Os debo una. ¡Por mis muertos!

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El pasado mes de junio recibí una invitación a participar en un grupo de discusión on-line para hablar de los cementerios del futuro. Como podréis imaginar, aquello me dejó perpleja. Quien me hacía tal invitación era un colega y amigo antropólogo al que la Asociación de Funerarias y Cementerios Municipales (AFCM) le habían hecho el encargo de elaborar propuestas para mejorar sus prestaciones.

Por supuesto, no se me invitaba en calidad de experta en el tema (ya le reconocí que poco más que mi cuerpo podía yo aportar a los cementerios del futuro), sino como persona que nada tenía que ver con los cementerios ni con los servicios funerarios.

El grupo de discusión fue sanador. Me sentó bien, porque hablar de cementerios es hablar de muerte y de muertxs, tema tabú en nuestra sociedad del aquí y ahora. Por eso agradecí esas dos horas en las que compartimos vivencias y sentires de muerte y de muertxs.

Me vais a permitir, entonces, que este 1 de noviembre, Día de todos los Santos, me olvide de Halloween y recuerde, y celebre, a mis muertxs. Porque los llevo en el corazón y porque quiero traerlxs y tenerlxs cerca. Permitidme, ya que es 1 de noviembre, hablar de muerte y de muertxs desde el cariño, porque la muerte y lxs muertxs existen, aunque les apartemos de la vida.

Mi altar particular tiene muchos escalones, con fotos a color y en blanco y negro. Con flores, olores, sonidos y sabores de lugares, de momentos, de vida compartida. Reivindico a mis muertxs en mi vida

Traigo a mi altar al abuelo Felipe, a la abuela Lola, al abuelo Isidoro y a la abuela Ana: piernas robustas y pies descalzos, orejas que echan humo, ladridos y sirenas en la noche, chocolatinas rellenas y barquitos con la tía Gracia, olor a jazmín y a carne de la olla, monopoly, noche de reyes, tardes de fútbol, café molido, queso en aceite, patio de los Negritos, visitas de flamenca antes de ir a la feria, sukerlai sutrerclai (me vas a perdonar si no está bien escrito), y el inquietante “no crecé, por favor, no crecé” al final de cada verano.… Cariño desmedido hasta el presente.

Traigo a mi altar a Cristina: cerveza Chimay y pan tumaca. Mucha más cerveza Chimay que pan tumaca. Aire fresco en el inicio difícil de un erasmus etílico en Bélgica.

Traigo a mi altar a Jorge Cuadrelli: Pánico, Sala El Cachorro, Teatro Alameda, Kit-Kat, risas, grupo, Ourense… Incansable Jorge, responsable directo de mi gusto por el teatro. Momentos eternos, obras imposibles. Alegría entre telones.

Lloro de cariño al traer a mi altar a José Julio y su Torre del Viento: bandera andaluza, tiempo lento, arroces, reuniones, Cuba, vino, caseta. Juventud y compromiso. Se comía la vida por los pies y nos invitaba al banquete.

Traigo al altar a mi querido amigo José Luis: Aula de teatro de Antropología, huellas de la Barraca, In-Vitro, Jaén, Almagro, Cazorla, plazas, risas, prisas, ensayos. Momentos duros, muchos; entrañables, todos. Echarte de menos, siempre.

Traigo a mi altar a Toñi y a Jose, mi familia de Madrid: paseos por Lavapiés, Noche Vieja, mercado, reuniones de vecinas en el patio, fábrica de gorros (para niños sin cabeza), álbumes de fotos, migración, Chema… Momentos inolvidables en el Rincón Guay de un barrio cada vez más desconocido.

Traigo a mi altar a Simeón, persona cotidiana durante mucho tiempo y a quien busqué cada año en Los estudiantes y Los Panaderos. Traigo a Antonio Sánchez, inagotable… con sus propuestas comprometidas, sonrisa inconfundible y cariño sincero; a Camou, uno de los primeros miembros del lado senegalés de mi familia, que fue a morirse a su pueblo.

Reservo también un escalón de mi altar a los muertos y muertas sin nombre, que no olvidados, en el fondo del mar por políticas migratorias asesinas. Colocados, seguro, en muchos altares y por ello, nunca desaparecidos.

Somos griots de nuestras propias historias, incorporemos la muerte y lxs muertxs a la vida, a nuestras vidas, de las que forman parte.

¿Y si mi hijo, en vez de disfrazarse de calabaza, contara a sus compañeros y compañeras quiénes eran sus abuelos Jose y Toñi? Mantendría así su recuerdo como parte de sí mismo, como parte de su historia, que es a la vez historia de franquismo, de cárcel, de emigración, de amor, de amistades, de familia, de regreso. Vida. Vidas.