La ciudad de las maravillas

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Recuerdo… entro en la sala, veo una figura delgada, frágil, con el pelo oscuro trenzado; está sentada en una silla que parece un enorme trono, abrazando su pequeño cuerpo; se vuelve y me sonríe con ojos llenos de fuerza, de pena… un escalofrío recorre mi cuerpo. Ese día la vi por primera vez. Marie.

Marie, que llegó hace cinco años a nuestra soleada y alegre ciudad; la ciudad donde el azul del cielo es aún más azul, de las risas con los amigos, de las cervezas que duran todo el día; la ciudad en la que hasta cuando llueve, la lluvia es una maravilla.

Marie, que tardó dos años en conseguir llegar, en los que pasó hambre, penurias, maltratos, violaciones… Nada malo podía esperarla en la ciudad de las maravillas.

Marie conoció a un hombre bueno; compartían nación de huida. Qué bonito es estar enamorada en la ciudad de las maravillas.

Marie prueba cosas nuevas, hachís, cocaína, heroína… y empieza a ir de cama en cama, obligada y amoratada por su amor, en la ciudad de las maravillas.

Marie, tiene SIDA, no sabe si por las jeringuillas o por las camas obligadas.

Marie aprende que el amor no es tal y que la ciudad de las maravillas para ella es la de las pesadillas.

Marie está hospitalizada, tiene neumonía; podría haber sobrevivido, pero se olvidaron de ella  en esa noche y Marie se asfixió, sola, en una fría cama de hospital… en la ciudad de las maravillas…

A Marie, a pesar de la rabia de quienes la conocimos, la entierran en una fosa común, sin nombre, sin un lugar al que alguien pueda llevar a su hija de tres años para oír historias sobre su fuerza y su valentía. Nadie se las contará.

Marie, ojalá pudiese hacer caer, sobre tu tumba olvidada, nieve de flores de almendro, como hizo el rey poeta Al-Mutamid. No mereces menos demostración de amor que hacer nevar por ti en la ciudad de las maravillas.

Autoría: Julia Moreno Sánchez.