido como integrante de la Red de Museos de Andalucía; la entrada a las instalaciones no está acondicionada para vehículos de transporte colectivo y la aldea de las Caleras de la Sierra necesita de la infraestructura mínima de un núcleo poblacional, actuaciones que son competencia de distintas administraciones que deben ser ejecutadas  sin dilación para poder consolidar y afianzar la encomiable iniciativa llevada a cabo por el colectivo ciudadano de la cal que ha conseguido mostrar a Andalucía y al mundo los beneficios de la cal, nuestra cal, tan andaluza y tan universal, pero que requiere también de nuestro reconocimiento y concienciación para que no se pierda esta buena práctica que es seña de nuestra identidad andaluza.