De la Andalucía deseada a la posible

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En los últimos tiempos se habla de la tercera ola de andalucismo, y hay mucho debate en las redes sociales acerca de ello. También un intento de reunir fuerzas y voluntades para construir un sujeto político que defienda Andalucía de la depredación y el centralismo. Todo ello es encomiable pero no es suficiente, como trataré de explicar.

Creo que el pasado marca el presente, pero el futuro sólo es resultado de lo que hagamos, o dejemos de hacer, en el presente. Y el pasado nos indica que Andalucía fue colonizada por las fuerzas denominadas castellanas y católicas, una colonización que afectó profundamente a su economía, su cultura y su identidad. De la diversidad de creencias (cristiana mozárabe, judía y musulmana) y de pensamientos en tiempos anteriores a esta conquista y colonización, se pasó a una uniformidad cultural y religiosa. La población trabajadora, que siempre es el soporte de la economía, junto a los recursos naturales, fue desposeída de su manera de administrar y decidir sobre sus bienes y recursos, y su poder fue transferido a un sistema dominado y controlado por una aristocracia colonial, haciendo posible que los beneficios de nuestra economía sean transferidos fuera de nuestras fronteras. Y en esa dinámica colonial seguimos aún, donde Madrid, como centro del poder actual, es la receptora de dichos beneficios.

Así podemos comprobar que el problema radical de Andalucía es múltiple, que va desde la posesión y administración de sus recursos naturales, la explotación de su fuerza de trabajo y, por supuesto, la negación de valores identitarios y culturales. Como dice Albert Memmi en su Retrato del colonizado: “el colonizado no se siente ni responsable, ni culpable, ni escéptico; simplemente está fuera de juego. Pero en modo alguno deja de verse sometido a la historia; por supuesto, cargando su peso, a menudo más cruelmente que los demás, pero siempre como un objeto. Acaba por perder el hábito de cualquier participación activa en la historia, y ya ni siquiera la reclama. A poco que dure la colonización, llega a perder hasta el recuerdo de su libertad; olvida lo que cuesta, o no se atreve a pagar el precio. Si no, ¿cómo se explica que una guarnición de unos pocos hombres pueda sostenerse en un puesto de montaña? ¿Que un puñado de colonizadores, a menudo arrogantes, pueda vivir en medio de una muchedumbre de colonizados?».

Teniendo en cuenta ese pasado, pensar que con sólo llegar al gobierno en unas elecciones, por muy democráticas que sean, vamos a superar las múltiples causas que bloquean el desarrollo de nuestro pueblo y en todos los ámbitos, es como soñar despierto. Para superar ese bloqueo exige elevar la autoestima de la gente que conforman el pueblo andaluz, y ser capaz de tomar conciencia de que su fuerza de trabajo, de su capacidad creadora y productiva, de sus conocimientos técnicos y científicos, junto a los bienes que nos ofrece la tierra en la que habitamos, y ellos son los únicos que deben decidir su bienestar y su futuro. Sin una base social consciente, decidida y organizada, los partidos políticos solo podrán servir de comparsa o servidores de los que controlan el verdadero poder. Ejemplos los tenemos muy cerca, solo mirar cómo se ha gobernado la Junta de Andalucía en los últimos cuarenta años, en manos de un partido que se llama “socialista y obrero”.

Cuando a menudo se habla de burguesía y su revolución industrial, se suele ignorar que, a diferencia de Cataluña y el País Vasco, en Andalucía lo que ha prevalecido es el sistema colonial, con el cual lo importante ha sido extraer las materias primas que nuestra tierra albergaba (por ejemplo Rio Tinto), y no el desarrollo de las fuerzas productivas autóctonas. Y esa realidad sigue castigando a la gente de Andalucía, forzando a nuestra gente a emigrar en busca de trabajo, antes como mano de obra barata y hoy como mano de obra cualificada, que al fin y al cabo, es la misma dinámica. Y para cerrar el círculo de dependencia se ha ido desmantelando nuestra poca industria (Hytasa, Intelhorce, los Altos hornos, fundiciones de hierros y acerías de Málaga[1], etc.) para hacernos depender del monocultivo del turismo. Y nuestros políticos del Partido Socialistas y Obrero Español, que durante cuarenta años han controlado el gobierno andaluz, no se ha preocupado por impulsar una industria que transforme nuestra producción agrícola, capaz de competir en calidad y precio. El PSOE ha seguido la misma dinámica colonial, y cualquier decisión estratégica a seguir en Andalucía siempre ha estado supeditada a lo que se decidiera en Madrid.

El problema, pues, no es lograr ganar unas elecciones y gobernar, pues si no existe en el pueblo andaluz la autoestima suficiente y la auto organización en cada ciudad y pueblo, seguiremos bajo la bota del “señorito”, una figura que mejor representa al señor colonial, arrogante y autoritario. Por tanto, hay que combinar la estrategia de la hormiga, todos juntos y poquito a poco, pero sin olvidar que, como decía Machado, se hace camino al andar. Y lo importante no es llegar a la meta, sino caminar y compartir nuestras viandas en el camino con nuestros vecinos y amigos.

Autoría: Paco Gamboa. Jubilado, andalucista. Autor de «Andalucía como Matria.»

[1] Escriturada en Bruselas el 10 de mayo de 1899, con sede social en Marchienne-au-Pont y domicilio administrativo y de explotación en Málaga. Altos hornos de Málaga, articulo de Cristóbal García Montoro en el diario “La Opinión de Málaga”.