Hasta… en la sopa

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Tenemos a Madrid y a sus habitantes hasta en la sopa. Así ha sido siempre pero últimamente lo es más, mucho más. Sería una curiosidad antropológica saber qué opinan de la letra de su himno escrito por el filósofo Agustín García Calvo, los actuales gobernantes madrileños, desde Vox a Ciudadanos pasando por los del PP. Desde luego, creo, les rechinará la estrofa inicial que dice: “Yo estaba en el medio: giraban las otras en corro y yo era el centro. Ya el corro se rompe ya se hacen Estado los pueblos, y aquí de vacío girando sola me quedo”. ¡Qué digo rechinar! Les pondrá los pelos de punta. ¿Qué Madrid no es ya el centro? ¿Qué se hacen los pueblos Estado? ¿Qué solo se queda? De eso nada. Todo lo contrario. Madrid hasta en la sopa porque es España y Ehpaña no es nada sin Madrid.

Que se pongan o no vacunas en un hospital madrileño sea noticia “nacional” resulta cansino. Lo mismo que las políticas negacionistas, darwinistas sociales y sembradoras de confrontación de su presidenta sean la representación de la política nacional. Que sus mentiras se conviertan en verdades de fe es una anomalía que, esperemos, se circunscriban a los límites de ese centro que se resiste a dejar de serlo aún a costa de dejar el solar ibérico como eso, como un solar. Que el campanario madrileño quiera ser el faro de las Españas es una broma pesada. Precisamente por eso debe servirnos para, ya que lo aguantamos de grado o de fuerza, reflexionar sobre lo que nos afecta.

Quizás el elemento que nos debe preocupar más es la relación que existe entre más de veinticinco años de gobierno por parte del PP más derechista que hasta mantiene en su seno a la extrema derecha mocorroña hispana. El resultado ha sido la aparición de unos sectores sociales que, en buena parte, se cree sus políticas anti-públicas, de sectarismo educativo, de ley del más fuerte y, en estos últimos tiempos de epidemia, de normalización de las muertes (todavía eriza la piel lo ocurrido en los asilos), de priorizar los beneficios económicos y actuar con un egoísmo propio del colonialismo británico. Que esas políticas hayan calado entre los madriles y que, además, se pretendan generalizar en otros territorios debe encender todos los semáforos. Por ejemplo en Andalucía, en donde apenas llevamos cuatro años de gobierno del PP y no del extremo como en Madrid.

Las lluvias que han creado estos lodos vienen de lejos. De ese también debemos aprender por aquí. Décadas de políticas derechistas, bajo un ropaje progresista en el mejor de los casos, terminan por escoger al original de toda la vida. Y eso que en estas tierras existe la vacuna, aunque cada vez con menor efecto, del terrorismo golpista y franquista. Porque, entre unos y otros, también en Andalucía hay quienes se creen que el señor Gabilondo en Madrid es un peligroso bolchevique o que Pablo Iglesias sea un bolivariano que prefiera morir en el metro de Caracas antes que en el de Nueva York como decía Felipe González. No olvidemos los doce diputados de Vox en el parlamento andaluz. Los mismos que las provincias andaluzas llevan a las cortes nacionales.

Estamos a un paso de que se produzca el fenómeno madrileño que cuenta, además, con la ventaja de la amplificación de unas administraciones y unos medios de comunicación que hacen del centralismo una de sus señas estructurales. De grado o de fuerza. Véase lo que ha ocurrido por estas tierras con el estallido de la burbuja partidaria surgida del 15M o, desde hace ya décadas, con la estructura del PSOE que sólo es federal, a modo de maza que enarbolar, para pelearse internamente. Los andaluces debemos preocuparnos porque, en situación de dependencia absoluta, de debilidad cívica absoluta (salvo para procesiones, romerías y otros festejos varios), de analfabetismo político-social, sólo nos queda confiar en ese sentido común que, como sabemos, es el menos común de los sentidos. Uno, aunque viva en la tierra que dicen los católicos que es de María Santísima, ni pertenece a ese club ni cree en los milagros.

Pienso que hay que establecer un cordón sanitario con la política madrileña. Un cierre perimetral que no convierta en propio algo ajeno, que ya tenemos bastantes con los de aquí, no creo que haga falta señalarlos, para no tener que cargarnos encima con personajes como Abascal o Díaz Ayuso; o con pijos del barrio de Salamanca y urbanizaciones como la de Mirasierra construida por presos esclavos del franquismo. Ni siquiera con desclasados mesetarios que abrazan camisas verdes o azules.

Atención al disco rojo. Nos jugamos más de lo que podemos pensar. Que la ideología existe.