Un viaje lorquiano

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La Estatua de la Libertad fue lo primero que vio Federico García Lorca, cuando llegó a Nueva York el 29 de junio de 1929, con su mentor Fernando de los Ríos, en el transatlántico Olimpic, gemelo del Titanic. Federico iba huyendo de una Granada ultraconservadora y asfixiante, que lo sumió en una profunda depresión, para buscar en la ciudad de los rascacielos nuevas experiencias vitales.

Convertida en símbolo de la ciudad desde 1886, la enorme escultura dio también la bienvenida, hace un siglo, a los emigrantes europeos. Llegaban a Nueva York, tras una larga travesía de casi una semana en barco, huyendo del hambre y en busca del sueño americano, que el crack del 29 convirtió en pesadilla. Este inmenso faro de bronce, de 46 metros de altura, es obra del escultor Fréderic Auguste Bartholdi, sobre una estructura diseñada por Eiffel. Un regalo que los franceses hicieron a Estados Unidos, con motivo del centenario de su independencia.

Miss Liberty, como dicen los neoyorquinos, sostiene una antorcha en su mano derecha, que representa la libertad iluminando al mundo, un potente símbolo que debió impresionar a los recién llegados. Sin embargo, los emigrantes todavía no podían entrar en la metrópolis del Nuevo Mundo, pues tenían que pasar antes por una cuarentena en la cercana isla de Ellis.

Un museo recuerda hoy que, entre 1892 y 1924, pasaron por esa isla doce millones de personas para someterse a exámenes médicos y legales, y casi dos de cada cien fueron deportadas. Asimismo, en un muro podemos leer el nombre de los primeros 200.000 emigrantes procedentes de Europa. El éxodo europeo fue de tal magnitud que se calcula que el 40 por ciento de los estadounidenses actuales tienen antepasados que estuvieron retenidos en la isla de Ellis.

Casi un siglo después, en 2023, he viajado a la ciudad de los rascacielos, pero la entrada a Nueva York ya no es tan emblemática. No me ha recibido la Estatua de la Libertad, sino la guardia fronteriza del Aeropuerto JFK, con un severo control de pasaportes y maletas. Ahora, no son seis días navegando en barco, sino seis horas de avión para cruzar el charco, con el objetivo de recorrer los paisajes neoyorquinos en los que estuvo nuestro poeta.

Skyline de Nueva York

Cuando Federico cruzó el puente de Brookling para contemplar la panorámica del Bajo Manhattan, ya empezaba a escalar el cielo el célebre skyline de Nueva York, una ciudad obsesionada con levantar gigantes de acero y hormigón. Por entonces, estaban construyendo el Edificio Chrysler que, con 319 metros de altura y 77 plantas, llegó a ser el edificio más alto del mundo, durante once meses, hasta que fue destronado en 1931 por el Empire State Building, que alcanzó los 381 metros. Más tarde, superado también por el One World Trade Center que, con 417 metros, es actualmente el techo de la ciudad de los rascacielos.

Universidad de Columbia

Una placa nos recuerda el paso de Federico por la Universidad de Columbia. Situada en el Alto Manhattan y fundada en 1754, esta universidad es la más antigua del  estado de Nueva York y una de las más prestigiosas del mundo. De esta universidad han salido 96 premios Nobel, 39 ganadores de los premios Oscar, 18 medallistas olímpicos y tres presidentes de Estados Unidos.

En Columbia, Federico aprendió inglés, participó activamente en las tertulias literarias y escribió su célebre Poeta en Nueva York. Así describió su primera impresión de esta ciudad apabullante, que nunca duerme:

“La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno y un  huracán de negras palomas que chapotean las aguas podridas”.

“La aurora de Nueva York gime por las inmensas escaleras, buscando entre la aristas nardos de angustia dibujada”.

“La aurora llega y nadie la recibe en su boca, porque allí no hay mañana ni esperanza posible. A veces las monedas, en enjambres furiosos, taladran y devoran abandonados niños”.

“La luz es sepultada por cadenas y ruidos, en impúdico reto de ciencias sin raíces. Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes, como recién salidas de un naufragio de sangre”.

El crack del 29

García Lorca llegó a Nueva York en el peor momento, cuando la metrópolis del capitalismo, donde se impone la ley del más fuerte, estaba a punto de colapsar. En el distrito financiero de Manhattan, dominado por los Lobos de Wall Street, Lorca fue testigo del crak de la Bolsa neoyorquina. El terremoto financiero provocó una crisis mundial sin precedentes, con el suicidio de inversores arruinados, la caída de importantes empresas, el desempleo para grandes masas de trabajadores y el empobrecimiento de millones de familias. Federico escribe entonces el poema titulado Danza de la Muerte, en el que intuye el caos financiero con el que sucumbirá la ciudad, el martes negro del 29 de octubre de 1929, a los cuatro meses de la llegada del poeta granadino:

“El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
Arena, caimán y miedo sobre Nueva York.
Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos.
Que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas.
Que ya la Bolsa será una pirámide de musgo.
Que ya vendrán lianas, después de los fusiles.
Y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay Wall Street!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
Cómo escupe veneno de bosque
por la angustia imperfecta de Nueva York!

Harlem, el barrio de los negros 

Pero el barrio neoyorquino, donde Federico fue más feliz, es sin duda Harlem, el barrio de los negros en el Alto Manhattan. García Lorca era defensor del mestizaje cultural y solía decir: «Ser de Andalucía me inclina hacia la compresión simpática de los perseguidos, del negro, del gitano, del morisco y del judío que todos llevamos dentro». Los negros se convierten en los protagonistas de sus primeros poemas neoyorquinos. Los negros como víctimas, que al igual que los gitanos del Romancero, son perseguidos y considerados inferiores. El poeta descubre que gitanos y negros son creadores de músicas afines. Que el flamenco y el cante jondo dialogan con el jazz, el blues y la música Godspell.

Siguiendo los pasos del poeta, recorro las calles de Harlem. Numerosos murales nos recuerdan a Lhuter King y a Malcon X, míticos líderes de la lucha por los derechos civiles y contra el racismo. Y uno de los murales más llamativos proclama: Black is beautiful (el negro es hermoso). Allí pude asistir a una misa Goldspell y me imaginé a Federico tocando el piano, entre apasionados cánticos afroamericanos. Al Rey de Harlem le dedicó este poema:

¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem!
No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate, sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje.
Aquella noche el rey de Harlem, con una durísima cuchara
Arrancaba los ojos de los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Los negros lloraban confundidos
Entre paraguas y soles de oro,
Los mulatos estiraban gomas, ansiosos
de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
Negros, Negros, Negros, Negros.

La tumba de Federico García Rodríguez

En el Alto Manhattan también está el cementerio de Gate of Heaven, donde encuentro la tumba de Federico García Rodríguez, padre del poeta, y me emociono. Cuando salió de Madrid en 1940, rumbo a Nueva York, exclamó: «No quiero volver a ver este jodío país en toda mi vida». Marcado por el vil asesinato de su hijo, don Federico apenas soporto cinco años de tristeza y dolor en el exilio neoyorquino, donde falleció en 1945. Y cuando veo su tumba, no puedo evitar preguntarme si Lorca estará enterrado allí, junto a su padre. Llevamos buscando la fosa común a la que fue arrojado, desde que Gerald Brenan llegó a Granada en 1949, hace más de 70 años. Yo mismo tuve el privilegio de participar en la primera búsqueda arqueológica de 2009 en Alfacar, pero no encontramos “ni una esquirla de hueso”. A partir de entonces, se dispararon los rumores. Unos dicen que la familia del poeta llegó a un acuerdo con los franquistas para rescatar sus restos de la fosa y trasladarlos a la Huerta de San Vicente. Otros insinúan que los habrían llevado a la Residencia de Estudiantes, en Madrid. Hay quien sospecha que la familia los trasladó a Nueva York para enterrarlos junto a su padre. Sin embargo, Ian Gibson asegura que siguen enterrados en una fosa común de Alfacar, que todavía no hemos encontrado. La familia Lorca, por su parte, guarda silencio y alimenta el enigma. Recordé entonces los versos premonitorios que Federico nos dejó en su Poeta en Nueva York:

Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias.
Abrieron los toneles y los armarios.
Destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,
y que el mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.

A pesar de todo, me dije ante la tumba de don Federico García Rodríguez, no perdamos la esperanza. Seguiremos buscando a nuestro poeta.

De Nueva York a La Habana

«Esta isla es un paraíso. Si me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba», escribió Federico a sus padres cuando llegó a la isla caribeña. El poeta granadino residió tres meses en aquel paraíso de fuego y danza, como él mismo decía, justo después de vivir casi un año en Nueva York. Tras pasar por la dura experiencia del crack del 29, Lorca describe así sus primeras impresiones de Cuba, conforme el barco zarpa desde la gran metrópolis, con destino a la capital habanera: «El barco se aleja y comienzan a llegar, palma y canela, los perfumes de la América con raíces…».
En Cuba, Federico descubre el erotismo irradiante de la naturaleza tropical y le producen fascinación esas «gotas de sangre negra que llevan los cubanos». Y es precisamente en La Habana donde se siente inspirado para escribir El público.

Mi viaje lorquiano acaba en Santiago de Cuba, capital del son, del ron y de la revolución, a la que Federico García Lorca dedicó uno de sus más célebres poemas:

Son de negros en Cuba
Cuando llegue la luna llena
iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera.
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser cigüeña,
iré a Santiago.
Y cuando quiere ser medusa el plátano,
iré a Santiago.
Iré a Santiago
con la rubia cabeza de Fonseca.
Iré a Santiago.
Y con la rosa de Romeo y Julieta
iré a Santiago.
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!
Iré a Santiago.
Siempre he dicho que yo iría a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Brisa y alcohol en las ruedas,
iré a Santiago.
Mi coral en la tiniebla,
iré a Santiago.
El mar ahogado en la arena,
iré a Santiago,
calor blanco, fruta muerta,
iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de calaveras!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.