El aparato para pensar los pensamientos y la izquierda

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El psicoanalista británico Wilfred Bion describió la mentalización como un proceso que permite al bebé ir transformando el cúmulo de experiencias, sensaciones y percepciones fisiológicas y rudimentarias en pensamientos. Las sucesivas experiencias de frustración y adversidad que siente el bebé le impulsan, cuando el ambiente afectivo y de cuidados es propicio, a generar lo que él llama un “aparato para pensar los pensamientos”, es decir, una función que facilita procesar las experiencias somáticas, las tensiones internas rudimentarias y las descargas motoras mediante su expresión mentalizada. Así nace el aparato psíquico que permite soportar la frustración y tolerar el sufrimiento. Cuando este proceso tiene dificultades, Bion habla de problemas psicosomáticos y de “pensamiento vacío”.

El “aparato para pensar los pensamientos” de la izquierda.

La izquierda mundial arribó al siglo XXI como una fuerza vencida. La caída del muro de Berlín y la intensa hegemonía internacional del neoliberalismo infligieron una dura derrota a los ideales de emancipación y al socialismo como un horizonte utópico anticapitalista que permitiría la justicia social. Esta fuerte sensación de derrota se ha expresado como melancolía[1], debilitamiento organizativo y electoral y predominio de una suerte de “pensamiento vacío”, como avería estructural de la “máquina de pensar los pensamientos” de la(s) izquierda(s). En esta travesía del desierto, las insuficiencias intelectuales y lo que Daniel Bensaid llamó “el eclipse de la cuestión estratégica” se han ido rellenando, en parte, con mucho “pensamiento vacío”, expresión de la debilidad política y de la colonización ideológica.

Vamos a repasar algunos de estos tics intelectuales que funcionan como pseudomentalización política y “pensamiento vacío” en ausencia de un esfuerzo genuino de elaboración y rearme políticos.

1.Moralismo. El moralismo es utilizado por las élites y sus mandarines ideológicos como un sustituto de la inmoralidad. En el caso de las izquierdas, sin embargo, el moralismo funciona como estrategia de consolación ante la ausencia de análisis político estratégico. Así, en tanto una forma de antipolítica, se utiliza como lección ética orgullosamente aplicada a los otros[2] extrayendo los principios morales de la política y despolitizando la vida personal ahora moralizada:

qué cavernarios son los fachas!!”, “qué irresponsables los abstencionistas!!”, “nosotros merecemos ganar porque somos más limpios y honestos, no nos corrompemos y no nos aferramos a la política, tenemos un puesto de trabajo fuera”, “qué demonio es Trump”, “qué inhumanas e insensibles las autoridades europeas frente a los inmigrantes”.

Se trata de la condena psicologista de los efectos sin crítica materialista de las estructuras y las causas. Criticar, por ejemplo, a la monarquía por los vicios y defectos morales del Rey y no por la naturaleza intrínsecamente perversa, corrupta y antidemocrática de la institución, a los políticos corruptos desligándolos de la institucionalidad y legalidad del régimen político que facilitan la hibridación entre lo público y el interés privado, sermonear sobre los efectos de las políticas de austeridad dictadas por Bruselas sin mencionar el armazón jurídico y político de la UE (Tratados europeos, etc.), denunciar las políticas migratorias de la UE sin relacionarlas con las “intervenciones humanitarias” occidentales, la OTAN y el neocolonialismo capitalista.

2.Cosmopolitismo liberal. La globalización neoliberal ha tenido como complemento intelectual y retórico al cosmopolitismo neoliberal[3]. Teorizado por los departamentos de relaciones internacionales de las universidades estadounidenses, el cosmopolitismo neoliberal se diseminó como cháchara ecuménica sobre las «intervenciones humanitarias» y una beatífica única raza humana que sería beneficiada por el libre comercio bajo el marco jurídico compartido de las democracias liberales. Todo ello para dar lugar a un «orden global» (y al fin de la historia). En medio, las naciones canallas (Afganistán, Iraq, Libia, Siria, Cuba, Irán, Venezuela…) y las barreras laborales, fiscales, medioambientales, democráticas, etc. que no tragasen con esta buena nueva se atendrían a las consecuencias (bloqueos, devastaciones, desregulaciones, etc.). Este cosmopolitismo, en cuanto internacionalismo liberal de las élites, ha defendido la superación de las constricciones derivadas de la soberanía nacional y la instauración de un «gobierno global», auténtica cartografía de la dominación occidental y eufemismo para definir una arquitectura de organismos internacionales al servicio de las prerrogativas y dictados estadounidenses (FMI, OMC, incluso el Consejo de Seguridad de la ONU), y con la UE y algunas pocas naciones desarrolladas más como aliados privilegiados en un mar de estados debilitados y castigados. Increíblemente, es esta retórica cosmopolita (y sus banalidades como anzuelos ideológicos… contra las banderas, contra las fronteras…) la que, en gran medida, han introyectado las izquierdas incapaces de mantener un discurso propio integrador, dialécticamente, de la defensa de la(s) soberanía(s) (nacional, alimentaria, financiera…) con la política fraternal e internacionalista que está inserta, históricamente, en su genética. Resulta paradójico, pero, cuanto más cosmopolita se proclama la izquierda en la actualidad, menos interés muestra en hablar de lo que ocurre en otras naciones (así, a pesar de la criminalización permanente y omnipresente de las fuerzas del régimen español hacia gobiernos como los de Cuba o Venezuela, véase por contraste la ausencia crónica de respuesta, mención y defensa por los dirigentes de las izquierdas, no sólo respecto de Venezuela o Cuba, sino también de Gaza, Libia o Yemen, por ejemplo. Cosmopolitismo “progre” y ciego y sordo a lo que ocurre fuera de nuestras fronteras).

3.Fetichismo del método. Es sobre todo a partir de la onda expansiva que genera el 15M cuando las nuevas sensibilidades de la política progresista se autoafirman hipostasiando la discusión sobre las formas democráticas. De este modo, el (sano) radicalismo democrático desemboca, sin embargo en muchas ocasiones, en la fetichización del método y su autonomización. Se desarrolla una cultura política del proceso que impone un debate permanente sobre las formas, clausurando cualquier discusión sobre los contenidos. Así, los procesos colectivos de deliberación no son sino interminables y rudas discusiones en torno a los procesos de confluencia, discusiones técnicas (partido instrumental, agrupación de electores, coalición electoral…) desconectadas muchas veces de la estrategia política. La metodología se erige en la instancia central, autosuficiente y sustitutiva de cualquier otra esfera de discusión política. La sacralización de las formas impulsa la expansión y banalización de procesos internos autoreferenciados (primarias, votaciones, listas), un furor “democrático” y metodológico que erosiona y subestima toda inquietud por la elaboración intelectual y la discusión política. Parafraseando la formulación de Marx sobre el fetichismo de la mercancía, se podría decir que los métodos poseen un don natural democrático que se eleva por encima de la gente y que la relación entre las formas democráticas, dotadas de vida propia, sustituyera a la, ahora inanimada, relación democrática entre las personas.

4.Mal menor. La cultura del realismo y del “mal menor” para encubrir la ausencia de ambición política y la resignación bajo una panoplia de realismo y fraseaología hueca (“mejorar la vida de la gente”). Ausente toda pulsión destituyente y contrahegemónica, la(s) izquierda(s) terminan orbitando en régimen de subalternidad el campo político de la (antigua) socialdemocracia, hoy social-liberalismo, todo ello como ejercicio de responsabilidad “frente a las derechas”. La lucha por “lo posible” termina como estrategia para confrontar como ilusoria cualquier reivindicación que exceda y rebase los contornos del régimen político. El mal menor es una reivindicación de lo biempensante y una desautorización de lo desobediente y lo rupturista. Bajo el malmenorismo, el futuro traerá, como por encanto, lo que anhelamos, la república, la eliminación de los privilegios… y entre tanto, el realismo actúa dique de contención de las derechas (aunque nunca se explica de qué suelo político brotan ni por qué crecen tanto las derechas).

5.Presentismo. Las izquierdas parecen atrapadas en el presente como “tabula rasa” en la que no resuena ninguna memoria ni contiene prospectivas o visiones del futuro. Melancolizada por el fracaso del “socialismo real”, las izquierdas no encuentran el ánimo para reivindicarse en el legado de experiencias de luchas emancipatorias anteriores, al modo como los bolcheviques y espartaquistas veían en la revolución francesa de 1789, en 1848, en la Comuna de París o en el 1905 ruso sus propios dramáticos y luminosos antecedentes. Las izquierdas no exhiben nostalgias, como si fuesen un producto sin historia ni recuerdos del momento presente, pero tampoco muestran signos de ninguna “conciencia anticipatoria”. Al modo del programa neoliberal y sin deseos de prefigurar visiones de mundos alternativos, no parece existir otro horizonte de posibilidad para el desarrollo humano que el tiempo actual y el marco cerrado de las democracias liberales y su ideología vacía del “progreso”. Para la generación joven que vive este presente, el pasado y el futuro de las actuales izquierdas resultan abstractos, inimaginables. Incapacitado para soñar y carente de todo “principio esperanza”, el “aparato de pensar pensamientos” es estático, como atrapado en ámbar y no dialéctico. “A menudo aprehendida bajo el concepto de «presentismo», esta experiencia del tiempo exhibe una aceñeración permanente dentro de una estrctura social «naturalizada» y eternizada, es decir, concebida y considerada como inmutable, sin ninguna alternativa posible[4]. Como un proyecto de laboratorio nacido en una probeta, sin legado ni memoria de la que reivindicarse ni futuro al que proyectarse no hay modo de hilvanar las propuestas hacia un devenir alternativo, ni, como evocaba Walter Benjamin, ligándolo a “la imagen de los antepasados esclavizados” pero tampoco al “ideal de los descendientes liberados[5].

Entrando en la tercera década del siglo XXI, la(s) izquierda(s) resisten, en gran medida, desbrujuladas, sin apenas coordenadas históricas en las que reconocerse ni ambición estratégica y utópica, atrapadas en el tiempo presente y eterno del programa neoliberal, muy desvitalizadas e incapaces de retomar las pulsiones intelectuales y de confrontación radical anticapitalista. En este contexto, su “aparato de pensar los pensamientos” se ve infiltrado, colonizado y contaminado por las ideas de los grupos sociales dominantes y por automatismos discursivos no mentalizados, al modo de expresiones somáticas sin elaborar intelectualmente y que ahondan en esta desorientación estratégica. Reconstruir desde la independencia política el aparato de pensar los pensamientos de las fuerzas anticapitalistas es una tarea central para un programa emancipatorio capaz de enfrentarse a los retos de este nuevo siglo.

[1]     Melancolía de la izquierda. Enzo Traverso

[2]     La política fuera de la historia. Wendy Brown. 2014

[3]     “El cosmopolitismo neoliberal”. Peter Gowan. New left review n.º 11

[4]     Melancolía de la izquierda. Enzo Traverso

[5]     Utopía y mesianismo. Bloch, Benjamin y el sentido de lo virtual. Daniel Bensaid. Viento Sur, 2008