Vivos, a pesar de todo

584

Desde hace algún tiempo, parece que el teatro se debate entre el teatro representacional (más tradicional) y el teatro posdramático (más performativo). Pero lo cierto es que es una falsa dicotomía. La escena oficial e, incluso, una gran parte de la alternativa, se rigen por una lógica similar, sin reparar en aquellas particularidades estilísticas: la lógica comercial, cuya hegemonía es prácticamente incontestable.

El modelo, que para nada es inocente, está sostenido por una multiplicidad de agentes: desde las escuelas de formación hasta el público, pasando por las endebles estructuras de la industria teatral. Y lo que resulta –más allá de si los actores engolan la voz o ni se les entiende cuando hablan; más allá de si visten camisas delicadamente planchadas o pantalones rotos- es el mismo teatro convencional que se alinea con su tiempo y reafirma lo que ya existe. Proyectos altamente especializados, tiempos de producción raquíticos, elencos eficaces, ensayos solventes y el todo tan igual y tan sometido al principio primero del acontecimiento cultural: que funcione.

¿Y cuáles son los criterios actuales para determinar lo que funciona y lo que no? La cantidad y la geografía: el número de premios cosechados, el número de halagos recibidos por la prensa, el número de seguidores o likes coleccionados en las redes sociales, el número de espectadores que abarrotan los teatros con mayor número de butacas que, normalmente, están radicados en las grandes capitales. Reconocimiento, éxito, fama y mi reino por pertenecer al mundillo teatral…

Y son tan demandantes esas ansiedades, reclaman tanta energía que, no por casualidad, apenas queda tiempo, ni espacio ni convicción para ocuparse del asunto esencial de todo esto: el lenguaje. Porque la cuestión aquí es el compromiso con la búsqueda de un lenguaje. Crear un lenguaje para atacar a la realidad, no para reproducirla por medio de personajes que representen lo posible. Que la obra desbarate su dimensión representacional, que no le alcance para hacer una representación de las cosas, sino una caricatura de las mismas; porque la caricatura enfatiza carencias y excesos, sin perder los rasgos esenciales, pero derrumbando el ensimismamiento del retrato.

Se trata de encontrar las fuerzas que empujan al símbolo, que lo tensionan, hasta convertir el lenguaje en un asombro. Un lenguaje que, incluso en el silencio, se revela impertinente, irreverente, visceral, desesperado… y que, precisamente, por esa desesperación disipa el miedo a fracturar los modelos establecidos, a profanar los parnasos prestados, a incendiar la normalidad (aún a riesgo de ser desterrados o incomprendidos; al fin y al cabo, de una manera u otra, la soledad es el destino que nos aguarda).

Y ante el complejo de histrionismo –que, a buen seguro, azuzarán los biempensantes, los tibios o timoratos- recordar que la gran histriónica es la realidad, a pesar de la maestría con que lo disimula. La cuestión, por tanto, es crear un lenguaje como combate violento contra esas máscaras y no descansar hasta ganarlo: sin medir el peligro, sin huir del abismo, sin renunciar a la locura, para arder en la verdad de estar vivos. De seguir vivos, a pesar de todo.