Sobre la confluencia (en Cádiz capital)

132

Nunca he sido partidario de la unión de la izquierda «per se», creo en la unidad pero no como respuesta a un anhelo histórico, sino con un horizonte común y un camino compartido. Un horizonte común y un camino compartido en el que se respete la diversidad, se reconozcan las diferencias y se comprendan los espacios de independencia.

Decía Pepe Mujica que la política no es sólo el “deseo”, sino también el “mientras tanto”. Hoy, ahora, actualmente, tras años y años de arañazos, de golpes, de estrés, de madrugadas en vela y, sí, de momentos de verdadero sufrimiento, tengo la convicción y la certeza de que quienes nos acompañamos en esta andadura temporal en la institución son mis compañeros y compañeras, puedo calificarlos así. Compañeras y compañeros con los que comparto “deseo”, pero también el “mientras tanto”.

Todo ello, desde las premisas nombradas antes y que son irrenunciables, pero también con la certeza de sabernos y reconocernos en la necesidad de esa unidad.

Por eso, no entendería, ni querría, renunciar a una confluencia que no es sólo un pacto, sino una construcción de a diario. Por eso, no comprendería que se barajara otra hipótesis. Menos aún que se cocinaran desde fuera de Cádiz, que lo impusieran lejos de las fronteras donde disputamos la rutina de cada jornada, y por estrategias que maniaten lo que venimos años reivindicando: el municipalismo. Su particularidad y su autonomía.

Por eso, y porque no me quiero imaginar el día en el que haya que rendir cuentas. En el que me pregunte mi hijo, mis sobrinas o mis sobrinos por estas fechas y por lo que hice y cómo lo afrontamos, tenga que responder que nos perdíamos en mil batallas internas a la izquierda del tablero, olvidando lo importante.

No me quiero imaginar cuando nos juzguen y digan que mientras legitimaban el Golpe de Estado, mientras mataban al grito de maricón, mientras señalaban a niños migrantes, mientras se calentaba la tierra y se secaban los embalses, mientras frivolizaban y arrebataban el término libertad, atomizamos cada espacio hasta casi la irrelevancia. Y perdimos cada atalaya. Las pocas que nos quedaban.

Así que por difícil que resulte, por complicado que parezca y por mucha resignación que acumulemos, tenemos que apostar por la unidad en aquellos lugares donde aún resulte posible. Por la sensación de que no sobra nadie y sin embargo me falta gente. Y porque por encima de las siglas y las deferencias se encuentran las causas por las que luchamos que son, como dijo Diamantino García, “difíciles, pero tan justas que algún día las ganaremos”. Las ganaremos. En plural. En colectivo.