El amor es una canción francesa

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¿No estarás riéndote de mí?, le dijo Leandrito, con la lengua trabada. Ella le miraba con sorna, también liberada por el alcohol. Un americano, había pedido. Campari y vermut rojo a partes iguales, soda y ralladuras de naranja, mezclados con sonido de maraca por un camarero que no entendía cómo el futuro barón había desechado dos hembras de campeonato que, peón de confianza, le había preparado para la lidia. Niñato desagradecido, intentando seducir a una mujercita sin carnes donde agarrarse que de lejos parece un hombre con el pelo largo, un marica. Es bebida de hombres, le dijo Leandrito, la tomaban los soldados americanos en la guerra, la segunda guerra mundial. No me digas, respondió Francoise que hablaba español con soltura, memoria de su abuela, actriz española que apenas pudo asomar su hambre por los escenarios del viejo París. No me digas, repitió después de beber un sorbo helado, dejando que se diluyera sin prisas en sus labios gruesos, sin pintar. Sabe a alcachofa y a fruta, pruébalo. No tonto, le corrigió viendo cómo intentaba coger su vaso, pruébalo aquí, le dijo acercándole los labios. Leandrito no encontró cabello de ángel, mordió con fruición otro sabor, el del pecado o el de la vida, tan parecidos. Bailaron pegados toda la noche, canciones de amor, boleros que el vocalista cantaba con una seriedad de entierro, luchando con los gallos que se le rebelaban en la garganta. Te lo ruego carpintero, cuando construyas su casa, no pongas marco en su puerta, ni postigo en su ventana. El mundo con las canciones se cree mejor, se acepta mejor. Francoise no quiso ir a la playa, le cogió de la mano y anduvieron por las calles dormidas del pueblo, sin rumbo, hasta que encontraron un bar abierto. Una tasca de vino dulce, blancas paredes rugosas y una guitarra somnolienta abandonada en una silla. Esta noche no quiero dormir, esta noche debería ser eterna, dijo con tristeza, el pelo alborotado, la mirada líquida perdida en un cartel de toros que anunciaba una novillada con picadores. Seis bravos novillos, seis. Nunca se sabe, te creía un imbécil y me he enamorado como nunca. Leandrito no respondió, se levantó a pedir otro vino. Después bajaron, entre oscurecidas casas blanqueadas, los escalones hacia la playa, las barcas, con candiles de aceite, llegando a la orilla. Los pescadores vacían sus redes bajo la luz mortecina de los candiles de aceite, la pesca de jábega, una noche más, ha resultado ruinosa. Viéndolos, llega el tiempo de las promesas, esas que tan fácilmente brotan con el atropello del amor. Volveremos a vernos el verano que viene. Acurrucada en su hombro, Francoise se estremece con una ligera brisa que se levanta antes de que, en el horizonte, la vieja línea del mar, rompa el día. Le habla de la vida sencilla, sin aspiraciones, que nunca llegará a tener. Quiere huir de París, hacer añicos su biografía, hija huérfana de padres con vida, tan intelectuales ellos, lectores infatigables de libros, ensayos, poemas, novelas, mientras ella se va alejando sola. Alfonsina Storni adentrándose en el mar frío y solitario. Francoise llora y sonríe a la vez, acaso sea esa la contradicción del mundo.

Amanecía cuando entraron en el hotel, ella primero, él veinte minutos después, sin piedad con el recepcionista que dormitaba en un sofá. Buenos días señor, ¿le mandó el desayuno a su habitación? No te preocupes, estoy rendido, me voy a dormir enseguida, le respondió Leandrito rompiendo la costumbre. Pensó que su madre estaría profundamente dormida, sumida en un hermoso sueño de boda y futuro para su hijo con una mujer como Dios manda. Francoise le aguardaba tras la puerta entreabierta, la habitación trece, la superstición es cosa de necios, no es científica. Su amiga simulaba dormir, mientras en la cama contigua sonaba el inevitable ruido del amor. El muelle del colchón, los gemidos apagados, las palabras desesperadas que provoca el placer. El sonido rotundo, acabado, de los cuerpos que se encuentran. La vida buscándose en otro. ¿Dónde estuvo, donde está el pecado? Por primera vez Leandrito no siente la culpa, ese lastre que su familia le obliga a llevar como un blasón. Aquella mujer frágil, menuda, le acababa de enseñar el principio y el fin de todas las cosas. Junto a la ventana su hermoso perfil, desnudo después de ir al baño, regresa a la cama para abrazarlo después del amor. Nous vivrons à Paris, le dijo, viviremos en París, repitió Francoise.

Leandrito abandona la habitación, en sigilo, como un ratero. Mira hacia ambos lados, temiendo encontrar la rotunda silueta de su madre avanzando por el corredor amanecido. Un sol tenue resbala sobre el brillo de los azulejos entre las puertas y cae, desganado, sobre el mármol del suelo. Estará en misa, respira aliviado, doña Mercedes es de comunión diaria, cuando no lo hace se siente más inquieta. No está seguro de que le haya visto salir de la habitación 13, se cruzan al final del pasillo, buenos días señorito, le dice ella abofeteando su mejilla con la última palabra, ella que el verano anterior le enseñó los pechos en el lavadero, su primer pecado de obra, que no de pensamiento, una humedad derramada con vergüenza sobre los labios ávidos de la camarera de confianza de doña Mercedes, la más trabajadora, la más honrada. Ahora está seguro de que no tardará en comentarle a la señora, esta mañana, el señorito andaba por las habitaciones, yo no digo más señora. Ella, no quiere pronunciar su nombre, despechada porque Leandrito no subió nunca más al lavadero.

Apenas ha dormido, si acaso dos o tres horas, aún con el sabor de Francoise en la piel, las piernas cansadas por la guerra de caderas, el recuerdo de los besos desesperados, inagotables, la voz entregada, nous vivrons en Paris, el sueño alborotado con la resaca, dulce de los abrazos, agria de los martinis. Espera, en la terraza del hotel, la señal convenida, Francoise saldrá hacia la playa con su amiga. Las gafas negras de sol, buena pasta, ocultando la mirada enrojecida. Un actor de cine, traje de lino blanco, zapatos marrones lustrados por el limpiabotas mientras hablan de fútbol, del Málaga de Ben Barek, un marroquí que, de niño, le había colado goles entre las piernas al portero Hassan II en los jardines de palacio. La ve salir, es ella, la misma mujer que ha tenido en sus brazos, con un sombrero de paja con flecos, pasando a su lado mostrando indiferencia. Doña Mercedes contempla la escena desde la ventana de su estancia donde ha sido puntualmente informada por el rencor, sabe que es ella, las madres lo saben todo, hasta lo que se sueña. Leandrito deja pasar diez minutos, comprueba el tiempo en su reloj de muñeca, el primer reloj automático de Japón, le dijo Julia cuando se lo regaló por su último cumpleaños, dieciocho años, todo un hombre, añadió después de besar con ternura las mejillas de su hermano mayor, ella, Julia, que nunca quiso crecer, dieciséis años, ella, Julia, que quizá nunca debería haber crecido. Ella julia, que todavía no jugaba con los destellos de los cristales rotos. Se han citado en el bar del Molino Viejo, en la plaza de José Antonio, toldos con anuncios en los bajos de un antiguo caserón, Schhhhh…Schweppes, la tónica. Le esperan sentadas en un velador, las gafas de sol y los sombreros de paja sobre el mantel a cuadros, las faldas cortas, demasiado cortas, sólo se fija en las piernas de Francoise, blanquecinas, inmunes al sol de España, demasiado expuestas a los ojos de los demás. Se levanta y le besa los labios, un beso dulce, sin pudor, que Leandrito, en realidad no sabe por qué, desaprueba. Del interior del bar sale la voz de Paul Anka, Oh Carol, dedicada a su novia Carolina en el día de su cumpleaños con todo su cariño, suena la voz engominada del locutor de la radio. Seremos tan libres como los pájaros en los árboles, Leandrito no sabe inglés, ella le traduce la letra de la canción, fuera de España se estudian idiomas, quizás para entenderse. Beben vino de Málaga, dulce, con sabor a pasas, que deja lágrimas de caoba en los catavinos. Tú vienes con nosotros, intenta convencer Francoise a su amiga, que no tiene nombre, nunca tendrá nombre para Leandrito. Vete ya carabina, piensa mientras la ve titubear, indecisa, preguntándole al destino en su interior, si debe subir con ellos al Seat 600, aparcado a unos metros del bar. Francoise no puede retenerla, su amiga obedece a otras órdenes que nos empeñamos en llamar intuiciones. Se ha levantado, el sombrero de paja con flecos en la mano, antes de ponerse las gafas de sol abraza a su amiga, con una ternura triste, como si supiera que no la verá más. Sobre la berlina roja cae de lleno el sol, iluminándola como un reclamo publicitario.

No se ha matado porque Dios existe, ha sido terrible hija, terrible. Al otro lado del auricular Teresa Cinfuegos guarda un silencio espeso. La verdad es que esa chica francesa me da pena, tan joven la pobre y ya criando malvas. Era mona la chiquilla, ya sabes la cara delgadita, poca chicha, pero elegante, eso sí, como se visten en París en ningún sitio. Sí, conducía Leandrito, pero no había probado ni una gota de vino, te lo juro por lo que más quiero que es él, entrañas mías que susto se ha llevado. Se ha quedado alelado, un schock ha dicho el médico, no dice nada y tiene la mirada perdida de los locos. Claro que me da miedo, Teresa, el médico le ha mandado dos cápsulas de Pacium cada ocho horas, me da miedo que se duerma y que no se despierte más, pobrecito mío. Pensándolo bien es lo mejor que puede hacer, dormir, pues no que quería irse con la muerta a París para enterrarla, si es que es tonto de bueno que es, un accidente, ha sido un accidente y estaba de Dios, qué culpa tendrá mi niño. Con lo que me ha costado criarlo hasta el buen mocetón que es, tú lo sabes, que mis fatiguitas y mis latas de Pelargón me ha costado. De nada, no le ha faltado de nada. Esto le ha pasado por cabezón, igualito que su padre, no será porque mira las veces que le he advertido, con esas extranjeras sólo vas a coger una infección, asco me dan de tan frescas como son, besando al primero que pasa por su lado, pero esto qué es Dios mío. En Madrid nadie tiene que saberlo, prométemelo Teresa, si te lo cuento a ti es porque aquí no tengo nadie con quién desahogarme, me paso el día a lagrimita viva y Leandro no me echa cuenta, ni me ve, todo el tiempo haciendo llamadas a sus amigos importantes, hay que arreglar tantas cosas, que si el traslado del cadáver, que si el seguro del coche, todo pagándolo mi marido que ya ha hablado con los padres de la chica, no sé cómo se habrá entendido con ellos, por lo visto son dos intelectuales de esos, que pánico me da de las cosas que se les pasa por la cabeza. Sí, estoy segura, de que el nombre de Leandrito no saldrá en los periódicos, eso está arreglado con el censor ese, no me acuerdo de su nombre, hija. En Málaga no se publica una letra sin su permiso, revisa hasta las crónicas de los partidos de fútbol y de las corridas de toros, hace bien, ninguna letra es inocente dice Leandro y tiene razón. Lo cierto es que lo ha invitado una semana al hotel, la mejor habitación, todos los gastos pagados, tienen que hablar de negocios. Bueno hija te cuelgo que se va a disparar la factura, júrame que no se lo contarás a nadie, ya sabes, la gente se envenena con estas cosas, sobre todo a Dorita Alarcón, que me la tiene jurada y por eso no me invitó a la boda de su hija, la muy pamplinas. Doña Mercedes cuelga el teléfono de pared, al girarse comprueba que la camarera se ha enterado de todo. Estás despedida, zorra. Se lo tenía merecido, escucha mientras le da la espalda.

Almuerzan tarde, casi las cuatro, en el café-restaurant del Balneario Marcelo. Magnífica playa. Habitaciones con baño. Nueva reforma. Precios económicos. A Francoise le gusta la sangría, brandy, vino tinto y frutas frescas, ¿no has pensado nunca en vivir solo?, pregunta mordiendo un trozo de manzana teñida de sangre falsa, le cae por los labios. Soltero de oro, le llama doña Mercedes, abrochándole la camisa recién planchada, cerrando los puños con pasadores de oro, cuando van a una boda, soltero de oro. Nunca lo había pensado, vivir solo para qué, hay madres que se casan en segundas nupcias, clandestinas, con sus adorados hijos, los cuidan como príncipes. Más de una vez lo he pensado, contesta Leandrito aún con el sabor de los chanquetes en la lengua mentirosa. Han bebido ya una jarra de sangría, piden otra. Sentados al sol, el mundo les cae sobre los párpados. Ella le coge las manos, acaricia los recios dedos sin anillos, tararea una canción de Jacques Brel, ¿no lo conoces? , es maravilloso, quand on n´a que l´amour, cuando no hay más que amor. Francoise está enamorada de Brel, quiere un hombre así, dispuesto a atravesar el mundo de punta a punta por un poco de ternura. Para Leandrito la música no tiene palabras, aún menos poesía, sobran los versos en su vida, si acaso un bolero acaramelado para apretarse a un cuerpo. Bésame, bésame mucho como si fuera esta noche la última vez. Bajan en dirección al mar, buscando la sombra reconfortante de los pinos, en un lecho improvisado de toallas sobre la grava se abrazan, revuelcan los cuerpos semidesnudos, los pechos al aire no libre, las manos varoniles ansiosas de deseo, sedientas de caricias las de ella. Sinvergüenzas, escuchan a lo lejos, golfos, escuchan más cerca. Tiene los ojos enrojecidos, parece que van a salir de sus cuencos, mientras golpea con un palo los arrugados pantalones de lino blanco. El hombre no había ganado la guerra para ver esto. Defendiéndose a patadas reconoce al amigo falangista de su padre. Bigotito afilado, una tenue sombra sobre los labios cuarteados, la santa ira inflándole las mejillas cirróticas. Hijo de puta, mal español, grita tirándole el palo. Corren hacia el coche, huyendo como fugitivos en aquella España en la que a la vida se le llamaba la atención.

Arde la tapicería del coche, el sol lanza llamas sobre los asientos gris ceniza. Han entrado al infierno, así sufren los pecadores. Francoise tiene las mejillas húmedas, el corazón acelerado por la huida. Hijo de puta, lo pagará, dice Leandrito golpeando el volante con rabia, hace sonar repetidamente el claxon. No, no conviene encima montar un escándalo, has sido cogido fuera del área, esas cosas se hacen de otra manera, Leandrito, peor sería que me hubieras salido bujarrón, macho, pero al aire libre…le dirá a la mañana siguiente su padre, una vez que se han llevado el cuerpo de Francoise en un ataúd de madera noble barnizada, con crucifijo. Un entierro de primera. Estaba dispuesto a pagarle un entierro de primera, como si hubiera sido su nuera. Con tres sacerdotes vestidos con dalmática, estola y pluvial negro, la carroza fúnebre tirada por seis caballos enjaezados de negro, hasta con sochantres. Leandrito escucha sonámbulo, a pesar de las pastillas, los ojos enrojecidos, desesperados. No sabe quien puñetas serán los sochantres. Qué exagerado eres Leandro, replica doña Mercedes que borda ropa para la Campaña de Navidad. No te digo que a la pobrecita se la llevaran en un furgón, como en un entierro de amor de Dios, pero con un sacerdote con capa negra, el sacristán con la cruz y un monaguillo con el incienso, hubiera sobrado. No estamos para derroches, eso sí en carroza pero con un solo caballo. Leandrito guarda silencio mientras escucha a su madre lamentarse de que la pobre no muriera confesada. No se callará nunca, no calla nunca, doña Mercedes sólo vive si habla, cállate ya vieja cotorra. Se queda adormilado, los ojos entreabiertos, la luz del sol revoleteando como una mosca. A Francoise la enterrarán en el cementerio Père-Lachaise, el más grande de Paris, cerca de donde yace el tiempo perdido de Marcel Proust. Sus padres aguardan el cadáver en la Embajada, se han negado a viajar a Torremolinos, los gastos pagados, a enterrar a su hija en tierra española. “Muy críticos con el glorioso Movimiento Nacional”, ha escrito el embajador en su informe, “enemigos confesos de España” ha ratificado en la máquina de escribir mecánica, acero gris, con letra ñ y acento agudo. Por fin el pobrecito mío ha echado un sueño, dice doña Mercedes recogiendo, satisfecha, sus labores de punto. De la cocina del hotel llega música, ¡Oh Torremolinos¡, un pasadoble, son tus mujeres vivientes esculturas, Torremolinos, rincón de belleza soberano, rincón gitano. Una corneta militar ordena silencio, suena el himno nacional, ¡Arriba España¡, el parte, diario hablado de las dos y media, las buenas noticias de España. Don Leandro no puede evitar emocionarse, le recuerda el último parte de la guerra.

¿Qué piensas hacer con tu vida? le ha preguntado ella con los ojos de gata de Brigitte Bardot en Y Dios creó a la mujer, película que Leandrito aún no conoce. Está tumbada frente a él, cuerpo a tierra, en la piscina del Hotel Costa del Sol, única, tiene un gran barco dentro, no hay otra igual en el mundo, dice la publicidad. Detrás de Francoise se divisa el mar, la playa de la Fuente de la Salud, junto a la dársena de Poniente. Se han refugiado aquí de la santa ira. Ella no ha parado de reír recordando la huida de Leandrito con los pantalones de lino bajados esquivando un palo lanzado como una jabalina. Ni en la Edad Media, le ha dicho. España como problema, el orgullo de raza herido, ha callado y calla ahora. Nunca ha pensado que hacer con su vida. Si acaso divertirse, que la vida son tres días, ligar todas las niñas del Colegio Sueco que pueda, hay donde elegir, cien, doscientas suecas jóvenes, solas, de vacaciones, sin madres que le den el visto bueno para bailar con él, ahí están, apetitosas, llenando los bares y las discotecas, tan diferentes a las beatonas de la Residencia de Educación y Descanso que puede divisar a su izquierda mientras Francoise nada en torno al barco, sirena tan diferente a todas. O quizá mejor irme con ella, seguirla a París o a donde vaya, nous vivrons á París, piensa viéndola venir, las tersas caderas apuntalando el cuerpo ligero que lo abraza con recato, siente el bikini húmedo, bien ha aprendido ella que en esta tierra acostumbrada a la muerte, la vida es presa fácil. La tarde va cayendo con presagios de luz de invierno. Queda mucho tiempo para que doña Mercedes duerma y puedan recuperar el amor. No me has contestado ni me contestarás, le reprocha Francoise ya vestida, secándose el pelo con la toalla, la cabeza inclinada como si pretendiera escuchar los sonidos de la tierra. Suben una escalinata con surtidores, murmullos del agua, se adentran en un paseo flanqueado de flores, el crisantemo es flor de septiembre. Leandrito acaricia la palma de su mano, recorre la línea de la vida que apenas alcanza el pulgar, supersticiones, habladurías, cosas de brujas. Se detiene y arranca la última rosa para Francoise, roja y humedecida, plétora de sangre.

Ya estoy en Madrid hija, nos hemos tenido que venir antes, sabes que a mi me gusta apurar los días de septiembre, sin tanto veraneante, vamos que nos quedamos los de siempre, pero Leandro dice que los negocios no pueden esperar. Teresa, a ti si te voy a decir la verdad, estaba empezando a estar harta de las murmuraciones en voz baja, que si Leandrito estaba borracho como una cuba y ella más, que si habían fumado kifi de ese, como si mi niño fuera un legionario, no de drogas no es, una copita no te lo niego, un Martini, un Centenario pa echarse palante, eso sí pinturero como buen macho en cuanto le ponen el trapo, que está en la edad. No hija, no, los padres no han querido enterrarla aquí, ni que salga una esquela en el periódico, Francoise Limoges, fallecida a los dieciocho años de edad en accidente de tráfico, es verdad, a tí si te lo digo, que le faltaban tres meses para cumplirlos, pero de ahí a que Leandrito ha violado a una menor como dicen algunos malasangres, la envidia mata, mejor que no haya salido ninguna mortuoria, qué iba a poner, ¿su afligido amigo?, señalándose vamos. Este Leandro a veces tiene unas ideas. No, estoy sola en casa, han ido al Bernabeu con un general, vente y nos tomamos un vermut que nadie nos va a ver, tengo muchas cosas que contarte. Sí, hija sí, qué verdad es que todas las cosas se pagan con la madre, de los nervios estoy, a base de tilas y optalidones, se pasa el día encerrado en su habitación, que miedo me da de que haga alguna locura, está como ido, no veas lo que le ha costado a Leandro llevárselo al fútbol, antes no lo habría dudado ni un segundo, que sí Di Stéfano, que si Puskas, que si Gento…tan orgulloso de su Real Madrid. Ahora parece que no le importa nada y lo paga con su madre, me grita como a una criada, no consiente que lo lleve al médico, que esa es otra, yo quiero llevarlo a López Ibor, del que Dorita habla maravillas, pero Leandro insiste en que lo vea Vallejo Nájera, dice que ha demostrado que el comunismo es una enfermedad incurable y además es jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares pero es lo que yo digo, para curar no hacen falta galones, ¿no te parece? Me da cosa que a mi Leandrito lo traten como a un soldado prófugo, pero alguien tiene que quitarle de la cabeza esa idea que tiene de irse a París detrás de la muerta.

Francoise quiere corresponder, hacerle un regalo, para cuando lo escuches te acuerdes de mí, un disco de melancólicas canciones francesas, Edith Piaf, non, rien de rien, non, je ne regrette rien, no, nada de nada, no, no lamento nada, le traduce mientras escuchan la canción en el tocadiscos de pruebas. Han entrado al bazar Aladino, un gigantesco barco de cemento, blanco y rojo, al lado de la carretera. Televisores, radios, tocadiscos, electrodomésticos, muebles para campo y playa, instrumentos musicales y artículos para deportes. El año pasado se inundó, le dice Leandrito, la carretera está inclinada, el agua entraba en tromba, la furia licuada de Dios. Nunca llueve en la Costa del Sol. El bazar está lleno de extranjeros, algún español pudiente compra para estar a la moda, la torre de Babel en bañador con la piel quemada, España es una unidad de destino en lo universal. Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera suena en el tocadiscos de pruebas cuando salen a la calle anochecida. Dejan el coche aparcado en la puerta y caminan hacia las humildes, enrevesadas, calles del pueblo. Cal arrugada en las paredes, hace calor, mucho calor, pero la luna está fría. Van de la mano, dos enamorados, el amor cuando tiene esperanza camina a trompicones, de la mano, a ratos él le agarra la cintura, no te vayas, le dice, Francoise debe regresar mañana a París, le espera la Universidad, la Sorbona, un caserón de ventanas alargadas y buhardillas elegantes, sobrio, quizás lúgubre, el saber no admite sentimientos. Va a estudiar literatura francesa, ama a Julián Sorel y a madame Bovary, ¿acaso no se siente también ella asfixiada, incomprendida? Puedes quedarte una semana más, por el hotel no te preocupes, lo arreglaré con mi padre sin que se entere mi madre, claro. Ella le besa los labios, los muerde, apoyada en la pared de una sombra, alejados de la luz delatora de las bombillas amarillentas. Con la guerra España se quedó sin luz, larga sequía de pan, agua y kilovatios. Ya no quedan apenas pueblos en España a los que no llegue la electricidad, defiende don Leandro ante los tibios, los escépticos, esos que ven siempre la botella medio vacía, la botella está medio llena que no es lo mismo.

Doña Mercedes la ve entrar en el porche, atravesar el comedor desierto ya, los extranjeros, cuatro ingleses, cuatro suecos, dos norteamericanos y dos alemanas que han ocupado la habitación trece, comen muy temprano. Sólo en España sabemos vivir, tenemos en el estómago el verdadero reloj del mundo, qué horas de cenar, Dios mío, si todavía ni siquiera ha anochecido. La amiga de Francoise ha olvidado algunas de sus pertenencias, una minifalda turquesa, un pantalón pescador casi bombacho y unas sandalias de goma, la pobre tan ocupada en recoger el ajuar de la muerta por si le sirve de consuelo a los padres, piensa doña Mercedes metiendo las prendas en una bolsa de esparto que también ha olvidado. Los objetos que nos rodean no son inocentes, nos delatan, traidores, cuando desaparecemos. La ha visto salir, apenas hace cinco minutos, un fantasma sin nombre, la amiga de Francoise, el rostro pálido, sin sangre, los hermosos negros idos, fugitivos. Sobran las palabras, cuando cae el telón nada más hay que hablar. ¿A dónde irá el amor de los muertos?

Autoría: Francisco Gallardo. Médico escritor.