Claves para entender la economía andaluza (I)

Para entender qué le pasa y cómo funciona la economía andaluza se necesitan algunas claves que aquí se resumen en siete apartados de los que en esta primera parte se incluyen cuatro*.

1. La economía es un producto social, una creación de la mente humana. Esta afirmación, que en principio puede parecer evidente, tiene repercusiones que ya no lo son tanto. Por lo pronto implica algo que desde la ideología dominante se niega rotundamente: puede haber otras maneras de entender y de concebir lo económico. La economía que rige hoy hubo un tiempo en que no existió y no tiene porqué seguir existiendo; es más, está en un período de crisis terminal, aunque no podamos precisar cuánto va a durar ese período. Cabe imaginar un mundo más allá del capital y la mercancía.

Por otra parte, la evidencia de que la economía es un producto social corrobora también que no es, como se supone en los templos de la economía convencional, algo que obedece a unas leyes objetivas y neutras que la sitúan por encima de nosotros e incluso por encima del bien y del mal.  Como todo lo que se construye socialmente, es la resultante de relaciones de poder. En este caso la economía que hoy prevalece es una creación del hombre, blanco, heterosexual, perteneciente a una élite dominante del Norte. Es una invención de este sujeto privilegiado de la modernidad y el capitalismo; un sujeto que monopoliza el poder y desde cuyos intereses y afanes se define lo que se entiende hoy por economía, que es una parte de su manera de entender la vida y de vivir. Por eso puede decirse que la economía es también el producto de una cultura: la asociada a la llamada “civilización” industrial o cultura occidental. Una cultura que está muy lejos de la cultura popular andaluza, resultado de una experiencia colectiva de opresión interna y externa que tiene dentro un fuerte potencial de liberación.

2. ¿Desde dónde se gobierna lo económico? Contestar esta pregunta es otra de las claves para entender nuestra economía. Para responderla pensemos en la representación usual del “mapamundi”, con Occidente en una posición centrada, el Norte arriba y el Sur abajo. Podríamos preguntarnos ¿porqué no del revés? Reparamos entonces en que la representación de un territorio en un mapa, aparentemente “neutra” y “objetiva”, es también resultado de relaciones de poder y traduce en gran medida la visión que quien lo construye tiene de sí mismo y de “los otros”; el imaginario geográfico es uno de los lugares desde donde nos pensamos y pensamos a los demás. Evidencia la arbitrariedad con la que se construye la representación dominante de la realidad, a la vez que normaliza una jerarquización y unas relaciones de poder y silencia e inferioriza otras representaciones. Esta es una cartografía atrapada en una ideología de conquista, de dominación. El hombre blanco, perteneciente a una élite dominante del Norte, ese sujeto privilegiado de la modernidad al que nos referíamos, ha construido unas gafas para que veamos el mundo según conviene a sus intereses.

Unas gafas que encubren varias formas de dominación. Una de ellas es el dominio del Norte sobre las economías del Sur, encubierto a través de un relato que las considera rezagadas en el camino único que deben recorrer todos los pueblos hacia el “desarrollo”. Desde esa óptica, la economía andaluza, como la sociedad andaluza en su conjunto, es una realidad social, económica y culturalmente atrasada. Desmontar este relato del atraso es otra de las claves para tomar conciencia de dónde estamos.

3. No somos una economía atrasada. La ideología dominante sitúa a la economía andaluza como una economía que todavía no ha llegado a la meta. No ha llegado a ser como las economías del Norte (autodenominadas “desarrolladas”), modelo de referencia desde el que se definen nada menos que las condiciones ideales de existencia para todos los países y todos los pueblos del planeta. Para esta ideología solo hay una única manera de entender la vida y de vivir; no hay alternativa.

Según esta creencia, las economías atrasadas, como Andalucía, aunque todavía no han llegado, van camino de llegar; eso es tranquilizador; llegar es solo una cuestión de tiempo. Mientras tanto, estamos incompletos, somos imperfectos; estamos siendo en la medida en que nos vayamos pareciendo a los que sí son; entretanto, no somos.  Por eso, desde estas gafas se nos ve y se nos define no por lo que somos, sino por lo que nos falta para llegar a ser como otros. Esta es una forma clarísima de negar la realidad social, económica y cultural de Andalucía.

La receta a partir de este diagnóstico viene a decir: hay que ir más deprisa para llegar antes. Hay que crecer más. Más crecimiento económico y más modernización de la economía. Esta receta la comparten hoy no sólo la ideología más conservadora, sino también la izquierda tradicional, que participa del diagnóstico del atraso, pilar fundamental de la ideología del desarrollo. Desde estas gafas no se está en condiciones de entender una realidad económica, social y cultural como la andaluza, porque están construidas para velar el carácter colonial de la posición de Andalucía dentro del orden establecido. Por eso, como la experiencia nos confirma, el remedio del crecimiento no funciona, porque el diagnóstico del atraso es erróneo, y así Andalucía ha conocido períodos de un fuerte crecimiento económico al final de los cuales no sólo no se sale del hoyo, sino que se profundiza más en él por las razones que más adelante veremos. No somos una economía atrasada, somos una realidad subalterna, y esta otra de las claves importantes para poder entender nuestra realidad socioeconómica.

4. Una economía subalterna. Nuestro papel sigue siendo el mismo que cuando éramos la Bética romana: abastecer de materias primas a las metrópolis. Hoy este papel se traduce en actividades como la agricultura intensiva, el turismo de masas y la minería. Como decía Eduardo Galeano, en la división internacional del trabajo unos países se especializan en ganar y otros se especializan en perder. Andalucía viene perfeccionando su especialización en el perder, o, con palabras que el mismo Galeano utilizaba para los países de América Latina, la economía andaluza viene desempeñando el papel de sirvienta para las metrópolis del Norte. Una dedicación definida desde su extractivismo: apropiación de “recursos” naturales de forma intensiva y en grandes volúmenes que en su mayoría son exportados como materias primas. Dentro del Estado la andaluza es la economía que más “recursos” naturales pone en juego a cambio de menos dinero, de menos remuneración recibida. Aquí, deterioro ecológico y empobrecimiento social van de la mano. En las economías que están en la otra orilla, Cataluña, Madrid o Euskadi, sucede todo lo contrario. Sin poner apenas en juego “recursos” naturales propios (los importan de lugares como Andalucía), se apropian de una gran cantidad valor monetario.

El carácter de sirvienta de otras economías de la economía andaluza se pone de manifiesto no sólo porque para el sistema Andalucía es un área de extracción sino porque, como otros pueblos del Sur, viene siendo también un área de vertidos; un basurero de residuos tóxicos. Depositados en El Cabril, en Nerva, o, siendo la industria una actividad insignificante en Andalucía, en el mayor vertedero industrial de la Unión Europea, localizado en territorio andaluz. En las marismas del Tinto, en contacto con un espacio de alto valor ecológico y de zonas protegidas por diversas Directivas Ambientales de la Unión Europea, en el mismo estuario de las marismas del Odiel declaradas por la Unesco reserva de la Biosfera y a medio kilómetro de asentamientos urbanos de la ciudad de Huelva, en una superficie de 1.200 hectáreas se han vertido durante los últimos 40 años 120 millones de toneladas de fosfoyesos. Estos residuos contienen, según estudios del CSIC y del CRIIRAD, substancias radioactivas de larga duración y fuerte toxicidad y metales pesados muy por encima de lo permitido por la legislación vigente.

En 2009, una sentencia de la Audiencia Nacional condenaba a Fertiberia por esos vertidos ilegales y ordenaba el inicio “inmediato” de la regeneración ambiental de los terrenos en los que se localizan las balsas. Doce años después de la sentencia que había que cumplir de inmediato todavía estamos en las mismas. En 2020, la propuesta de la empresa de enterrar los residuos, rechazada por un Comité de científicos en el que participa el CSIC y las Universidades de Granada, Cádiz y Huelva, ha recibido la aprobación por parte del Ministerio de Transición Ecológica del actual gobierno. Una vez más, el Estado y sus instituciones, entre ellas un gobierno “de izquierdas”, sirven a los intereses de una gran empresa, esta vez Fertiberia, que ha pertenecido hasta 2020 al grupo empresarial presidido por Juan Miguel Villar Mir, miembro destacado de la oligarquía estatal desde el franquismo, implicado en diversas tramas de corrupción (Leza, Púnica). El traspaso de Fertiberia en 2020 al fondo de inversión Triton Partners puede complicar aún más la resolución del caso de las balsas de fosfoyeso, de cuyo enterramiento se haría cargo Ardaman, la misma consultora que por un procedimiento parecido al que se quiere utilizar en Huelva acaba de provocar un enorme desastre ambiental en Florida.

En relación con la utilización de los territorios de los pueblos del Sur como vertederos de residuos tóxicos, Laurence Summers, economista jefe del Banco Mundial en 1992, en un memorándum interno justificaba, desde el punto de vista “estrictamente económico” la localización de la contaminación en los espacios empobrecidos: “la medida de los costos de una contaminación que afecte a la salud depende de los ingresos perdidos por la mayor morbilidad y mortalidad. Desde este punto de vista una cantidad dada de contaminación nociva para la salud debería ponerse en el país con el costo más bajo, es decir el que tenga los salarios más bajos. Pienso que la lógica económica que hay detrás de llevar una carga dada de residuos tóxicos al país de menores salarios es impecable y deberíamos reconocerla”. Sin comentarios.

La posición de la economía andaluza y su peculiar funcionamiento dentro del sistema puede verse si se compara su especialización con la de Cataluña a través de una tabla en la que se tiene para las dos economías la participación en porcentajes de cada rama de actividad en la española equivalente (en valor añadido). Figuran en negrita aquellas actividades que podría considerarse que constituyen la especialización de cada una de las dos economías; son las que tienen un porcentaje de participación en cada rama que está por encima del peso de sus poblaciones en la española (en Andalucía el 18%, en Cataluña el 16%).

Al observar esta tabla destaca la muy diferente envergadura, reflejada en la cuantía de las cifras, de cada una de las dos economías en cuanto a su capacidad para apropiarse de valores monetarios. Con especializaciones opuestas también en lo que a su grado de diversificación se refiere; mientras en Cataluña nos encontramos con una especialización muy diversificada que la fortalece en Andalucía el escaso número de actividades en que se especializa la hace extremadamente vulnerable. Una vulnerabilidad que se agrava si tenemos en cuenta que uno de los rasgos de la economía andaluza es su fuerte grado de desarticulación, de desconexión entre actividades, propia también de las economías extractivas. El cálculo hecho para evaluar las necesidades de importación generadas por los Fondos Comunitarios que llegaron y se invirtieron “en Andalucía” en 1994-1999 ofrece unos resultados significativos: casi la mitad del volumen monetario gastado localmente produce sus efectos fuera de Andalucía. En este sentido se sabe desde hace tiempo que el crecimiento, que en economías como la catalana cohesiona, en Andalucía aumenta la desarticulación.

Andalucía se dedica a actividades primarias concentradas en torno a la agricultura y la extracción de minerales, y en menos medida a un turismo que supone en muchos lugares cada vez más un monocultivo asociado a la apropiación y el deterioro de una parte del patrimonio natural andaluz acompañado del uso de mano de obra en condiciones de fuerte precariedad y estacionalidad y muy escasa remuneración. La industria alimentaria, que en Andalucía en 1955 suponían el 25,6% de la española, en 2018 va ya por el 11,8%. En la otra orilla, en Cataluña se localizan las actividades de mayor rango como la producción de alta tecnología (farmacéuticas, telecomunicaciones, informática, maquinaria, etc), y otras asociadas a funciones estratégicas de investigación, gestión y control no sólo de la economía propia sino de otras que desempeñan la función de áreas de extracción y de vertido como Andalucía. Como en la tabla puede verse, la jerarquización de actividades en Andalucía tiene mucha relación con la que se tiene en Cataluña, solo que vuelta del revés. Si le damos la vuelta a la clasificación de Cataluña, aparece, con bastante aproximación, la de Andalucía, de modo que si consideramos a Cataluña como el modelo de referencia (el “desarrollo”) en Andalucía nos situamos en las antípodas del “desarrollo”. Somos la imagen invertida del “desarrollo”. De tal manera que el crecimiento económico, que en Andalucía llega vinculado a las actividades en las que se especializa su economía, aquí no sólo distancia y separa a las actividades que figuran en cabeza de la tabla del resto de actividades, sino que a la vez acentúa su papel de economía extractiva, agrava su función de sirvienta de otras economías. De modo que aquí el crecimiento económico es el camino de la divergencia y no el de la convergencia; es el camino de la separación progresiva del que debiera ser su objetivo prioritario: el mantenimiento y el enriquecimiento de la vida social y natural en Andalucía.

*Este texto recoge la intervención del autor que con el mismo título fue organizada por l@s compañer@s de Andalucía Viva de Cádiz. Agradezco a Julio Jiménez la organización y difusión y a Tomás Gutier la presentación.