Cuando una alcaldía es «asunto de estado»

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Tanto los nuevos alcaldes y alcaldesas como los reelegidos que tomaron ayer posesión de sus cargos lo hicieron conforme a la legalidad. ¡Faltaría más! Pero, como en otros muchos ámbitos, no hay que confundir legalidad con legitimidad ni con decencia. De todos modos, en unas elecciones municipales siempre hay que distinguir entre lo que ocurre o puede ocurrir en los pueblos y pequeñas ciudades y lo que le sucede en las grandes. En los primeros, suelen ser muy importantes los componentes estrictamente locales (conocimiento personal de los candidatos, filias y fobias personales y entre lobbies…). Las segundas son fichas en la partida que juegan, principalmente desde Madrid, las cúpulas de los «grandes» partidos: yo te garantizo la alcaldía X a cambio de que tú me des X concejalías o la alcaldía de la ciudad Z o el gobierno de la comunidad autónoma J… Solo así se explican casos como el de Granada, donde ha salido elegido como alcalde el cabeza de lista de Ciudadanos, que obtuvo solo 4 concejales…

El caso de Barcelona hay que analizarlo desde otra clave porque se convirtió en un «asunto de estado» (lo que no sucede con el ayuntamiento de Madrid ni de ninguna otra ciudad). Como es sabido, el Parlament tiene mayoría independientista y en el Govern se sientan dos partidos de este color político. Que el ayuntamiento de Barcelona fuera presidido por un miembro del partido de Oriol Junqueras (ERC) hubiera visibilizado enormemente el avance del independientismo catalán y hubiera sido muy lesivo para el Régímen político del 78 y los intereses del Sistema (económico-social) que este gestiona. Había que evitar esto a toda costa, incluso pagando el peaje de apoyar a la antaño «bestia negra populista»: a Ada Colau. Y esta se ha prestado, rehusando a formar gobierno municipal con ERC y prefiriendo gobernar con el PSC (uno de los partidos del 155 porque forma parte del PSOE) y gracias a los votos de Valls y los concejales de este, a quienes ha agradecido el apoyo en su discurso de toma de posesión.

En teoría, Colau, como Barcelona en Común y, en general, Podemos (o En Comun Podem) defienden la celebración de un referéndum de autodeterminación (pactado, es decir, imposible al menos hoy por hoy). Pero cuando se trata de la práctica política, como en este caso, optan por apuntalar el Régimen y el Sistema impidiendo que un partido soberanista gobierne la capital de Catalunya, aunque este le haya propuesto compartir el gobierno e incluso institucionalizar una especie de diarquía (de doble cabeza, Maragall-Colau). Claro que la reelegida alcaldesa hubiera preferido no tener que optar, y por eso planteó el brindis al sol de un gobierno con PSC y ERC. Pero como este era imposible en la actual situación política, cuando no le quedó más remedio que decidirse, optó por los «socialistas» y aceptó los votos del que solo unos días antes había calificado como «el candidato de las élites económicas»: Valls.

Para volver a la supuesta equidistancia, la flamante alcaldesa ha dicho que va a proponer reponer el lazo amarillo en el balcón de la casa consistorial. Pues muy bien. A ver qué opinan los que ella ha elegido libremente como socios. Y a ver cómo va a conseguir gobernar apoyándose en estos. En cualquier caso, su credibilidad ha quedado algo más que en entredicho.

Y para poner la guinda al pastel, ya ha hablado Pablo Iglesias, sacando pecho porque -dice- además de Cádiz, también Barcelona seguirá siendo un «ayuntamiento del cambio». ¿O está contento, sobre todo, porque la decisión de Colau (no sé si hablada o no antes con él) le permite poner en valor el salvavidas que Colau ha lanzado al PSC en su partida con Sánchez para que este le conceda algún ministerio y cuarto y mitad de algún otro en eso que llaman «gobierno de cooperación»? Veremos. Pero, de todos modos, creo que los «Comunes» (ya deteriorados por sus fuertes desavenecias internas) se han hecho el harakiri en Catalunya, donde llegaron a ser los más votados en unas elecciones generales. Al igual que se lo está haciendo Podemos a nivel del estado; un harakiri o suicidio anunciado que se consumará si Iglesias consigue su objetivo de recibir el abrazo del oso psoísta.