Doñana se muere

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Doñana viene sufriendo una larga y lenta agonía , propiciada por políticas que, en el mejor de los casos, han sido parches para ir tirando, intentos de curar una grave enfermedad con una tirita. Por eso quizás no sea tiempo ya de esgrimir solo el argumento de la ilegalidad de pozos y regadíos para revertir la situación, ni llamar al boicot de determinados productos para hacer recapacitar a una ciudadanía distraída y a una clase política, colaboradora activa durante décadas de las políticas extractivistas, de expolio y despojo del pueblo andaluz. Por eso mismo, tampoco es tiempo de buscar o demandar en exclusiva soluciones a esa misma clase política, que viene vendiendo nuestro patrimonio natural al mejor postor, con la coartada inaceptable de lo que en su marketing político llaman desarrollo sostenible.

Doñana se muere, sí, pero es tiempo de analizar el problema de Doñana y de procurar las soluciones de una manera más global. Porque Doñana no es sino una parte, importante, qué duda cabe, pero una parte de un problema mucho mayor. Un problema del que da cuenta no solo la agonía de Doñana, sino también los reiterados incendios, cada vez más devastadores, el avance de la desertificación, la conversión del agua en un privilegio que condena a un número cada vez mayor de andaluces a pasar sed, la agricultura superintensiva – particularmente la del olivar, que está convirtiendo el solar andaluz en un desierto con árboles-, los cientos de hectáreas dedicadas a lo que perversamente se denomina huertos solares, el que el río grande que vertebra Andalucía hace mucho que haya perdido su nombre, porque hace mucho que su cauce no lleva agua al mar, una actividad minera que degrada y envenena acuíferos por décadas, que contamina el aire y mata a una parte de la población andaluza… Manifestaciones y efectos todos de un desarrollo que se dice sostenible, pero que es el más insostenible de todos, porque a no tardar será incompatible no solo con la vida humana sino con la vida en general.

Hace mucho que en Andalucía el objetivo de preservar la vida y nuestro patrimonio natural no está en el centro de la política ni de la economía, actividades que no solo se llevan a efecto sin el concurso ni la participación del pueblo andaluz, sino contra el pueblo andaluz.

Esta situación se ve agravada porque el pueblo andaluz carece, carecemos, de instrumentos políticos que nos permitan decidir sobre esta cuestión tan crucial, porque las andaluzas y los andaluces no tenemos una conciencia clara de la necesidad y la urgencia de conservar nuestro patrimonio natural y de la responsabilidad que ello implica y porque acudimos a los problemas tratando de controlar los síntomas o las manifestaciones pero sin enfrentarlos de raíz.

La agonía de Doñana puede y debe ser un revulsivo, porque nos pone ante los ojos que nuestro patrimonio natural está en peligro y en breve su situación podría ser irreversible, si no lo es ya.

Es urgente llamar la atención sobre la magnitud del problema ecológico que tenemos en Andalucía, pero señalando la raíz del mismo. Para ello es necesario pensar la ecología no como una cuestión de gestión técnica, sino de agencia política; es urgente pensar el ecologismo desde una perspectiva transformadora, señalando la raíz de los problemas y centrando nuestro análisis en Andalucía.

Alcemos la voz, sí, para exigir que cese el expolio extractivista que asola nuestra tierra y nuestras vidas, pero también para proponer una lógica ecológica distinta, desde el ecofeminismo político. No es casualidad que en una tierra como Andalucía, considerada zona de sacrificio del capitalismo y especializada en exportar naturaleza, habiten las mujeres más empobrecidas y explotadas de la rica y civilizada Europa. No olvidemos la sed de Doñana, pero señalemos que tras ella está no solo el expolio del agua sino también la esclavitud femenina andaluza e inmigrante. No olvidemos que el rojo de los frutos rojos es un rojo de sangre humana, la que recorre las venas de las manos femeninas esclavizadas.

Son los análisis ecofeministas los que evidencian la relación entre la explotación de la naturaleza – de la que se dice que nosotras formamos parte- y la explotación de las mujeres. Es la mirada ecofeminista la que cuestiona el concepto de desarrollo y el actual modelo de explotación de la naturaleza, importante especialmente en Andalucía, atentatorio contra la vida.

En Andalucía se está librando con toda su crudeza un combate, del que la agonía de Doñana, la contaminación minera, el expolio de los bienes naturales, el despojo de nuestros derechos, el trabajo esclavo, principalmente femenino, no son sino manifestaciones de una misma y terrible realidad. En Andalucía se está librando una dura lucha por la vida, por todas las vidas. De nosotros, del pueblo andaluz depende que la vida deje de ser un recurso explotable y vuelva a ser un derecho inalienable.

¡Por una Doñana viva, por un pueblo andaluz sin sed de agua y de derechos. Viva Andalucía Libre!