Cinco años sin Gata Cattana: arañazos a la conciencia

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El lunes fue 28 de febrero, esto es, celebramos el Día de Andalucía, y justamente ayer, 2 de marzo de 2022, se cumplió el quinto aniversario del final de una vida que apenas duró 25 años, el final de la trayectoria fugaz pero brillante de una de las andaluzas con más poderío que han surgido en nuestra reciente historia artística y social: hace cinco años murió Ana Isabel García Llorente, más conocida como Ana Sforza y, sobre todo, como Gata Cattana. Un fallo cardiovascular paró su corazón en 2017. Aunque, lo que en esa fecha se apagó fue la llama terrenal de la adamuceña, pero entonces prendió otra llama, la de la esperanza eterna de su legado. Eso precisamente, esperanza, es lo que en estos tiempos de mierda (rebosantes de confusión, militarismos y guerras) más urge, y eso, de nuevo, es lo que también nos hacen sentir y enarbolar las rimas y los versos de Ana Isabel: esperanza, además de resistencia, (auto)crítica, activismo.

Quizá no seamos conscientes (aún) de lo que con su dolorosa y prematura marcha perdimos. Gata Cattana nos dejó un significado muy fuerte, muy potente. Fue (es y será) de esas artistas y pensadoras cuyo mensaje se queda contigo ya para siempre, estampando una huella infinita. Una de esas personas que son capaces de que gran parte de toda una generación se identifique con ella, con sus ideas. Por eso, da igual si vives en Córdoba, en Madrid o en cualquier otro rincón del planeta: si todavía desconoces su obra, no dudes en abandonarte a ella, y si tienes a chavales a tu alrededor, acércales sus valores, su talento, pues los ayudarán a convertirse en ciudadanos más comprometidos, más despiertos, más libres. «Es lo que hace, cómo lo hace, lo que se atreve a decir y lo que es capaz de decir. Es la magia y la fuerza que la envuelven… Gata Gattana sale una cada no sé cuántos años», me dijo un amigo hace algunos meses. Y así lo percibimos también muchas sensibilidades más.

Rapera. Poeta. Politóloga. Concretamente, “rapera de noche, poetisa de día y politóloga a ratos”, así se definía. Escribió como dedicatorias de sus poemarios originales: “A mi familia. A mi pueblo. A las personas justas que aún quedan” y “Y si alguna vez negociamos un mundo nuevo, queremos café para todos y todas, que ya van muchos siglos fregando las tazas”. Redactó en su poema La Satine: “Yo nunca fui ese tipo de princesa que se espera sentada a escuchar odas a su belleza. Yo era más una Teodora de Bizancio, que quebraba y administraba imperios con una palabra”. (¡Gata y su amor por las palabras!). Comienza en su tema Lisístrata (del disco ‘Anclas’): “Yo no camelo perfumes de Nina Ricci / Soy más de libros de la Silvia Federici”. He aquí tan solo algunos de sus arañazos a la conciencia.

La reivindicación de la esencia feminista, la admiración por la historia, la filosofía y la cultura, la mirada por los colectivos oprimidos, los guiños a lo más bello y coherente de las revoluciones o la llamada a defender la justicia social y a denunciar las injusticias marcaron todas y cada una de sus iniciativas. Pero fue la forma de llevarlo a cabo lo que la hace diferente y necesaria, lo que la convierte en referente para tantos y tantas jóvenes, referente para tanta gente.

La escala de Mohs (editorial Aguilar, 2019, versión ampliada del poemario que ella misma autoeditó en 2016 -Homostultus ediciones- y que en 2017 publicó Arscesis) y No vine a ser carne (editorial Aguilar, 2020) son, ¿cómo decirlo para que se entienda bien?, son la hostia. Dos libros que todo el mundo debería de leer. Como también todo ser pensante debería de escuchar (y prestar atención a) cada uno de los temas de su discografía, la cual es extraordinaria: singles como Samsara (2016), entre otros muchos, y los álbumes Los siete contra Tebas (2012), el mencionado Anclas (2015), Inéditos 2015 (2016) y el impresionante Banzai (2017).

Su rap era literatura a través del folklore y la vanguardia, del flamenco y la poesía. Sus letras homenajean a las madres y abuelas de Andalucía, establecen conexiones con el mundo clásico, desarman las ‘razones’ que llevan a tantos poderosos a ejercer la tiranía, le da duro al capitalismo, al racismo, al despotismo y demás sistemas y posturas provocadoras de desigualdades y exclusiones, y así, una larga lista de inquietudes. Su estilo era (sigue siendo) fresco, intelectual. En definitiva, a poco que uno investiga y repasa todo cuanto salió de su mente se puede comprender el porqué de su influencia, pero se siente de forma aún más explícita esa influencia con escritos como, por ejemplo, Desapariciones, al cual, en noviembre de 2019, dedicó una entrada el blog «Un poema cada semana», admirable proyecto educativo cuyo autor ayuda a alumnos, a familiares, a otros profesores y a los aficionados a la lectura en general a conocer y trabajar (a entender, ¡a respirar!) mediante la poesía. Dicha entrada supone un buen ejemplo de lo que Gata era capaz de inspirar.

Cattana pellizca el alma, emociona en el alma, y a las almas motiva a moverse, para no quedarse estas pasmadas. Viniste de la tierra y a la tierra fuiste, Ana Isabel, como tú misma cantaste en 2016. ¡Pero te fuiste tan pronto!…

Soy de los que piensa que, de alguna manera, tenemos la obligación moral de divulgar la obra de quienes ayudaron a construir sociedades mejores, de quienes ayudaron a forjar una humanidad mejor formada, menos indiferente y más humana. Ergo: tenemos la obligación moral de divulgar hoy y siempre, generación tras generación, el sublime legado cargado de lucha y esperanza que representa Gata Cattana.

Autoría: Juan Diego Vidal Gallardo. Periodista y escritor moronense. Mirada siempre atenta a la(s) cultura(s), las causas sociales, la diversidad, la igualdad o el colectivismo.