De sotanas y ovarios

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No voy a hablar de la inveterada costumbre de la jerarquía católica de inmiscuirse, de hoz y de coz, ella, cuyo reino no es de este mundo, en los asuntos mundanales, opinando sobre los cambios políticos, si sospechan que pueden no serles tan favorables, que no desfavorables, para sus intereses, tan mundanales, de nuevo, que se ubican con escandalosa frecuencia en la cartera o en los genitales.

Hoy de lo que quiero hablar es de las relaciones tormentosas que se empeñan en tener las sotanas con las mujeres. Me refiero, a los “nuevos”, por adjetivarlos de alguna manera, cursos prematimoniales. Que conste que no me parece ni bien ni mal lo de los cursos; no es mi problema. Que duren de dos a tres años me parece hasta divertido, habida cuenta de que no voy a hacer uso de ellos. Supongo que a quienes los quieran o deban utilizar les parecerá coherente. Cosa bien distinta es su contenido. A pesar del esfuerzo por presentar contenidos bien organizados, como si de unidades didácticas se tratara, aunque la práctica flojea; a pesar de hacer hincapié en que en su elaboración han participado matrimonios de larga trayectoria, cristianos a machamartillo, sin duda para acallar a quienes duden de la sabiduría matrimonial de unos ministros de Dios, célibes forzosos en teoría. A pesar de todo ello, el contenido de los mismos mantiene intacto el tufo a sumisión que ya predicara Pablo de Tarso, a quien la caída del caballo parece que sí le dejó secuelas, sobre todo en lo referente al papel de las mujeres y a su estatus dentro del matrimonio. Todavía no comprendo cómo algunas parejas, pero sobre todo ellas, no abandonan el altar, tras escuchar los textos paulinos, que se siguen leyendo con absoluta impavidez en el rito matrimonial. Y esto porque la doctrina marca identitaria del matrimonio católico es un contrato entre desguales, en el que a duras penas se tratan de paliar los efectos de tal desigualdad contra las mujeres invocando la buena voluntad, el amor y la caridad cristiana del marido, ya ves tú.

Pero una cosa son los dichos y otra los hechos. Y en materia de hechos, la jerarquía católica andaluza va por delante, en ser reaccionaria y en constituirse en la reserva espiritual de Occidente. Conocidas son las ambiciosas e ilegítimas maniobras de las inmatriculaciones, las declaraciones delirantes de algunos obispos “del Sur”, como se llaman, o los nombramientos epatantes de algunas personas para desempeñar responsabilidades políticas. La última, la de la señora Lechuga Varona, doña Trinidad, quien coordinará la Estrategia de Salud Sexual y Reproductiva de Andalucía. Ella, que viene de dirigir el Secretariado para los cristianos perseguidos de la Diócesis de Córdoba. ¿Cristianos perseguidos, dónde? ¿En Córdoba, en Andalucía, en el mundo? Ella, digo, será la encargada de bendecir nuestros ovarios, para que se vuelvan fértiles, de vigilar nuestros ciclos menstruales, para que no hagamos trampa, de supervisar nuestras relaciones sexuales para que se orienten a la procreación y tengan lugar siempre en el seno del matrimonio… Y deberá coordinar las estrategias…. Ardo en deseos de conocer sus estrategias. En serio.

Claro que esto ocurre, en primer lugar, por permitir, y el feminismo institucionalizado lo ha permitido y propiciado, por acción o por omisión, que nuestra sexualidad se haya convertido en un asunto de salud, antes que en un ejercicio de radical soberanía sobre nuestros cuerpos; y que sea una administración pública la gestora de la misma. En segundo lugar, el nombramiento de personajes como este, perfectamente coherente con el nuevo gobierno y la jerarquía eclesiástica andaluza, se apresta así a cooptar otros espacios y a ampliar su ya bastante amplio ámbito de influencia social. Pero no olvidemos que en Andalucía, con los 36 años de pesoísmo, la Iglesia católica ha gozado de una etapa de “extraordinaria placidez”, que dijo el otro.

Pues habrá que refrescar los viejos eslóganes y reinventar alguno que otro. Para empezar, habrá que conminar a esta caterva a que mantengan sus rosarios lejos de nuestros ovarios. Y para continuar, recuerdo ahora un eslogan que vi escrito en un muro, en Perugia, Italia, no hace mucho: “cloro al clero”. Este eslogan, que no necesita traducción, no lo entiendo como una incitación a la violencia anticlerical, en la línea del anticlericalismo decimonónico, sino más bien como una invitación a que la jerarquía eclesiástica utilice el cloro para blanquear, en primer lugar, sus negros pensamientos sobre las mujeres, en segundo lugar sus sucias ideas sobre el sexo. Tal vez con un poco de blancura en pensamientos e ideas consiguieran atraer a su seno, al de una iglesia que se dice misericordiosa y acogedora, a tantas mujeres a quienes han empujado a sus márgenes, cuando no directamente extramuros. Me refiero a las mujeres que militan en las comunidades cristianas populares, que viven y sienten un cristianismo cercano a Jesús de Nazaret y a quienes molesta tanta declaración delirante de la jerarquía y tan poca empatía con lxs pobres, lxs deshauciadxs, lxs migrantes…. A las teólogas que se niegan a callar y a dejar la interpretación de los textos en manos exclusivamente masculinas. A las católicas por el derecho a decidir, que no quieren abandonar su calificación de católicas, pero que pelean por conseguir que las mujeres de una vez por todas, en función de la libertad de conciencia, dejen de ser consideradas seres aminorados y faltos de capacidad para decidir sobre su cuerpo, su sexo o su maternidad. A tantas mujeres comunes y corrientes, que hacen trabajo en los barrios y en las parroquias y a las que no se permite ni siquiera acceder a los cursos de formación para poder leer los textos evangélicos en las ceremonias religiosas.

Muchas de estas mujeres se piensan y se sienten feministas, cristianas y… excluidas.

La señora Lechuga, ella que debe de tener experiencia en cristianos perseguidos, debiera ocuparse de eso. Pero para ello la jerarquía eclesiástica, y la andaluza muy especialmente, debería lavarse las ideas con el detergente de la empatía, la solidaridad y los derechos humanos. Así tal vez la iglesia dejara de hacerse la víctima y empezara a escuchar activamente a tantas cristianas, a tantas mujeres válidas y valientes. Y a quienes somos agnósticas, ateas, descreídas o creyentes a la manera de cada cual, que dejen de considerarnos territorio de misión. Ni somos susceptibles de ser evangelizadas, ni vamos a ser su coartada para alcanzar el paraíso, ni vamos a regir nuestra vida, nuestros afectos y nuestra sexualidad por valores en los que no se contempla la soberanía de los cuerpos, el derecho a decidir y el respeto a la libertad de conciencia.

Y a los nuevos gabinetes donde se van a arreglar, ojalá, los asuntos mujeriles, menos hablar de feminismo y más plantear medidas feministas. Medidas que no hay que adjetivar, pero que sabremos reconocer como tales por su capacidad emancipatoria y de transformación. Ya ha pasado el tiempo de predicar. Queremos trigo.