Los corrales marinos de la costa gaditana: memoria, paisaje, retos

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Desde mi infancia he podido aspirar el olor penetrante de los corrales de pesca de Chipiona, y esta misma semana pude volver a percibirlo. Sin embargo, muchas cosas han cambiado en los últimos cuarenta años, y algunas sustanciosas para que nos demos cuenta de los retos a los que nos enfrentamos al considerar paisajes constituidos orgánicamente por distintas dinámicas ecosistémicas y culturales.

De los años setenta recuerdo un corral deteriorado –ahora supe que era el resultado de proyectos de extracción de ostiones ajenos a la cultura de los mariscadores locales, de los años sesenta-. Para un niño, era un espacio que producía temor porque estaba habitado por morenas y cangrejos peludos, por los ostiones cortantes que los colonizaban, así como por las rocas que se desparramaban por todo el suelo pétreo que quedaba encerrado por el muro de piedra que habían construido los mariscadores (“catadores” en Chipiona: “corraleros” en Rota). También porque nos advertían con insistencia que para andurrear sobre sus paredes era importante tener en cuenta la subida la marea, que sumergiría por completo el corral, dificultando el regreso a la playa. Pero también era un espacio de descubrimiento, de distraerse con sus sombras, de perseguir cangrejillos, coger camarones, atrapar los resbalosos peces sapos (actividades que hoy están prohibidas para los “turistas”). Tiempo de palpar, aunque tímidamente, su microcosmos.

Al cabo de treinta años, empecé a conocer su historia[1]: posiblemente con precedentes norteafricanos[2], los actuales corrales que se extienden inmediatos al estuario del Guadalquivir, entre la playa de la Jara y Rota –aunque también los hubo en El Puerto de Santa María y Cádiz- han tenido un aprovechamiento ininterrumpido desde finales del siglo XIV, con el proceso de conquista y poblamiento de la monarquía castellano leonesa que discurrió con el auxilio de grandes casas aristocráticas, entre las que destacamos la de Medina Sidonia y la de Arcos. Cuando digo aprovechamiento debería decir mejor una convivencia en el que los pobladores locales aprendieron a construiros y mantenerlos, a obtener de ellos pescado y mariscos, aprendieron de forma no intencionada que estas labores dotaron al litoral de un elemento nuevo –el  muro del corral, sus construcciones interiores- que procuraba nuevas posibilidades al ecosistema, nuevas interacciones: mayores garantías a las crías para su defensa, esperanza de resguardo a los organismos que querían aparearse y de cazar y refugiarse a distintas especies, una piedra “viva” –porque las rocas respiran, porque sólo logran apelmazarse con el efecto de los ostiones, de los escaramujos-, una fuente segura de alimento en la que participaba un extraordinario circuito socio-económico en el que estaban enredados nobles, frailes, pescadores y mariscadores, comerciantes y por supuesto el pueblo.

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Pero en la segunda mitad del siglo XX se inició la ruptura de ese engranaje socioecosistémico. Los corrales perdieron vitalidad porque su vida, animal, humana, esa que desprendía ese olor amargo y acre de las algas y la piedra viva, se iba extinguiendo. Sólo una importante inversión de la Demarcación de Costas Andalucía Atlántica, entre los noventa y los dos mil, permitió su reconstrucción en Rota y Chipiona. Y ahora surgió un problema para la Administración Autonómica, que ha de tutelar la gestión de las actividades de marisqueo: ¿debía o no permitir las operaciones extractivas en los recién estrenados corrales, cuya reanimación atraía a aves pescadoras? –fue precisamente la presencia de aves lo que más me llamó la atención cuando volví a ver los corrales hace pocos años.

Mientras que en Sanlúcar se declaró como Bien de Interés Cultural (a pesar de lo cual es hoy un corral agonizante, sin apenas actividad de aprovechamiento), en 1995, y en Rota[3] se promovió su declaración como Monumento Natural, en 2001, en Chipiona un proyecto de trabajo participado por varias asociaciones locales, unas ambientalistas, otra surgida con el exclusivo deseo de mantener el legado comunitario –ahora ya de todos-, logró convencer a “los de la Junta” [de Andalucía] que ellos podrían mantener los corrales si se les permitían pescar y mariscar. Para ello se comprometieron a seguir usando las técnicas tradicionales, seculares; a establecer un sistema local de control de las actividades extractivas; a promover y divulgar su conocimiento entre escolares e interesados, mostrando sus valores históricos, ecológicos, sociales y culturales; a ser responsables, en definitiva, de este socio-ecosistema (cultura), ahora convertido en patrimonio. Y así ha funcionado bajo la gestión comunal de Jarife[4], asociación depositaria de esa responsabilidad a través del ayuntamiento. Una aventura plagada de arrojo, ingenio, invención de la tradición y que había logrado interesar a casi cuatrocientos vecinos.

Sin embargo, desde 2017 se han restablecido los recelos. De nuevo la Junta teme que la tutela de los bienes públicos –y los ecosistemas costeros lo son- no puede quedar en manos de gente común. Tiene encima de la mesa el problema del furtivismo en la pesca deportiva y profesional, cuando los indicadores biológicos de todos los hábitats litorales empeoran, y cortan el hilo por la parte más simple. Al sospechar de las propuestas comunitarias como la de Jarife no se están dando cuenta de que secan una de las vías posibles de la compleja gestión de los ecosistemas en la sociedad industrial: el de las propuestas sociales, basadas en el empeño responsable de poblaciones e interesados, mediante herramientas de gestión en las que usuarios, administración, científicos y otras organizaciones se intercambian información, confianza y son capaces de colaborar en una idea común: la del mantenimiento de los hábitats. Resurge un dilema propio de la sobremodernidad cuando afronta su relación con los ecosistemas: ¿se define y segrega un espacio, vaciado de las actividades humanas que lo han creado orgánicamente, para su recreación medioambiental con distintos usos?, ¿o nos empleamos en buscar un modo de gestión participada por los distintos actores colaborativamente, afrontando dificultades y conflictos? No creo necesario sugerir que ésta segunda opción es la que prefiero, por reinjertar a los hombres en su territorio.

[1] Valgan las siguientes publicaciones para quien esté interesado en conocer algo de esta indagación personal: Florido del Corral, D. (2011). “Corrales. Una técnica de pesca tradicional en Andalucía”. En Bernal Casasola, D. (Ed.) Pescar con arte. Fenicios y romanos en el origen de los aparejos andaluces. Universidad de Cádiz, Servicio de Publicaciones, pp. 65-93. Florido del Corral, D. (2014). “Los corrales de pesca en la provincia de Cádiz. Usos y apropiaciones en torno a un paisaje cultural”. Actas del XIII Congreso de Antropología de la Federación de Asociaciones de Antropología del Estado Español. Tarragona, Universidad Rovira i Virgili, p. 2935-2958

[2] Ramos Millán, Antonio (2016): “Una hermenéutica de la arqueología del mar. Las pesquerías bereberes de corrales de piedra de la Chipiona andalusí (Cádiz)”, Antiqvitas, 28, pp. 135-164.

[3] https://www.loscorralesderota.com/web-los-corrales-de-rota/

[4] http://www.jarife.org/.