Recuperar «La luz de la inocencia»

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El 24 de abril pasado se presentó en Sevilla «La luz de la inocencia», una biografía magníficamente novelada por su autora, Pura Sánchez. Es el relato de la vida de una mujer, hoy abuela nonagenaria, Enriqueta Trujillo, nacida en 1924 en una familia campesina de la sierra de Los Filabres, al norte de Almería. Su rica e intensa trayectoria vital será el resultado de la confluencia entre las difíciles circunstancias en medio de las cuales le tocó vivir y una manera de enfrentarse con ellas propia de su condición de mujer trabajadora andaluza. Una condición que, como la de tantos andaluces y andaluzas de la época estuvo marcada por su encuentro con el anarquismo, que entre 1870 y 1936 arraigó con fuerza en la mayoría de las comarcas de Andalucía y cuyas ideas sintonizaron profundamente con muchos de los rasgos de la cultura del trabajo, campesina y popular andaluza.

El mundo de Enriqueta, su forma de sentir, de pensar y de actuar tienen hoy plena vigencia en una situación en la que resulta urgente dejar atrás el universo y la lógica del capitalismo; decir adiós a esta manera de entender la vida y de vivir que destruye las bases sociales y materiales sobre las que se fundamenta y de la que resultan especialmente damnificadas realidades como la andaluza, que ya hoy se encuentra en estado de emergencia. Aquí es mucho más cierto que no nos movemos entre lo malo y lo bueno, sino entre lo malo y lo peor. Cuando las perspectivas de un colapso civilizatorio que traerá alteraciones profundas en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas son cada vez más cercanas, necesitamos herramientas que nos permitan crear espacios de libertad, espacios liberados de las normas de lo mercantil, de la dinámica y la lógica que nos trajeron hasta aquí; espacios que queden lo más lejos posible del poder que tiene el capital para gobernarlo todo; lugares desde los que se vayan extendiendo iniciativas impulsadas desde abajo que hagan posible ganar control social; ámbitos que permitan extender iniciativas autogestionarias, sostener los vínculos y construir comunidad desde la cooperación, la solidaridad y la empatía.

Para poder avanzar en esa dirección nos resultan imprescindibles esos dos atributos que Pura Sánchez toma de un verso de Vicente Aleixandre para componer un hermoso título: la luz y la inocencia.

Luz para ver y luz también para poder alumbrar un mundo nuevo. Enriqueta tuvo y sigue teniendo la luz que le da su conciencia; una conciencia que viene no sólo de la razón, sino también de su sentir, de una sabiduría que le ha permitido comprender en lo más hondo la trama de la vida y conectar con ella para cuidarla. Un comprender, también como fuerza y argumento para transformar.

Inocencia para confiar. Frente a esa naturaleza humana inventada por la modernidad que presupone que “el hombre es un lobo para el hombre”, que el egoísmo y el interés individual son ingredientes principales en nuestro comportamiento innato, Enriqueta confía en la bondad del ser humano. Con los pies en el suelo, desde raíces muy profundas, esas raíces de las que la modernidad y el capitalismo nos despojan para dejarnos aislados y desvalidos, ella cree en las personas como reflejo de la fuerza de su confianza en la vida. Su alegría de vivir, reafirmada permanentemente, es una prueba rotunda de esta confianza.

Para afrontar los tiempos que se avecinan, que nos alejarán cada vez más de la abundancia para aproximarnos a la escasez, necesitamos recuperar la capacidad de organizarnos colectivamente. Una capacidad desactivada por los avances del capitalismo depredador y también por quienes desde la política han servido al poder en un ejercicio de traición permanente a los intereses y los vínculos comunitarios. La reducción de la complejidad social traída por una disminución del trasiego de energía y materiales exigirá revalorizar lo simple, la austeridad, la proximidad. Sólo desde el compartir, la igualdad, la reciprocidad y la cooperación se podrá responder a estas exigencias sin caer en la barbarie.

Son los vínculos los que dan sentido a la vida. De ahí la necesidad de recuperar el sentir como eje central de toda esta metamorfosis; de reclamar el valor de las emociones, negadas por el capitalismo patriarcal pero a su vez esencial para su propio funcionamiento. Es necesario poner en el centro los cuidados, ámbito desde el que se cubren las necesidades básicas que sostienen nuestra existencia; visibilizar y resituar ese sentir que con la modernidad quedó como característica de las mujeres y de los pueblos del Sur, inferiorizados desde el Norte. Doble condición de pertenenencia que cumple Enriqueta como mujer andaluza.

Los puntos de apoyo que precisamos para transitar hacia el postcapitalismo están todos muy presentes en el universo de la protagonista de esta historia. A Pura Sánchez hay que agradecerle su honestidad y su inteligencia para contárnosla respetando la verdad de Enriqueta, que es también respeto hacia la verdad de un amplio colectivo al que ella representa: un pueblo, una historia, una cultura. Este libro es una importante contribución que nos invita a una tarea colectiva que necesitamos con urgencia: recuperar la luz de la inocencia.