Pemán: ¡Hay que barrer el magisterio!

El Ayuntamiento de Cádiz está cumpliendo la Ley de Memoria Histórica y Democrática de Andalucía. No podemos decir lo mismo de otros ayuntamientos andaluces, como Granada o Córdoba. El municipio gaditano ha retirado del espacio urbano cualquier referencia al escritor falangista José María Pemán, por su colaboración con el régimen de Franco. Para ello, ha contado con el apoyo de la Plataforma por la Memoria Histórica de Cádiz y de historiadores de prestigio internacional, como Paul Preson y Ángel Viñas. Un apoyo muy necesario, ante la reacción hostil de la derecha, que está utilizando todo su aparato mediático contra la institución municipal, que sólo quiere cumplir la ley.

Por el contrario,  la Junta de Andalucía, que debería dar ejemplo en el cumplimiento de la legalidad vigente, ha organizado un homenaje de desagravio a José María Pemán, que se han convertido en un acto ilegal de apología del franquismo. El gobierno autonómico pretende blanquear la imagen de Pemán, a pesar de que fue el propagandista de la llamada Cruzada Nacional y uno de los principales responsables en la depuración de maestros republicanos, que hizo célebre el lema: ¡Hay que barrer el magisterio!

Precisamente, los arqueólogos han abierto una fosa común en el municipio granadino de Nigüelas y han recuperado los restos de nueve víctimas del franquismo. Entre las víctimas, podrían estar el maestro de Alhendín, Ángel Matarán, y su hijo de 19 años, Alfonso Matarán, también maestro. Ángel Matarán fue acusado de quitar los crucifijos de la escuela y expulsado de Alhendín por vecinos ultracatólicos, inducidos por el cura. Cuentan las crónicas que los niños le arrojaban piedras, tal y como hicieron con el maestro Gregorio en la película La lengua de las mariposas. Ángel fue fusilado, junto a su primogénito. Y su mujer, Justa de Vicente, apartada de la enseñanza por ser la viuda de “un maestro rojo”.

El maestro don Gregorio, encarnado por el actor Fernando Fernán Gómez, en el momento de ser detenido por los franquistas.

Desterrar las influencias marxistas en la escuela

La depuración de maestros tenía como objetivo apartar de la enseñanza a quienes se habían identificado con el Frente Popular o, simplemente, habían colaborado con las autoridades republicanas. En consecuencia, no eran dignos de confianza para participar en la nueva escuela nacional-católica aquellos docentes comprometidos con transmitir los valores de igualdad, justicia social y libertad, que emanaban de la Constitución republicana y de la Institución Libre de Enseñanza. José María Pemán, como presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza, se planteaba qué medidas tomar para desterrar lo que llamaba “influencias marxistas en la escuela”. Y Enrique Súñer, vicepresidente de esta comisión, llegó a la siguiente conclusión: “La medida más eficaz será separar a todos los maestros republicanos, envenenados por la predicaciones de muchos años, realizadas por los institucionalistas y los masones. Se impone una labor depuradora absoluta, sin contemplaciones, pensando únicamente en el porvenir de España”.

La labor depuradora consistía en abrir un expediente sobre la trayectoria de cada maestro, en una investigación que se remontaba hasta octubre de 1934, año de gran agitación obrera contra el gobierno de la CEDA, en pleno bienio negro. Todos los profesionales de la enseñanza estuvieron en el punto de mira del régimen franquista. Llegaron a estar bajo sospecha, incluso los maestros que no simpatizaron con la República, que se vieron obligados a demostrar su trayectoria docente “no contaminada” para salvarse de la persecución generalizada. Para ser confirmado en el cargo, el maestro debía tener un expediente sin “mácula”, es decir, haberse opuesto a la enseñanza laica que preconizaban las autoridades republicanas. Y las vacantes producidas por los maestros fusilados o destituidos, eran cubiertas por colegas afectos al régimen.

Ganaron los curas, perdieron los maestros

Los maestros republicanos se habían convertido en la bestia negra de la dictadura franquista. No sólo eran marxistas, sino traidores a la patria, a los que había que dar un escarmiento. El maestro debía distinguirse, según Franco, por su labor de apostolado y patriotismo en la escuela, y el valor supremo de la escuela se resumía en la siguiente frase: “Amar a Dios y a España, y amar a un niño como lo ama Dios”. Es más, el franquismo llegó a proclamar las posibilidades didácticas del rosario. En materia de Cálculo, los niños podían utilizar las cuentas del rosario para aprender el concepto de unidad, decena y centena. En Geometría, la cruz del rosario indicaba lo que es una línea horizontal o vertical, y las propias cuentas enseñaban a los niños a distinguir las formas esféricas y poliédricas. Por supuesto, las enseñanzas de la Religión e Historia Sagrada fueron declaradas como obligatorias. Y todo ello, para ganarse el apoyo de la jerarquía católica y dar a la sublevación militar el nombre de Cruzada. Estaba claro que la guerra la ganaron los curas y la perdieron los maestros.

Tras la depuración de maestros republicanos, el régimen procedió a incautar y destruir los libros escolares considerados de tendencia comunista. Gobernadores civiles, alcaldes y delegados gubernativos estaban autorizados, por una orden del 4 de septiembre de 1936, a eliminar de las bibliotecas todos los libros de índole marxista o sospechosos de atentar contra la unidad de la patria. Era el caso del Ideal Andaluz de Blas Infante, catalogado por José María Pemán y otros ideólogos del franquismo, como libro “separatista”. En las estanterías sólo quedaron los volúmenes que ilustraban sobre los sanos principios de la Religión y de la Moral cristiana, y que exaltaban el patriotismo de la niñez.

Así era una escuela republicana. El autor del artículo, Paco Vigueras, ocupa el lugar del maestro, que impartía una enseñanza laica, comprometida con la igualdad y la libertad.

Quema de libros

La campaña destinada a borrar la herencia bibliográfica de la República obligaba a los maestros a enviar a la Inspección educativa, antes del 15 de septiembre de 1936, todos los ejemplares proscritos por el régimen, que eran arrojados a la hoguera, como en los mejores tiempos de la Inquisición. La primera Fiesta del Libro, que se celebró después de la victoria, consistió en la quema de gran cantidad de volúmenes. Un atentado contra la cultura que el diario Arriba justificaba así: “Condenamos al fuego a los libros separatistas, liberales, marxistas, a los de la leyenda negra, anticatólicos, a los del romanticismo enfermizo, a los pesimistas, a los del modernismo extravagante, a los cursis, a los cobardes seudocientíficos, a los textos malos y a los periódicos chabacanos”.

Una vez reducidos a cenizas miles de libros, el régimen entregó a las escuelas el volumen titulado Libro de España, destinado a convertirse en guía para maestros y obra emblemática de la biblioteca franquista. Venía a ser la réplica de la Cartilla Escolar Antifascista, editada durante el periodo republicano. El llamado Libro de España había sido concebido para el control ideológico de la escuela que definía a España como “la nación destinada por Dios para defender y propagar la religión católica y salvar así la civilización europea”.

Conclusión. El magisterio fue uno de los colectivos más castigados por la represión franquista. Se cuentan por centenares los maestros y maestras que el régimen militar fusiló o apartó de la docencia. Las escuelas de Magisterio, que tanto había mimado la República, quedaron diezmadas. Pasaron décadas de enseñanza impartida por profesores mal preparados, de apoyo institucional a la enseñanza privada y católica, y de completo aislamiento de la docencia y la investigación. Hay pocos pueblos andaluces que no tengan un maestro represaliado durante la guerra civil. Y no olvidemos que José María Pemán jugó un papel fundamental en el aparato represivo franquista, que hizo una depuración de maestros sin precedentes.