Negacionistas de la vida

564

En mi último viaje a Sevilla visité la antigua cripta del Templo de la Anunciación, que acoge el Panteón de sevillanos ilustres. Se accede por la Facultad de Bellas Artes en cuyo antiguo claustro, que fuera residencia jesuítica, se abre una monumental puerta renacentista del arquitecto cordobés Hernán Ruiz II. Dos tramos de escaleras conducen a la antigua cripta de los jesuitas. Busqué el sarcófago realizado en piedra y de estilo renacentista de Benito Arias Montano. Un gran humanista del siglo XVI que compaginó diferentes estudios e investigaciones: filología semítica y clásica, filosofía y teología, biología y medicina, matemáticas y física. Aunque nació en tierras extremeñas en 1527, Frenegal de la Sierra, vivió y se formó en Sevilla, ampliando sus conocimientos en Alcalá de Henares. Su pasión por el estudio de las Sagradas Escrituras le condujo, ya como sacerdote, a retirarse a Alájar (Huelva). Su nivel académico le llevaría a participar en el Concilio de Trento. A su vuelta, el rey Felipe II lo nombró su capellán y le encomendó dirigir la revisión de la Biblia Políglota Complutense del Cardenal Cisneros. Su estudio dio como resultado la Biblia Regia, también conocida como la Biblia Políglota de Amberes, por ser imprimida en la ciudad belga.

Esta revisión de la Biblia supuso un cambio respecto a la Biblia del Cardenal Cisneros y la Vulgata de San Jerónimo, por lo que Arias Montano fue requerido dos veces por la Inquisición. Él pretendía con la Biblia Regia dar luz a la fractura política y confesional que padecía Europa en pleno siglo XVI. En 1575 viaja a Roma para lograr que la autoridad eclesiástica aprobase la Biblia Regia. Para ello dedicó su obra Dictatum christianum (Lección cristiana) al papa Gregorio XIII para que acabase con las reticencias inquisitoriales. Esta obra de Arias Montano supuso el primer ensayo de espiritualidad ecuménica, que pretendía el redescubrimiento en los Evangelios de la base común para la fe, debido en gran parte a la influencia de Erasmo de Róterdam adquirida en sus estudios realizados en la Universidad de Sevilla. Indiscutiblemente la realidad dramática del conflicto civil y confesional que asolaba los Países Bajos y a Europa en general le condujeron a la búsqueda de la espiritualidad, basada en los Evangelios que superase la fragmentación confesional que tantas vidas se cobró. El antiescolasticismo de Arias Montano le llevó a un espiritualismo radical, constatado en la ausencia de citas en su obra tanto del magisterio de la Iglesia como de los siete sacramentos. Lo que realmente le interesa a su autor es mostrar el camino para la unidad cristiana en el único denominador común posible: la Sagrada Escritura. Todo lo demás, incluida la Iglesia y sus dogmas es secundario. Por fin, consigue la autorización de la Biblia Regia en 1577 a pesar de ser considerado el texto de San Jerónimo inamovible por Trento.

En 1584 renunció Montano a todos sus cargos y pasó los últimos años de su vida en la misma ciudad que lo encumbró, Sevilla, hasta su muerte en 1598. Todas sus obras fueron censuradas en el siglo XVII por los negacionistas de la vida.

Los negacionistas de la vida los encontramos en la mayoría de los miembros de la jerarquía católica encabezada por los papas y los monarcas europeos, que preferían las guerras para mantenerse en el poder más absoluto, causando las muertes de centenares de miles de sus fieles y súbditos antes de dialogar y apartar sus intereses, principalmente económicos y territoriales, por el bien del pueblo. Esta avaricia y deshumanización condujo a los diferentes pueblos europeos a sufrir un carrusel de guerras desde 1524 hasta finales del siglo XVII. Las diferentes sectas religiosas de origen cristiano que iban proliferando por el viejo continente dieron lugar a la guerra de los Campesinos Alemanes (1524-1525), la Guerra de Kappel en Suiza (1529 y 1531), la Rebelión de Münster (1534-1535), la Guerra de Esmalcalda (1546-1547) en el Sacro Imperio Romano Germánico, la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) en los Países Bajos, las Guerras de Religión de Francia (1562-1598), las Rebeliones de Desmond (1569-1583), la Guerra de Colonia (1583-1588), la Guerra de Irlanda (1593-1603), la Guerra de los Treinta Años (1618-1603) que afectó a varios países del norte y centro europeo, las Rebeliones de los Hugonotes en Francia (1620-1629), las Guerras de los Tres Reinos (1639-1651) que afectó a Inglaterra, Irlanda y Escocia; la Guerra de los Nueve Años (1688-1697) enfrentando a Inglaterra y Francia, la Segunda Guerra Nórdica (1654-1661) que afectó a Suecia y Polonia. Por poner algunos ejemplos, en las Guerras de Religión francesas murieron alrededor de 4 millones de personas y en la de los Treinta Años pudieron llegar a los once millones de víctimas.

Queda claro que “la religión es la fuente más prolífica de violencia en la historia” (como escribió Harris en su libro El fin de la fe). Los humanistas del siglo XVI, como Arias Montano, intentaron desde la intelectualidad, el diálogo y los libros bíblicos no bélicos, los Evangelios, establecer la paz y la concordia desde el perdón y la reconciliación. No hay que olvidar que los tres primeros siglos de cristianismo tuvieron como centro de vida los Evangelios, las comunidades cristianas compartían todo cuanto tenían y no practicaban la violencia. Sin embargo, esto no duró mucho tiempo. Con Constantino y Teodosio el cristianismo pasó a ser la religión de Estado, iniciándose una serie de medidas represoras contra las prácticas paganas: prohibición de sacrificios paganos, cierre de los templos, pena de muerte para las personas que ofrezcan sacrificios, prohibición de actos paganos, se llegaron a equiparar las creencias paganas a los crímenes de lesa majestad, y llegaron a prohibir la celebración de los Juegos Olímpicos. Toda esta tendencia se fue enraizando en la Edad Media. Las cruzadas son una muestra de ello. Con el pontífice Urbano II en 1095 comienzan las cruzadas, la peregrinación armada a los Santos Lugares bajo dominación musulmana. El texto de Arnaud Amalric (1160-1225), abab de la orden cisterciense y enviado al papa Inocencio III, decía: “Los nuestros, sin perdonar rango, sexo ni edad, han pasado por las armas a veinte mil personas; tras una enorme matanza de enemigos, toda la ciudad ha sido saqueada y quemada. ¡La venganza de Dios ha sido admirable! (Salvador Freixedo, 2012: El cristianismo, un mito más). Las cruzadas se fueron sucediendo hasta el siglo XV, aunque muchas de las guerras europeas acuñaron este nombre, la misma Jerarquía católica española lo utilizó para denominar a la Guerra del 36 como una santa cruzada contra los rojos republicanos.

Si fuera poco, Gregorio IX instaura la Santa Inquisición en el siglo XIII con la finalidad de combatir la herejía en ¡nombre de Dios! En nombre de Dios se aplastaron cráneos, se quemaban a los condenados en recipientes de hierro con agua hirviendo, se introducían en jaulas revestidas de pinchos, múltiples de hogueras prolongaron la agonía de miles de personas. Estas inhumanas y terroríficas prácticas se cometieron hasta el siglo XIX en España.

De la mano de la Inquisición vendrían las expulsiones masivas de judíos, moriscos… Una auténtica sangría para miles de personas que por el hecho de no profesar la misma fe fueron excluidos, desenraizados y hasta asesinados por el fundamentalismo religioso. Y no solo en territorio peninsular, cuántas muertes, cuánto sufrimiento provocó el llamado “descubrimiento” de América. En nombre de la fe se arrasó en el continente americano a millones de seres humanos de diferentes pueblos y culturas.

Los seguidores del Mahoma también mataron a millones de paganos o infieles, cuando el Corán solo tolera la violencia con fines defensivos: “Combatid a vuestros enemigos en la guerra encendida por la defensa de la religión; pero no ataquéis los primeros. Dios niega a los agresores” (El Corán, sura) II, versículos 186-187). Sin embargo, la notable expansión que el islam inició dista mucho de haber sido una guerra defensiva, y mucho menos pacífica y, al igual que las guerras provocadas por las cruzadas cristianas, costaron a la humanidad cientos de miles de muertos en nombre de la religión.

La defensa de un modelo único de religión lleva al fanatismo, a la exclusión, al odio y a la muerte, sobre todo en las confesiones monoteístas cuyos dioses son considerados únicos y verdaderos excluyendo a los demás. Sus dirigentes se han caracterizado por ser unos negacionistas de la vida; en definitiva, de sus propios dioses creadores de vida. Figuras como Benito Arias Montano han contribuido a señalar el nefasto camino de los dogmas y de las doctrinas que condenan al ser humano y enriquecen a los poderosos que toman el nombre de dios en vano.

Cuando los “Cristos” llenen las calles en Semana Santa, habría que preguntarse: ¿qué tiene que ver el Nazareno con la religión que lo aúpa?

 

 

Artículo anterior«Los Hombres del Saco…»
Artículo siguienteClases sociales
Miguel Santiago
Andaluz, natural de Córdoba, y ciudadano del mundo. Profesor. Implicado en el movimiento social, que apuesta por los derechos humanos, la igualdad, la interculturalidad y la interreligiosidad.