Paraísos artificiales

En 1932, Francis Ambrière publicó un curioso libro jamás traducido al español, tal vez porque por aquella época, en España, el libro habría tenido que ser colocado junto a los de ciencia ficción. Se trataba de La vie secrète des grands Magasins. El caso es que ya por aquellos años, en Francia, lo que hoy llamaríamos oniomanía se comenzó a considerar como enfermedad mental y, si tenemos que creer lo que cuenta Ambrière en el libro, no era patología menor sino que eran muchas las  mujeres que habían sucumbido al influjo pernicioso, y hasta mortal, de los centros comerciales.

Los doctores franceses de la década de los treinta, sigue el autor, se enfrentaron por primera vez a un fenómeno que no sabían cómo tratar y sobre el que hicieron correr ríos de tinta, intentando explicar que eran muchas las mujeres que acuden a los grandes almacenes porque encuentran allí lo que no encontraban en las iglesias; que en ese mundo de objetos brillantes y tornasolados se les despiertan sueños, efluvios y deseos que les supone una especie de enajenación extraña y voluptuosa, que les arranca toda voluntad racional, y a la que no podían dejar de abandonarse por completo. Como devotas de un nuevo culto, acuden a estos lugares no porque tengan necesidad de comprar, sino sencillamente buscando su atmósfera, las energías que fluyen de la contemplación y adquisición de las cosas bellas, la seducción, el goce, el placer y la exaltación frenética que estos espacios les proporcionan y que actúan sobre ellas como una droga, con su mismo poder anestésico y sus mismas crisis ante un síndrome de abstinencia. Por todo ello, los psiquiatras franceses no dudaron en clasificar los grandes almacenes en la nómina de los paraísos artificiales aunque, al contrario de lo ocurrido con otras drogas, a ningún Estado se le ha ocurrido prohibirlos.