¿Catástrofe anunciada? Espero equivocarme

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Soy un pesado. Lo sé. Una y otra vez vuelvo sobre el papel de la sociedad civil en la cosa pública. Y una y otra vez concluyo que no sólo es cortito y con sifón, sino que, además, es recibido con desconfianza. Décadas de una democracia parecida al despotismo ilustrado ha conseguido la desafección más completa de gran parte de ella y que, la que todavía busca participar tenga una y otra vez que reinventarse. Cuando ha existido la posibilidad de que se abriera un camino nuevo, sobre éste han caído piedras y piedras hasta taponarlo. Hoy, a falta de algunos flecos, el diseño político de la Transición vuelve a afianzarse. Lo veremos en las próximas elecciones andaluzas.

Lo malo es que la sociedad tiene la costumbre de moverse, de buscar salidas, incluso de experimentar. Así que, con los mimbres de los que dispone, está buscándola en el tenebroso camino de la extrema derecha. Bueno, pienso que la gran mayoría no sabe siquiera lo que es eso. Hasta el punto que en los próximos comicios, la derecha franquista y la extrema derecha «moderna», la que viene de Estados Unidos, pueden alcanzar un resultado histórico. Mientras que la izquierda tendrá un resultado casi marginal. No creo que un partido como el PSOE pueda ser definido como tal y sí como de centro liberal con algunos pincelazos de radicalismo (en el sentido francés).

Por mucha sorpresa que se quiera mostrar, incluso preocupación, la verdad es que a las empresas protagonistas de la vida pública, casi en régimen de monopolio, no les importa la irrupción social del fascismo versión siglo XXI. Piensan que, al final, terminarán integrados, como ellos, o si se muestran demasiado “rebeldes” ya le buscarán las cosquillas mediante corruptelas o cualquier otro asunto que venga bien. En el fondo, salvo para agitar el espantajo del miedo y el guiñol electoral, la existencia de VOX viene muy bien. Sobre todo, si no se sale del margen del antiguo mundo del Partido Popular.

A fin de cuenta sólo se trata de un cambio de manijero. Más zafio, más cruel, con más prisa, pero en el fondo lo mismo: privatizaciones, paro y desprecio de casi todos los millones de andaluces que sólo sirven para acoger a políticos fracasados, hacer reír, cachondearse de ellos y venir a bañarse en sus playas. Ya ni les importa que sople el levante. Cuestión de modas.

Así que menos caras de sorpresa cuando el veinte de junio nos levantemos con cara de tontos viendo que el fascismo andaluz no sólo decide el gobierno, sino que además reclama participar en él. Que son fachas, pero no tontos y ya sabemos el frío que se pasa fuera del presupuesto público. También oiremos los lamentos de esos malvados abstencionistas que son los culpables, como Rusia en el franquismo, de que las camisas pardas se paseen orgullosas por las calles.

Nada tendrá que ver que Bolaños y el presidente de Castilla y León coincidan en que eso de las víctimas del golpismo, no sólo es cosa de justicia, verdad y reparación de quienes han sido perseguidos, ninguneados y se han ido muriendo esperando encontrar los restos de sus familiares. Que los asesinados por el otro bando también deben de formar parte de ese reconocimiento ya que nunca lo tuvieron y continúan siendo perseguidos. Porque ya saben que lo de julio de 1936 no fue un golpe de Estado contra un gobierno legítimo, una matanza, un genocidio social que provocó una revolución y una guerra. No, fue una expresión de los dos bandos que siempre hay en esta piel de toro, que verdugos y víctimas tienen el mismo rango.

Por supuesto que eso sólo ocurre con las víctimas del terrorismo franquista. Así que si, en el futuro más o menos lejano, hay un gobierno de la «izquierda» del bipartidismo, no tendrá ni que cambiar el nombre ese de Comisionado de la Concordia. A fin de cuenta eso de la memoria histórica nunca les gustó y sólo el trágala ciudadano fue el que les obligó a ponerse al frente tapándose la nariz.

Espero equivocarme de titulado. De verdad que lo espero, pero también pienso que de donde poco hay, poco se puede sacar. Es el resultado de décadas de promoción de la ignorancia, de corrupción, de una irritante superioridad económica de, en definitiva, todo lo que cabe esperar de un régimen que apenas fue capaz de romper con las formas de la dictadura y mantuvo su eterna desconfianza de la población. De aquellos que cada vez se fueron reconociendo menos en sus llamados representantes. De los que abrían la cartilla del banco a fin de mes y veían ingresadas sus suculentas nóminas, de quienes no tenían problemas para pagar el alquiler o la hipoteca. Y para remate, en esta Andalucía de nuestras penas, donde se decide en Madrid quien va alcanzar la gabela y apenas se le deja al lugareño el papel de palmero.

Pues eso, que espero equivocarme.