La dieta sostenible y la acción colectiva: apuntes para un enfoque agroecológico biorregional

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Cuando nos ponemos a pensar en la dieta media que realizamos cualquiera, la idea clave que viene a la cabeza en primer lugar es aquella relacionada con la nutrición: una dieta buena es aquella que es saludable, nutritiva y equilibrada. Sin embargo, poco nos planteamos qué ocurre detrás de nuestra dieta, precisamente porque hemos disociado aquello que injerimos de su base cultural y material. Este suceso, definido ya hace tiempo por Marx como fetichismo, tiene que ver con el proceso de mercantilización y parcelación de esferas de la vida sometidas a un sistema capitalista en constante expansión. De este modo y mirándolo de manera histórica, las personas han pasado de saber qué ocurría antes de que un alimento fuera alimento preparado para ser comido (quién lo había hecho, con qué, dónde, que valor tenía, que función social representaba, etc.) a desconocer por completo todos estos eslabones previos y entender el alimento como exclusivamente algo que comprar e ingerir, más aún si es sabroso. Esta segunda vertiente de qué es un alimento está lejos de eliminar la función social que significa ingerirlos: no hay más que ver el papel que juegan las nuevas hamburgueserías de corte chic en las ciudades, un lugar de ostentación al más puro estilo hipster, que tiene una función principal en la distinción social (Bourdieu, 1998), pero en donde el o la consumidor/a desconoce por completo qué ha tenido que darse anteriormente para que esa hamburguesa se presente en su plato con todos sus ingredientes particulares.

En agroecología, el debate sobre adquirir una dieta adaptada a los territorios está vivo, precisamente porque lo que se pretende es repensar, entre otras cosas, las relaciones que se dan entre humanos y el resto de seres que habitan nuestros territorios. Esto no quiere decir que la pertenencia a redes agroalimentarias agroecológicas implica que el/la consumidor@ sabe que ocurre detrás de su comida, sino que se da un acercamiento hacia hacer transparente las condiciones ecológicas y económicas que quedan escondidas por el sistema agroalimentario global. El régimen alimentario corporativo (McMichael, 2009), nombre dado al sistema agroalimentario global, funciona precisamente como un régimen porque domina qué se come y qué no a través de mecanismos mercantiles y concentración de eslabones de la cadena agroalimentaria. La ordenación y estructura de este régimen imposibilita y dificulta mucho la labor de redes agroalimentairas alternativas por alcanzar mayores niveles de consumo, a la par que engulle (o lo intenta) cualquier tipo de propuesta alternativa de producción, como estamos viendo en la agricultura y ganadería ecológica, con su consecuente convencionalización en territorios como el andaluz ((Ramos García, Guzmán Casado, & González De Molina, 2017)

Volviendo al enfoque agroecológico, la escala básica desde la que solemos pensar es el agroecosistema (Guzmán Casado et al., 2018), o lo que es lo mismo, la unidad fundamental que permita mantener los recursos renovables a lo largo del tiempo sin menguar su fertilidad, a la par que permita abastecer las dietas de las comunidades que habitan el entorno. Esto quiere decir que el agroecosistema rara vez se trata de una sola finca, sino de una estructura que abarque distintas explotaciones relacionadas entre sí, de tal manera que los residuos de una de ellas sean los recursos de otra, conectando y enriqueciendo las relaciones ecológicas y sociales. El nivel del agroecosistema lo establece el imperativo de la sostenibilidad: si los recursos existentes que circulan en el agroecosistema disminuyen con el paso del tiempo implica un fallo en la sostenibilidad, y consecuentemente la pérdida de fertilidad de la unidad con el paso del tiempo. Esta pieza, la conectividad entre subunidades del agroecosistema, resulta clave para concebir escenarios ideales en agroecología, precisamente porque la complejidad, la biodiversidad  cultivada y la densidad de las relaciones que se dan son las responsables de los elementos resilientes atribuidos a la propuesta agroecológica. Así, uno de los ejemplos clásicos en agroecología es la gran versatilidad que tiene la cabaña ganadera para mantener los flujos y la fertilidad del agroecosistema. Los animales son compañeros de trabajo, lo que permiten sustituir el uso de maquinarias dependientes de combustibles fósiles, uno de los elementos clave en la insostenibilidad del sistema agroalimentario global (ETC group, 2017; Soto et al., 2016). En pocas palabras, un animal tira, ara, limpia y voltea la tierra. Pero además composta y enriquece la tierra con materia orgánica a través de las heces, lo que no solo es bueno para aquello que se cultiva, sino que beneficia el movimiento de semillas herbáceas utilizadas en fincas agroecológicas como barreras vegetales contra plagas, reduciendo y consiguiéndose eliminar el uso de pesticidas químicos, otro de los elementos que contribuyen a la insostenibilidad de la agricultura convencional. Por último, la cabaña ganadera acumula carne durante su crecimiento, lo que permite tener un reservorio energético necesario en épocas donde la tierra produce menos, con especial atención en altitudes elevadas donde el frío hace que el invierno sea largo y escaso. Las prácticas de conservación y embutido de carne, las matanzas realizadas previo a la llegada invernal o la incorporación de partes grasas del animal que son de larga conservación (salados, desecados, etc. utilizados en la comida tradicional) en la dieta, son alternativas que resultan de la memoria biocultural adaptada a los territorios donde los productos vegetales escaseaban en épocas de más frío.

Quedando clara que una propuesta agroecológica implica conocer y entender que los ciclos bio-geoquímicos y socioeconómicos que se dan en el agroecosistema deben ser el factor limitante para lo que sería una dieta sostenible, la pregunta que nos solemos hacer es ¿qué aspectos o ideas-fuerza tenemos para generar un cambio socio-cultural y económico hacia recuperar patrones dietéticos sostenibles? Quizás acercarnos hacia la dieta mediterránea tan familiar a nuestra historia parece ser el horizonte hacia el que avanzar [1].

El primer elemento que tiene bastante consenso en agroecología es la idea fuerza de priorizar los productos locales. El consumo de productos locales permite acercarse hacia una relocalización del sistema agroalimentario, sistema que a día de hoy se encuentra profundamente internacionalizado y sujeto a mercados globales. Esta relocalización trae asociada la resultante retención de un valor económico en lo local, que fija población a sus territorios porque garantiza un medio de vida a las personas del medio rural que producen los alimentos. Pero además, observando el vaciamiento poblacional brutal del medio rural por parte de las políticas desarrollistas y la agricultura convencional (cada vez más intensiva en capital y menos intensiva en trabajo), la retención del valor en lo local puede ser estratégico para garantizar vidas dignas a los emplazamientos rurales, evitando una desafección política que viene conquistando poco a poco la extrema derecha. Además, el otro factor asociado a local que es el consumo de temporada, implica limitar el consumo de productos cuyas producciones han forzado los ritmos de crecimiento de las variedades. Un consumo local no es garantía pero si contribuye a incrementar la probabilidad de que el producto no haya viajado miles de kilómetros.

El segundo elemento interesante es saber que la transición alimentaria que planteemos, debe comprender y desenmascarar el fetiche de la mercancía. Dadas las condiciones edafoclimáticas andaluzas y la periferización de su economía como gran huerta de Europa, esta tarea implica preocuparse por las condiciones ecológicas y sociales bajo las que se producen los alimentos, porque eso nos afecta a tod@s los que habitamos esta tierra. Preguntar de dónde vienen los productos, intentar acercarse al consumo por venta directa, conocer y difundir experiencias transparentes y justas en la manera de producir, construir comunidad en torno a la comida, son herramientas que promuevan una transición alimentaria capaz de atacar de raíz el papel que tienen los alimentos en el mantenimiento del capitalismo global. Decía un agricultor con el que coincidí hace no mucho que apostar por un proyecto agroecológico es apostar por el cariño por la tierra andaluza, por el cuidado de los recursos disponibles para producir alimentos. Esta propuesta, que resulta un tanto poética, refuerza la idea de que necesitamos construir una identidad alimentaria que fortalezca iniciativas agroganaderas con manejos sostenibles social y ambientalmente en el territorio, y esto puede hacerse a través de la elección y construcción de una dieta sostenible.

Como tercer elemento a tener en cuenta es el enfoque territorial sobre el que actuar. Habitualmente en agroecología nos movemos con experiencias virtuosas de pequeño tamaño, una suerte de innovaciones sociales en estado experimental, pero que no alcanzan los grupos sociales menos politizados. El seguir generando experiencias “de nicho” sin asaltar aspectos clave que bloquean el avance de un sistema agroalimentario suficientemente articulado, a los que denominamos cuellos de botella, implica que la transición alimentaria que proponemos será vaciada y apropiada, porque las grandes corporaciones, esas que controlan el régimen alimentario que citábamos antes, ya se encuentran elaborando estrategias en torno a una transición alimentaria “sostenible” de dudoso calado. Por ello mismo, una de las propuestas que a mi modo de ver es más interesante, es aquel que tiene que ver con estructurar y articular distintas experiencias bajo la óptica biorregional. Esta óptica implica incidir en el territorio teniendo en cuenta las condiciones ecológicas, sociales y culturales que lo estructuran, dejando de lado las estructuras administrativas existentes, con el objetivo en este caso de organizar el conjunto de experiencias de producción y consumo agroecológico de una manera sostenible y justa. En este sentido, quiero incidir en que si nos fijamos en las iniciativas virtuosas de las que forman parte las redes agroalimentarias alternativas, vemos lo que llamamos la esclavitud de la furgoneta, es decir, la dificultad que encuentran iniciativas aisladas de articular un modelo logístico que sea sostenible ecológicamente (de bajo impacto medioambiental), y socialmente (que las horas de transporte impliquen manejos menos cuidados del agroecosistema, o que esas horas no se encuentren como remuneradas). Superar este tipo de situaciones implica mejorar la propuesta agroecológica en su complejidad, promoviendo estructuras intermedias colectivas (food hubs lo llaman algunos, centros logísticos) generando un proyecto político que no implique sacrificio para el eslabón con menos poder en la cadena agroalimentaria, el de la producción.

¿Qué tiene que ver este enfoque biorregional con la dieta sostenible? Mucho, precisamente porque el consumo, como práctica social es una acción política, si entendemos por política la intención de transformar la posición que se da a un grupo en el conjunto de una sociedad. Un acto político desde el consumo implica no solo informarse y elegir qué productos cumplen con la desfetichización del alimento, sino también moverse en la esfera de la acción colectiva biorregonal en la medida en que pensemos en articular el consumo para ahorrar trabajo al productor realizando pedidos agrupados, en garantizar que sus productos son consumidos al precio justo por su trabajo, en impulsar, incidir e involucrar a más gente en el acto político de consumir productos locales, de temporada y agroecológicos. Pero lo que es más, también es organizar estructuras logísticas y de comercialización con principios sociales y solidarios, a través de cooperativas, tiendas sociales, ecomercados, etc. como las experiencias de La FACPE en toda Andalucía, las tiendas como La Rendija o La Ortiga en Sevilla, La Tejedora en Córdoba o la experiencia de SAT Coopera. El consumo, como parte de este sistema agroalimentario, está sujeto a constricciones que le empujan a consumir de una determinada manera. Pero la capacidad de transformar desde el consumo es condición necesaria para una transición alimentaria. Tomar las riendas y cambiar las relaciones de poder desde el consumo implica gestionar y promover estructuras que garanticen la viabilidad social, económica y ecológica de los proyectos desagregados que inundan nuestro territorio.

[1] La dieta mediterránea es, junto con la conocida como dieta asiática, una de las más sostenibles a nivel internacional según indica la FAO.