¿Qué entendemos hoy por populismo?

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El término populismo ha ido ganando peso en la última década en la realidad política europea. Esto a raíz del auge de partidos de extrema derecha, de la relación e importación de cierta izquierda con movimientos políticos latinoamericanos que responden a esta denominación y, en general, a su uso como arma arrojadiza en la arena política como un instrumento más para desprestigiar al adversario. Vistas las cosas, diría que hoy día contamos con tres usos del término muy relevantes en la disputa política actual. Encontramos un uso despectivo tradicional, un uso despectivo demagógico y un uso apologético progresista.

El populismo en su sentido tradicional es un término despectivo que refiere cierto tipo de práctica política que interpela al pueblo de manera demagógica, apelando a grupos, intereses e incluso ideas políticas muy distintas y a veces contradictorias entre sí. Me atrevo a afirmar que cierto grado de populismo es indispensable para cualquier partido de masas en la democracia liberal, sea del signo que sea. Cualquier partido que aspire a conseguir que su opción sea la más votada debe apelar a intereses y sectores realmente diversos y encontrar resortes que permitan movilizar políticamente a las masas, con independencia de que se correspondan con problemas o soluciones reales. Más allá de esto, la forma histórica concreta en que han aparecido los populismos se relaciona con la emergencia de liderazgos carismáticos. En Europa muy vinculado a regímenes ultranacionalistas de derechas, a menudo filofascistas o ultracatólicos, mientras que en América Latina en algunos casos han sido los responsables del desarrollo de cierto estado del bienestar dentro de un marco de economías proteccionistas. El peronismo sería el caso paradigmático y, aunque el populismo ha sido tradicionalmente un objeto de crítica habitual de la izquierda, es complicado en la práctica ubicar a estos movimientos políticos en el eje izquierda-derecha. En el contexto andaluz, Isidoro Moreno ha señalado en varias ocasiones al PSOE como ejemplo del modelo populista tradicional, estructurado menos en torno a liderazgos carismáticos que en base a redes clientelares.

Hoy día podemos encontrar el uso anterior del término, sin embargo, es mucho más frecuente encontrar un empleo menos riguroso, aunque igualmente despectivo y paradójicamente demagógico (ya que la propia noción de populismo implica cierto tipo de demagogia). En este, populista sería cualquier propuesta política que se salga de los consensos político-económicos más generales de las democracias occidentales, que a juicio de Zizek serían la democracia representativa, la economía de libre mercado y el pluralismo liberal o multiculturalismo. En este sentido populismo es todo lo que se salga de lo que viene a denominarse de forma difusa centro político. Este es un uso políticamente conservador y en ocasiones reaccionario, dado que prácticamente cualquier propuesta que implique cambios profundos en el camino de las democracias occidentales capitalistas puede ser vilipendiado por populista. Lo contrario al populismo sería aquí la post-política o post-democracia, es decir, la gestión técnica de las instituciones. Los políticos se convierten en grupos de profesionales que pueden hacerlo mejor o peor, pero que hacen básicamente lo mismo, sin alterar el marco de grandes consensos inamovibles. Así, más valdría que los políticos se presentaran por concurso oposición en lugar de por elecciones. En este sentido, invirtiendo el discurso, el populismo es el único ámbito posible en el que pueden emerger contenidos realmente políticos. Y lo anterior enlaza con un tercer uso.

El uso apologético que podemos encontrar hoy día del término populismo, responde en gran medida a los planteamientos teóricos de Laclau y Mouffe y ha sido defendido en el ámbito del Estado por algunos políticos de izquierda bastante conocidos. El elemento central que se toma de la noción tradicional de populismo, es la movilización política del pueblo contra las élites. El populismo sería fundamentalmente un movimiento político anti-elitista, la noción de pueblo (más comúnmente nación) sería paraguas bajo el que se integrarían las distintas luchas, intereses contradictorios y descontentos acumulados frente a otro externo que no es pueblo. Laclau extrapola el peronismo (que es una realidad política más bien excepcional) convirtiéndolo en una especie de modelo o matriz política básica. Puede considerarse que la movilización de la masa contra las élites explotadoras y/o corruptas ha sido un elemento clave de los movimientos revolucionarios. Sin embargo, como objetan sus críticos, el modelo se ajusta incluso mejor a la forma en que han tenido éxito regímenes filofascistas. Pensemos por ejemplo en la Alemania de los años 30 y la construcción de los judíos como minoría privilegiada contra la que se une la mayoría de la población, machacada por la crisis.

El término populista se ha popularizado (valga el juego de palabras) en la disputa política, para referir principalmente las iniciativas políticas en torno a Podemos. Este uso coincide bastante bien con el segundo uso de la noción que hemos expuesto. Sin embargo, es mucho más cuestionable que haya funcionado en el sentido apologético y crítico. Aunque la izquierda interpele al pueblo y a las clases trabajadoras la realidad es que se trata de un voto que depende cada vez más de ciertas fracciones de la clase media con nivel cultural elevado. Además, concretamente, las figuras políticas que más han abanderado la noción progresista de populismo, se han volcado en campañas que se ajusta mucho más a un discurso post-político, que elude constantemente cualquier fuente de conflicto. Por el contrario, una elitización progresiva de la izquierda, podría ser un campo de cultivo para un anti-elitismo anti-progresista y anti-liberal, abriendo la puerta a un populismo reaccionario que apenas existe en la actualidad pero que es un riesgo que se debe tener en cuenta.