Las almadrabas gaditanas, espejo de la historia social y económica andaluza

840

No menos que los rollizos, plenos y rozagantes cuerpos plateados de los atunes (los capturados hoy alcanzan de media los 180-200 kilogramos), pesa la prosapia, el linaje, ese aura mítica que viene acompañando a esta pesquería desde tiempos remotos. Sólo situándonos en nuestro horizonte de modernidad, las corografías (dibujos, grabados y apuntes) que fueron mandados realizar por Felipe II en el último tercio del Quinientos para subrayar las más memorables ciudades y acontecimientos de la ecumene del momento, incluían el motivo del atún, sus trabajos y los territorios de la Andalucía atlántica donde se realizaban;  en particular: Cádiz, Conil y Zahara de los Atunes. A finales del siglo XVII decía el Padre Fray Gerónimo de la Concepción, en su obra sobre Cádiz, que “es tan gustoso el entretenimiento, ya por la fuerza de los brutos, ya por la variedad de los arpones y redes con que los prenden y matan, ya por los ensangrentado que suelen dejar el mar, que no hay fiesta de toros que le igualen”. Un siglo después, Don Antonio Sáñez Reguart, Comisario Real de Marina, afirmaba que su espectáculo “interesa no menos que la curiosidad el gusto de ver en dia que se logra abundante matanza” lo que atrae a “embarcaciones con varias gentes que por curiosidad y diversión suelen asistir á estos lances de pesca”; y el padre Mirabent, afincado en la Isla Cristina del siglo XIX, incide en que las almadrabas “pueden demostrar hasta donde llega la industria del hombre[1].

Por mi experiencia con este universo[2], puedo corroborar que el atractivo radica en la combinación de perspicacia, ingenio y lucha, límpido reflejo de actividad civilizatoria en tanto que estas tres capacidades fueron, verbigracia, las que hubo de dominar Zeus para coronarse entre los inmortales, arrebatándoselas a los Hecatonquiros –fuerza bruta-, Cíclopes –agudeza visual- y Metis –que representa la inteligencia en forma de ardid-. Un observar hasta encontrar un patrón migratorio del que aprovecharse sin dañarlo severamente; un idear mecanismos que contegan ese torrente azul y plateado, poniendo a su servicio los condicionantes que suponen fondos y vientos marinos y otros factores ecológicos que inciden en el comportamiento de los peces; y un encauzar la energía fiera de los atunes y de los hombres para poder despiezarlos y distribuirlos por los confines del mundo. Y todo ello, en pocas horas.

Ahora bien, este relato, más que mítico “mitologizante”, suele encubrir una cara a veces menos atractiva y admirable. En primer lugar, que el dominio en la pesquería ha sido ejercido por conspicuas casas nobiliarias, cuyo control sobre los territorios le valía también el poder sobre los hombres y mujeres –sus habilidades y su fuerza-, así como sobre otros bienes de los ecosistemas locales fundamentales para el ejercicio de la pesquera (bueyes, madera, sal…). Progresivamente, estas aristocracias se trocaron en empresariales, de modo que el carácter monopolístico de la pesquería ha pervivido históricamente. Ello supone el mantenimiento de un modelo ciertamente desigualitario en la organización y distribución de una renta dineraria que se obtiene de un bien, el atún, que es jurídicamente público, y cuyo aprovechamiento debe el Estado organizar según criterios ambientales, de eficacia económica, pero también de justicia social. A pesar del prestigio social de la pesquería en su conjunto, durante siglos, el ejercicio de la almadraba era propio de apestados socialmente, patibularios, huidos de la justicia, que eran arrebatados mediante levas militares en ciudades del Mediodía Peninsular, que incluso habían de ser evangelizados en misiones religiosas, como las que organizaba la Compañía de Jesús en el siglo XVI para la casa ducal de Medina Sidonia. Gente pobre, expuesta a los rigores del sol y del hambre, pero que se valían de sus ardides para aprovechar en lo posible lo que el comercio del preciado atún no era capaz de absorber. Por lo que hemos podido documentar en el siglo XIX y XX, las formas de solidaridad, y de resistencia, de las familias que trabajaban la almadraba, ya fuera en los arenales de Zahara, ya en los poblados de Arroyo Hondo (Rota), Sancti-Petri (Chiclana de la Frontera), Nueva Umbría (Cartaya), ya en los cascos urbanos del resto de sitios almadraberos, de Isla Cristina a Tarifa, fueron clave para combatir las inicuas condiciones de trabajo en las que se desenvolvían. Forjaron usos sociales y códigos culturales que se transmitían del Mediterráneo a Portugal y Huelva, de aquí al Estrecho y África, en otro preclaro ejemplo, andaluz, de diversidad cultural aplicada a circuitos económicos, sociabilidad o fiestas.

Otro aspecto oscuro del relato es que desde los atunes salados en Baelo Claudia (Tarifa) hasta los que se capturan y se despiezan para el gourmetismo militante hoy, la industria artesanal del atún ha sido preclaro ejemplo de economía extravertida, cuya rentabilidad es más aprovechada fuera que dentro y deficientemente repartida en los poblados almadraberos. No ha sido históricamente una carne, la del atún, disfrutada entre los bizarros locales, pues era su valoración en la cadena industrial y comercial la que animaba el negocio, y éstas estaban en pocas manos o/y en manos exteriores.

Hay factores ecológicos –el carácter estacional de la ida y venida de los atunes, su azarosa presencia- que ayudan a entender la concentración de la pesquería en unos pocos centros de captura, pero las reglas para distribuir la riqueza generada por este don de la naturaleza pueden orientarse por principios más redistributivos: el reparto actual de las cuotas de atún ha comprometido la viabilidad económica de las empresas –aunque ya parece que resuelta por la aplicación del plan de recuperación del atún rojo (2008)- y está perjudicando claramente a pesquerías artesanales, no sólo de Andalucía. Los mercados orientales han garantizado la viabilidad económica de la almadraba desde los ochenta, pero las nuevas formas de organizar la muerte de este cimarrón, para adaptarla a la exquisitez del paladar nipón, está afectando negativamente a las condiciones de trabajo y a las formas de aprovechamiento de los marineros, cuya fuerza y destreza ha colaborado históricamente en mantener el admirable arte de la almadraba[3].

 

[1] Si quieren comprobarlo, pueden acercarse al documental realizado en 2017 por Nonio Parejo (“Arraéces, historia de la almadraba”) https://vimeo.com/196500769; o al de JM Hernández Sanjuán y E. Alfter titulado “Las costas del Sur” (1949) https://www.youtube.com/watch?v=ZWB9HBGXYv8

[2] Florido del Corral, D. (Coord.) (2017): «Las almadrabas suratlánticas andaluzas. Historia, Tradición y Patrimonio (ss. XVIII-XXI)». Editorial de la Universidad de Sevilla y Federación de Cofradías de Pescadores de Cádiz; Florido del Corral, D. (2005): «Evolución histórica y cultural de las almadrabas del litoral atlántico meridional (siglos XVI-XX)». Cátedra de Estudios Marítimos (Universidad de Girona), Ayuntamiento de Palamós y Museo de la Pesca. Palamós (Girona).

[3] Florido del Corral, D. (2014): «La almadraba amenazada. Conflictos y paradojas socio-ambientales en la crisis del atún rojo». Periferias, Fronteras, Diálogos. Actas del XIII Congreso de Antropología de la Federación de Asociaciones de Antropología del Estado Español. Tarragona, Universidad Rovira i Virgili, p. 3325-3350.