Flamenco: cuando la fragua traspasa los tiempos

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El pasado 16 de noviembre se conmemoró -como viene sucediendo desde 2010 en esa fecha- el Día Internacional del Flamenco. Que si la institucionalidad, que si el reconocimiento, la UNESCO, los homenajes, la visibilidad, los titulares en algún que otro telediario, las fotos de cara a la galería, actos con pretensiones más comerciales que otra cosa… To eso está muy bien, pero el significado del flamenco es mucho más que buena parte de todo eso, y sobre todo, el flamenco va más allá de un día, de una fecha concreta y rígida: es la forma sinigual que un pueblo tiene de dirigirse al planeta entero; un grito de resistencia y de espíritu rebelde; una fragua milenaria que conserva la dignidad de los dolores cantaos y la fuerza de las alegrías bailás.

Este sentimiento llamado flamenco ha sembrado con el paso de los siglos muchas semillas, ha criado muchos retoños, cada uno con sus aspectos diferenciales, pero todos ellos con elementos en común y con un eje vertebrador: tienen sangre flamenca. Entre sus vástagos, uno de los más autónomos es, sin duda, el carnaval cantado arraigado a Andalucía (amplia es la memoria que une el flamenco con el carnaval de las letras, tan propio de estas tierras, continuación histórica del origen y de la esencia del carnaval en su más amplio y universal sentido, que sí se remonta a épocas inmemoriales; además, ya saben: “Cádiz, una de las cunas de ambos cantes”). Pues bien, Juan Carlos Aragón Becerra, profeta de la religión del carnaval y apasionado del flamenco, logró transmitir en 2019 de forma única, emocionante, la dimensión del arte de las artes. Lo hizo a través de su comparsa La Gaditaníssima, con un pasodoble inédito que no conocimos hasta muchos meses después de haber fallecido el genial autor. Los versos de Aragón, que se declaraba “flamenco de condición y de vocación” y que fue valiente con todo aquello que tocó (“me duele ver la prostitución mercantil con la que muchos están hoy pervirtiendo el flamenco”), dicen así:

“La luna vino a la fragua con su polizón de nardos…»
para escuchar a un gitano cantar
el son celestial de un taranto,
el mismo que sigue sonando
en la fragua universal.
Y de la fragua hasta el mar,
y más allá de los tiempos,
suena el amor y el dolor
como el más jondo lamento.
Rebuscando en el alma
de la música nuestra
un segundo de fiesta
y un redoble de palmas.
Esas palmas que tocaba
la mano encallada de mi Andalucía,
entre el vino y la alegría
por bulería y por tientos,
mientras marcaba el compás
de un pueblo que el sufrimiento lo convertía en flamenco,
y esa fue su libertad.
Por el Beni, por la Perla,
por el gran Andrés Heredia,
Manolo Vargas y Fosforito.
Por Caracol y Mairena,
la Aurora y el Pansequito.
Por la madre que pariera
al Mellizo en primavera.
Por la Lole y el Manué.
Por Terremoto de Jerez, el Pericón y la Paquera.
Por el hijo de Dios, Camarón de la Isla,
y la mano derecha de Paco de Lucía,
que no se apague la fragua de la libertad
más pura de mi Andalucía”.

Letra que quita las tapaeras del sentío y que podría seguir interminablemente su homenaje expresivo: por la consanguínea y especial relación que une al pueblo gitano con lo flamenco, y por sus raíces andalusíes y mestizas -moras, judías, negras, africanas, de nuevo gitanas- (lean la maravillosa obra de Antonio Manuel: Flamenco. Arqueología de lo jondo. Editorial Almuzara. 2018), y por su fusión con artes hermanas como las representadas por Lorca o por Salvador y Pilar Távora, y por los tablaos, y por los palos, y por ese olé que más bien es ole e incluso ele, y por la guitarra y el taconeo, y por las cuevas de Graná y las escuelas del lejano Japón, y por las peñas y las tertulias, y por el embrujo y el misterio, y por el esfuerzo y el trabajo, y por el duende y el quejío… ¡Agua!

Y por Enrique Morente y su don eterno para la creación, y por la inmortal Lola Flores, y por el legado de Diego del Gastor, y por la magia y el poderío de las familias Amaya (Carmen, Francisca, Remedios, Juana…), y por la lucha y la verdad de José Domínguez Muñoz El Cabrero, y por la constancia de Matilde Coral, y por Rafael Romero El Gallina, y por la Niña de los Peines, y por Marchena, y por la Fernanda y la Bernarda de Utrera, y por Sabicas, y por Valderrama, y por Carmen Linares, y por José Mercé, y por Tomatito, Moraíto, Sanlúcar o Amigo, y por Manuela Carrasco, y por Raimundo, y por Martirio, y por Josele de Almería, y por La Macanita, y por Arcángel, y por Argentina, y por el Niño de Elche, y por Dani de Morón, y por Rosario la Tremendita, y por Israel Fernández, y por Rocío Márquez, y por quienes ya desde niños son puro flamenco…

Y por muchísimos nombres más del ayer, del hoy y del mañana que, junto con los aficionados y aficionadas a esa seña de identidad social-cultural-popular llamada flamenco, han desarrollado una realidad que con el transcurrir de los años traspasa escenarios, libros y museos, hasta convertirse en el día a día de la gente de muchos rincones de la Tierra, especialmente de nuestra Andalucía, modelando y dando sentido a nuestro expresar, a nuestro pensar, a nuestro sentir e incluso a nuestro vivir.

Pasó el 16 de noviembre, Día Internacional del Flamenco. Pasó la mera fecha, pero sigue y pervive lo importante: el flamenco, que significa mucho más de lo que estas líneas serán jamás capaces de saber explicar, y que va más allá de lo que un día al año marca en el calendario. Por eso: salud, libertad y vida eterna a las fraguas que traspasan los tiempos. ¡Viva el flamenco!

Autoría: Juan Diego Vidal Gallardo. Periodista y escritor moronense. Mirada siempre atenta a la(s) cultura(s), las causas sociales, la diversidad, la igualdad o el colectivismo.

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