Andalucía F.C.

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La última barrabasada de este Gobierno andaluz, con su Presidente a la cabeza, ha sido la manipulación de nuestro escudo. Como ya es bien conocido, con motivo de una rueda de prensa sobre la pandemia, este señor se arroga la potestad de cambiarlo y ponerlo por delante, incluso físicamente, en su atril. El televidente recibía esa imagen en su TV, en un primerísimo plano.

Para colmo, esta interpretación personal del escudo, se acompañó de un bellísimo pin, complemento en oro de ley, pagado por todos los espectadores, fiel reproducción de del nuevo diseño.

Independientemente de las tradicionales preguntas del cuándo, cómo, dónde y porqué, que siempre llegan a nuestra cabeza cuando contemplamos estropicios de este calibre, me gustaría detenerme en otra interrogante curiosa: ¿qué puede haber tras esa decisión? ¿qué pudo pasar por la cabeza de este hombre, para hacer eso y gastar dinero del contribuyente en esa partida? Porque tras ese nuevo logo, hay una empresa que hace el estudio, otra que lo diseña y otra que la fabrica. Las respuestas son múltiples. Creo que todos podríamos aportar soluciones acertadas.

Ahora bien, a mí me atrae mucho, por su verosimilitud, la idea de que este señor entiende Andalucía como su cortijo. Como su empresa. Bajo esa mentalidad, Andalucía no es un pueblo, una nación, una región o una nacionalidad. Ni siquiera un territorio. Para él, es una empresa. Es algo mío. Y lo es porque el Consejo de Administración (léase Parlamento) ha decidido nombrarme su Presidente. Y como es mi empresa, hago con lo que quiero con ella. En la próxima Asamblea de accionistas, (léase elecciones o posibles censuras) ya me juzgarán. Pero, para entonces, intentaré tenerlo todo atado y bien atado. Para el Presidente, Andalucía es como un club de fútbol: el Andalucía FC. Como es mi club, se plantea: ¿qué debo hacer para modernizar su imagen y su imagen corporativa? Respuesta: cambio sus logos. Juego con el escudo y luego con las camisetas. Así, de camino, paso a la posteridad.

Un escudo es la representación gráfica de la Historia de un pueblo, en las calles de hoy. Cuando en 2020 pasamos junto a él, la Historia se transforma en actualidad, se visibiliza. El escudo de Andalucía -por cierto, con más de cien años de Historia, frente a los 39 del español actual- es una forma de sentirnos identificados con los andaluces de otros momentos, que quisieron ser reconocidos políticamente como tales. Esa es la vertiente pedagógica de los símbolos. Cuando a un pueblo se le arrebata su Historia, se le desactiva como tal. Se convierte en una zona, en una unidad territorial, o un lugar. Simplemente un espacio para la gestión administrativa. Y muchas veces, ni eso. Recordemos que durante el franquismo Andalucía fue dividida en las jurisdicciones universitaria, política, eclesiástica y militar. Andalucía, para Franco, no existió.

Cuando entre 1982 y 1983 País Vasco, Cataluña y Galicia, aprobaron sus Leyes de uso del euskera, catalán y gallego, utilizaron el término “normalización” lingüística en su encabezamiento. Las palabras no son asépticas. Ese concepto admitía, denunciaba y pretendía solucionar una realidad que no era “normal”: la discriminación y persecución durante décadas de los idiomas vernáculos. Con el Estatuto de Autonomía era necesario “normalizar” esta cuestión.

Aquí en Andalucía llevamos décadas inmersos en un proceso de “normalización”. Tras las elecciones andaluzas de mayo de 1982, se inició un camino de vuelta hacia la senda de lo “normal”. Porque no era normal que Andalucía tuviera un partido nacionalista con representación parlamentaria, ni que hubiera un sentimiento identitario arraigado, que incluso tuviera símbolos históricos, y hasta un Padre de la Patria. Lentamente, como se ejecutan las decisiones graves e impopulares, sin que se noten, de tapadillo en muchas ocasiones, Andalucía fue desapareciendo de las escuelas e institutos; fueron desapareciendo muchas banderas de los balcones, e incluso de las plazas públicas. Andalucía se usó como ariete contra el Estado autonómico (un contrasentido). Los gobiernos andaluces recortaron las ayudas a la Fundación Blas Infante y siguen sin hacer nada ante continuos los gestos de desprecio de muchos españoles por nuestra cultura …

El grave incidente del escudo andaluz es un ejemplo más, un paso más, en el proceso de “normalización”. Ahora no cabe más que reivindicar no solo los símbolos, sino también la resistencia ante la manipulación tergiversada de lo andaluz.