Permítame usted que hable

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Hace días un amigo me invitó a su casa. Una antigua casa familiar, sin pretensiones, de esas que tienen una sola planta y azotea, en su caso, patio interior con un limonero gigante. Pensé en voz alta que qué suerte tenía ese limonero porque mi amigo viviera en su casa, que anteriormente fue de su abuela. Él me lo tomó a guasa, la verdad es que lo dije totalmente en serio. La casa es una de estas que ya es difícil encontrar en los núcleos urbanos, aunque algunas sobreviven en barrios como Triana, Nervión, Cerro-Amate… antiguas barriadas donde vivían familias obreras. Si una se da una vuelta por los portales inmobiliarios, se dará cuenta que muchas de estas viviendas, aunque aún sigan en pie, se ofertan como solares bien cotizados. Algunos anuncios cuentan en su descripción el número de plantas que se pueden construir. Una gran inversión, qué ingeniosa idea construir en vertical.

Conozco también a un señor, este es más bien un amigo de redes, que hace muchos años escribió una guía sentimental del arrabal trianero, donde hablaba de las huertas, los corrales, las calles comerciales de gremios y donde refiere también a su frontera, la aplastante barriada de los Remedios, ese tinglado híbrido que nadie entiende y que amenaza con invadir toda la Cava. Lo cito literal, porque una vez encontré esa guía en casa de mi abuela y aquí la tengo. Claro, que esto era 1988, y hoy el pobre señor, que tiene ya una edad, se la pasa denunciando en redes el destrozo definitivo de un barrio que poco o nada conserva de lo que narra esta guía.

Hace doce años, aunque en parte me pesa, decidí mudarme a este tinglado híbrido que Ángel relata, a una zona conocida como Los Remedios Viejo, cuyas obras arrancaron en plena guerra civil, promovidas por la propia alcaldía para expansión de la ciudad y ejecutadas por presos políticos hasta bien entrada la posguerra. Esta historia me la contó al principio una vecina, pero recientemente fue investigada por el grupo de trabajo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía y puede leerse en la publicación “El campo de concentración de regeneración por el trabajo de Los Remedios (Sevilla)”1. Pero volvamos a los árboles. En mi casa también hay muchos árboles. Estos núcleos de viviendas se construyeron en manzanas de seis bloques que confluyen en torno a un gran patio central de tierra. He tenido la oportunidad de visitar casi todos y en su día tuvieron bancos, huertos, espacios comunes donde muchxs plantaron para pasar los meses de calor, incluso alberca –hasta que ocurrió una desgracia, me contaron una vez en ese tono con que la gente zanja conversaciones demasiado dolorosas para abordar-. Con el paso del tiempo, se fue perdiendo el gusto por lo común y algunxs vecinxs comenzaron a ampliar sus cocinas y salones, utilizando parte del patio. En realidad estas obras nunca las permitió una ordenanza, pero la picardía, ya se conoce (esta frase también me la dijeron así). Hoy día, salvo algún vecino y yo, al patio se sale poco, pero muchas nos conocemos. En el bloque de al lado vive un matrimonio, ella costurera y él taxista, ya jubiladxs. Como les cuesta bajar, sacan una manguera por la ventana para regar sus dos o tres macetas y siempre me dicen ¡Ay, qué bonita tienes “tu parte”!, por lo visto les recuerda a como ellxs la tenían antes. En el otro bloque vive una vecina que siempre sale en visita express para sacar al perrito. En el confinamiento nos hicimos amigas y hasta creamos un grupo de whattsapp. Ahora me regala granadas de su árbol, aunque mejor me las trae del campo de su tío, dice que están más buenas que las de aquí. También está Javi, él es mi vecino aliado de los gatos, entre los dos sumamos ocho, que se llevan estupendamente entre ellos y siempre están escalando el níspero y subiéndose a las copas de los naranjos. Y bueno, no falta la señora que me riñe porque le robo sus mandarinas -pero señora, si nadie las recoge, se las están comiendo los pájaros-. Hay un poco de todo en este particular oasis urbano.

El perfil del vecindario, hasta hace muy poco formado principalmente por personas muy mayores o familiares de éstas, poco a poco se diluye entre el trasiego, ya común, de trolleys empujadas desde algún lugar lejano y cubas de obra donde se mezclan escombros y pertenencias abandonadas por algún habitante anterior.

La ciudad que crece y se abre al mundo engullendo la singularidad que la hace única, también ha llegado a estas casas viejas. Y esto es lo que sucedió después de la pandemia, cuando se terminó la moda de cuidar los espacios verdes y el juego de apoyarnos en colectividad: reunión de vecinxs. Propuesta de tala. Que los árboles ensucian, que vienen bichos. Se llenan las casas de polvo. Algún lumbreras diciendo que un asfaltado bonito, que esto no es propio del siglo en que vivimos. Opino. Pero esta que va a opinar si es inquilina… Ese vocablo lo escupe con un énfasis despreciativo que nace en lo más profundo de su condición propietaria. Igual el lumbreras tiene razón y esto ya no es propio de este tiempo, como tampoco lo es la soberanía de la gente respecto al lugar que habita. Las decisiones que tienen fuerte
impacto sobre este jardín, seguramente incumben más al dueño de la casa turística de trolleys, que ni siquiera vive aquí. Lo mismo ni siquiera vive en esta ciudad. Es de este tiempo, de antes también, la preponderancia de quien puede convertir sus opiniones en decreto, que en esta historia se resume en quien tiene: suelo para vender, bolsillo para especular y permítanme hablar de un fuerte complejo de mediocridad en relación con quienes les preceden en la escala de poder, los mismos que mientras aquí discutimos sobre un árbol, mercadean con las ciudades al por mayor. Un año después, cartel en el rellano que confirma la ejecución del apeo en este mes de noviembre. Rebusco en la norma impuesta alguna ordenanza que nos pueda salvar. Tiene suerte el limonero de mi amigo.

1 José Luis Gutiérrez Molina, Irene Correa.