¿Pero sirve de algo PISA?

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Estos días nos han traído una mala noticia: los datos españoles de lectura del informe PISA no se publicarán el 3 de diciembre. Parece ser que los responsables no se creen los datos porque han detectado que unos estudiantes rellenaron las pruebas de comprensión lectora demasiado rápido y sus respuestas, además, obedecían a patrones inverosímiles. Consideran que o hubo un boicot o es que los estudiantes no “comprendían nada”.

¿Y qué hacemos ahora? Pues ahora toca usar un mantra muy actual: ¡convirtamos las malas noticias en oportunidades! Este aplazamiento es una magnífica ocasión para dudar de la veracidad de PISA. ¿Quién nos puede asegurar que esto no ha pasado otras veces?

Escriben algunos medios que es la primera vez que se “aplaza”. Es cierto. Pero no es la primera vez que se da a conocer una manipulación de PISA. Recordemos que la Generalitat de Cataluña (lo siento, pero es que sucedió en Cataluña…) en 2012 cambió la muestra objeto de estudio, y disminuyó el número de estudiantes de centros enclavados en zonas de riesgo de exclusión social, quienes supuestamente deberían a priori sacar peores resultados.

Busquemos cómo se hace PISA: las comunidades autónomas se postulan voluntariamente a ser evaluadas y seleccionan un grupo de estudiantes representativo de 4º de ESO (15 años). Es decir, no son los que cursan Primaria, Bachillerato o FP. Durante unas semanas, fijadas con antelación, se les pasa unas pruebas en formato digital en su centro. Es decir, los evaluados seleccionan la muestra. Dudoso ¿no? Pero hay más. Se les examina de competencias en matemáticas, lectura, ciencias, “global” y competencia financiera. ¿Curioso, verdad? Participan 80 países de la OCDE.

Las críticas a PISA ocupan ya páginas y páginas en las revistas de Pedagogía de todo el mundo. Hay artículos que demuestran con argumentos sólidos la idoneidad, veracidad e incluso “utilidad” de PISA. Por razones de espacio, seleccionaremos solo unos pocos.

Desde nuestro punto de vista, además de las críticas puramente estadísticas, se nos antoja de difícil comprensión elaborar clasificaciones de sistemas educativos “buenos” y “malos”. ¿Cómo se pueden comparar sistemas de 80 países, cada uno con su historia y su presente? Es decir, ¿se pueden comparar Andalucía con República Dominicana? ¿Y Japón con Moldavia? ¿Qué podemos concluir de esos estudios? Si los países escandinavos acaban con su analfabetismo para finales del XIX, y en Andalucía en 1980 el sistema educativo franquista y totalmente centralizado nos deja un 15% de personas sin saber leer ni escribir, ¿podemos ser comparables? Y además, a modo de Champions Ligue, encima se establece un ranking.

Y otra cuestión. ¿Cuáles son los objetivos latentes tras los contenidos de PISA? Cuando se evalúa con pruebas “estandarizadas” sometidas a las competencias, se sitúan personas, grupos de presión e intereses. Cuando se busca homogeneizar la evaluación, unos pocos fijan los criterios y dictan “las preguntas del examen”. Es decir, ¿quién y por qué considera una competencia o un contenido valioso o no valioso?

Y la tercera. Estas evaluaciones están condicionando las políticas educativas. Nuestras autoridades caen voluntariamente en la trampa y perfilan contenidos, competencias y decisiones de acuerdo con lo prefijado en PISA. A ver si al final no vamos a tener en el Estado español tantos sistemas educativos como dicen…

Pero el problema que nos plantea PISA no es tan solo su credibilidad. Otra cuestión más relevante es la imagen que se transmite a la sociedad de nuestro sistema educativo. Unos datos de procedencia controvertida, con análisis carentes de la rigurosidad suficiente para ser indiscutibles, son dados a conocer profusamente a los ciudadanos –sobre todo los más negativos- entre los medios de comunicación y políticos de turno. El alto grado de conocimiento de los informes PISA entre la población resulta sorprendente. Sin embargo, ningún medio, ni ningún político da a conocer los entresijos ya comentados para la elaboración del mismo. Eso sembraría, al menos, algo de duda o controversia.

Los políticos gestores de la enseñanza esperan con pavor el día de la publicación de las cifras, ya que son asumidas por la oposición -sea del partido que sea- para golpear con contundencia en la cabeza del Gobierno. PISA se convierte en el argumento “estrella” -hay muchos más, de los que trataremos en otro momento- para alimentar ese discurso del fracaso de la escuela, el discurso reaccionario, asentado hoy día. Gracias a estos números, la educación ocupa durante unas jornadas el centro de atención, y finalmente, en casi todos los foros, se concluye que la enseñanza está “muy mal”.

Esa evaluación interesada, carente de rigor, se erige en ariete para que parte de la sociedad menosprecie, vilipendie, maltrate e insulte la labor del sistema educativo (generalmente el público) y, por tanto, a miles de docentes que tratan de hacer su trabajo lo mejor que pueden. PISA provoca titulares tan inverosímiles o perversos como “La cesión de competencias educativas reduce el rendimiento de los alumnos”, “España repite curso” o “Un colegio concertado de Alcorcón supera a Finlandia en el informe PISA para colegios”.

PISA va más allá de intentar ser la información relevante para orientar políticas públicas. Desgraciadamente, las cifras son usadas para apoyar con base “científica” el desprestigio de la imagen de los docentes y de la educación.

Una vez que ya hemos sufrido la novatada, va siendo hora de adoptar otra actitud ante estos estudios de la OCDE y plantear cuestión de la enseñanza de una forma seria. Obviamente la escuela no es un “paraíso”. No queremos defender eso. En nuestros centros suceden problemas todos los días. Pero no son irresolubles. Las deficiencias, evaluadas de forma seria y con métodos colaborativos, donde participen activa y constructivamente todos los implicados, sin intereses particulares, pueden ser minoradas con rigurosidad. Y para eso, no nos hace falta PISA.