Las consecuencias del despotismo ilustrado (o no tanto, lo de ilustrado)

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Anda el patio revuelto por el auto-destierro que han impuesto al anterior jefe del Estado. Unos se rasgan las vestiduras porque no se ha respetado la presunción de inocencia que se supone tienen todos los ciudadanos. Otros se indignan por el oscurantismo, no sólo ante la opinión pública sino también con los socios del gobierno que han sido los últimos en enterarse. Una vez más se pone en cuestión la forma del Estado en esta nación de naciones.

Partidos y organismos estatales ponen pie en pared. Como suele ocurrir cuando se tratan de las cosas que dicen “de comer”. Que nadie se llame a engaño. Los llamados consensos constitucionales siguen más vigentes que nunca y se aprestan a levantar tantos corta fuegos como consideren necesarios para mantener el status quo. A fin de cuentas se sienten legitimados para ello. Ya saben eso de que son la auténtica representación de la voluntad ciudadana.

Sin embargo, pienso que si algo se ha puesto de manifiesto estos días ha sido el papel de convidado de piedra que tiene eso que llamamos pueblo español. Todos se hacen intérpretes de su pensamiento y ninguno le da voz. Tirios y troyanos se reparten mandobles virtuales y artículos que conforman una opinión publicada y poco más. La sensación de estar viviendo un interminable día de la marmota se hace más pesada en esos días de virus (me ahorro el chiste fácil con la corona), calores estivales y urgencias de “libertad” sobre mi derecho a viajar, a llevar mascarilla o no y hacer botellón.

Para que la máxima de todo para el pueblo pero sin el pueblo se necesitan una élite déspota, lo de ilustrada habría que matizarlo, y una sociedad conformista, mayoritariamente ignorante hasta el punto de que, a veces, parece que ha perdido hasta ese instinto animal básico como es el de supervivencia. Hasta conseguirlo han trabajado durante décadas quienes se han sentido a gusto, y se han aprovechado, del gran negocio que ha sido España.

En el camino han quedado los sistemas educativo y sanitario. El primero cada vez más en manos de quien siempre tuvo el monopolio, salvo paradójicamente unos años de la dictadura franquista, mientras que la enseñanza pública queda reducida a un mero papel asistencial falta de recursos. El segundo, no viene mal remachar el clavo, convertido en un negocio que no entiende de epidemias ni urgencias sino que convierte estas situaciones en “oportunidades de negocio” a la vez que piden la socialización de las pérdidas. Porque ya se sabe que las empresas están para eso, para ganar dinero.

Mientras, la ciudadanía falta de recursos y capacidades se limita a cruzar los dedos para que, al menos, se quede como está o se abona a cualquier movimiento de “protesta”. Incluso los promocionados desde las mentiras, bulos y noticias falsas diseminadas por la extrema derecha. Eso sí, como broma macabra, en este país adobada además con el mocorroñismo nacional de unas clases empresariales y políticas dignas sucesoras del esperpento y la astracanada. Un poco de memoria o hemeroteca y tendríamos una relación de varios pliegos.

El problema es que la situación se convierte en la ecuación perfecta para que el sol salga por Antequera. Un indeterminismo que, si pensamos que de donde no hay no se puede sacar, puede llevarnos a situaciones que mejor no pensar siquiera. Baste con imaginar qué hubiera ocurrido si las riendas de la situación de estos últimos meses la hubieran llevado madres dolorosas, visionarios que hablan con ángeles y genios educativos que niegan que el número de alumnos por aula tenga alguna importancia en la posible difusión de la epidemia.

Andalucía ocupa un papel central como infantería de la situación. Como siempre. Sin voz ni siquiera en los centros de poder constitucionalistas. Ni en el gubernativo ni en el parlamentario. La social ni está ni se le espera de momento. Como tierra de pobres tiene que sufrir el chantaje económico y aceptar los riesgos que tienen los desheredados. No sé si todavía queda alguien que se crea eso de que la epidemia afecta a todos por igual. Y encima aguantar que se nos tilden de insolidarios y hasta xenófobos con los mesetarios, por ejemplo.

Es lo que hay. Quizás el pesimismo venga del levante desatado que hay. Eso espero.